Capítulo 6 — ¿Lo pensaste mejor?

•Elin•

La noche, que había comenzado llena de caos, ahora estaba colmada de un silencio que resultaba relajante.

Al menos para mí lo era.

Los hombres de X llegaron en menos de veinte minutos, tal y como lo habían prometido. Eran cuatro tipos enormes, con caras de no haber dormido en días y una eficiencia oscura que solo años de experiencia podían dar.

No era la primera vez que los veía en acción.

—Elin Lunasol Duvall —X se acercó a mí con esa sonrisa burlona que siempre me ponía de mal humor—. Siempre tan adorable, incluso en medio de un desastre sangriento.

Rodé los ojos.

—Mejor cállate y haz tu trabajo —le respondí, señalando los cuerpos—. Quiero que todo esto desaparezca y sea como si nada hubiera pasado.

X se inclinó, evaluando la escena con su ojo profesional.

—Dos hombres con heridas de pelea y mucha sangre —silbó bajito, cruzándose de brazos—. Tu amigo sí que sabe cómo defenderse.

—No es mi amigo —corregí con un tono cortante—. Y no necesito tus comentarios tontos, sé cómo está todo. Por ahora solo quiero tu silencio y tu eficiencia, ¿vale?

—Tan amable como tu padre, Elin —se mofó—. La manzana no cae lejos del árbol. Es como ver una versión femenina de él.

Mis ojos se clavaron en los suyos con una intensidad que hizo que su sonrisa se desvaneciera poco a poco.

No me gustaba que bromearan conmigo.

—X —le dije, mi voz baja pero advirtiéndole—. Si una sola palabra de todo esto llega a oídos de mi padre, te juro por lo que más quieras que te haré desaparecer a ti también. ¿Entendiste?

El hombre tragó saliva y asintió. Sabía perfectamente que yo podía llegar a ser mucho más fría que mi propio padre.

—Entendido, señorita.

—Bien... Ahora trabajen rápido. Necesito regresar a casa temprano.

Jim estaba en la habitación de su abuela, tal y como se lo había ordenado. Necesitaba que estuviera fuera de vista mientras los hombres de X hacían su trabajo. No podía arriesgarme a que la anciana despertara, viera algo que no debía y terminara delatándonos.

Legalmente a mí no me pasaría nada, pero papá me mataría al instante.

Así que tomé el control de la situación y me quedé en la sala, observando cómo los hombres levantaban los cuerpos como si no pasara nada, limpiaban la sangre, borraban huellas y eliminaban cada rastro de lo ocurrido.

Era un escenario macabro que conocía demasiado bien.

Cuando finalmente terminaron, la casa estaba impecable. Literalmente como si nada hubiera pasado.

X se acercó a mí, secándose las manos con un trapo.

—Está hecho, Elin —sonrió, volviendo a ser el tipo bromista de siempre—. Otra noche exitosa para los Duvall.

—Recuerda no decirle nada de esto a mi padre.

—¿Y por qué habría de hacerlo? —respondió, encogiéndose de hombros—. No tengo ganas de amanecer degollado en medio de la plaza. Además... —se inclinó ligeramente hacia mí— todos sabemos que eres la hija problema del Carnicero. El jefe debe estar lleno de canas por tu culpa.

—X —le advertí.

—Ya me voy, ya me voy —levantó las manos en señal de paz, oliendo el peligro—. Pero cuídate, Duvall. No es buen augurio mandar a limpiar dos cuerpos solo por un amigo.

—Que no es mi amigo —repetí con los dientes apretados.

—Como digas, Duvall.

Y después de eso, él y sus hombres desaparecieron en la oscuridad de la noche, llevándose los cuerpos y todas las pruebas con ellos.

Uff, al fin.

Me quedé sola en aquella sala, sintiendo el olor a desinfectante y químicos quemarme la nariz. La casa estaba tan silenciosa que parecía estar vacía.

Caminé hacia la habitación de la abuela de Jim con pasos sigilosos. Abrí la puerta y asomé la cabeza.

El pelinegro estaba sentado en una silla junto a la cama, contemplando a su abuela mientras ella dormía plácidamente, ajena al caos que había ocurrido a solo unos metros.

Mi corazón casi se derritió al ver la manera tan pura y sincera con la que la miraba. Era más que obvio que esa mujer lo era todo para él.

—Jim —susurré, llamando su atención.

Él levantó la vista y sus ojos, todavía nublados por el pánico, se encontraron con los míos.

—¿Ya terminaron?

—Sí —respondí, soltando un suspiro—. Todo está limpio.

Él asintió con lentitud. Se inclinó y depositó un suave beso en la frente de su abuela, susurrándole algo que no pude escuchar. Luego se levantó y salió de la habitación, cerrando la puerta detrás de él.

—Gracias —fue lo primero que me dijo al llegar a la sala—. Por todo esto.

—No me des las gracias todavía —respondí—. ¿Tienes un botiquín de primeros auxilios?

—¿Para qué?

—Tienes las manos destrozadas.

Jim miró sus nudillos ensangrentados como si fuera la primera vez que los veía. Tenía cortes y raspones; algunos eran bastante profundos.

—Está en el baño —respondió y yo hice el ademan de buscarlo—: Yo puedo hacerlo, Duvall.

—No te pregunté si podías —le dije con voz dura, deteniendo mi paso—. Ve por él.

El pelinegro me miró con sorpresa, pero como ya conocía mi carácter, no protestó. Fue al baño y regresó con un pequeño botiquín en sus manos.

Me lo entregó en silencio y se paró frente a mí.

Lo abrí y saqué alcohol, gasas y vendas. Luego me senté en el sofá y le señalé el sitio a mi lado para que hiciera lo mismo.

No puedo creer que esté haciendo esto, pero el chico se ve bastante afectado.

—Vamos, siéntate.

—Ya te dije que puedo hacerlo solo, Duvall —insistió, aunque terminó sentándose de todos modos.

—¿Acaso escuchaste una pregunta? —Mi tono no pudo ser más ácido mientras tomaba una de sus manos para limpiarla con alcohol.

Él chico siseó cuando el líquido quemó sus heridas, pero no se movió. Y mientras yo trabajaba, él me miró en silencio, sus ojos fijos en mis dedos moviéndose con cuidado sobre sus nudillos.

—Nunca pensé que te vería haciendo algo así —soltó después de un rato, con un tono que intentaba ser bromista, pero sin funcionar realmente.

—Y yo nunca pensé que te vería matando a dos personas —respondí sin levantar la vista—. Supongo que el día de hoy estuvo lleno de sorpresas.

Jim soltó una risa corta, pero llena de tristeza.

—Supongo que tienes razón.

Después de eso, terminé de desinfectar sus heridas y comencé a vendarlo con una concentración que me resultaba casi ridícula.

El silencio entre nosotros era algo incómodo; sin saber qué demonios decirnos.

Ninguno soportaba al otro, después de todo.

—¿Lo pensaste mejor? —le pregunté, sin rodeos.

Jim frunció el ceño.

—¿Sobre qué?

—Mi propuesta —respondí, mirándolo fijo—. Sobre ser el padre de mi bebé.

Sus pupilas se dilataron por la incredulidad.

No, no se me ha olvidado eso, Jim Cross.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo