Capítulo 7 — ¿Voy buscando mi tumba?

•Elin•

—Ah, ¿eso no era una broma, Duvall?

—Jim —lo miré y le hice un gesto de fastidio—. ¿Me ves cara de payaso? Por supuesto que estoy hablando en serio.

El pelinegro se me quedó mirando y luego frunció el ceño.

—Estás completamente loca, te superaste. ¿Te das cuenta de lo que estás pidiendo?

—Sé exactamente lo que te estoy pidiendo.

No soy estúpida. Ya había estudiado todos los pros y los contras.

—No, no lo sabes, joder —me dijo, caminando de un lado a otro y olvidándose de sus propias heridas—. ¿Sabes lo que pasaría si llegaras a decir que ese bebé es mío? ¡Tu padre me mataría! Me picaría en pedacitos y alimentaría a los peces con mi cadáver... 

—Papá no te hará nada.

—¿No? —Jim soltó una carcajada sin nada de gracia—. Repito, ¿eres consciente de quién es tu padre, Elin? Lo llaman el Carnicero... No cuentes conmigo.

Me apreté el puente de la nariz, tratando de mantener la calma.

¿Por qué no puede simplemente escucharme?

—Jim, si te estoy diciendo que no te pasará nada, es porque es así —respondí—. Lo tengo todo planeado.

Casi todo.

—¿Ah, sí? —Se plantó frente a mí y colocó ambas manos en sus caderas—. ¿Y cómo piensas convencer a tu padre de que yo, el mejor amigo de su hijo, soy el padre de su futuro nieto? Peor aún... ¿Cómo piensas hacerle creer a Ezra que me acosté con su hermana?

A mí tampoco me agradaba esa idea, pero era la única salida que tenía a la mano.

—Ezra no tiene por qué saber la verdad —respondí, encogiéndome de hombros—. Será nuestro secreto. Él solo necesita creer que estamos juntos y que nuestro romance secreto fue tan intenso que no pudimos soportar ocultarlo un día más.

—Maldición, voy a vomitar... ¿Cuál romance? —Jim se rió, pero era una risa histérica. Parecía un demente—. ¡Nos odiamos, Elin! Todo el mundo lo sabe. Nadie va a creer que estamos enamorados.

Lo sé, pero de alguna manera tiene que funcionar.

—Eso es fácil de explicar, no hay que ser un genio. Solo necesito que piensen que el bebé fue producto de nuestro inmenso amor y que no hubo ningún tipo de maldad en su creación.

Para mí nunca la hubo.

—¿Estás segura de que eso va a evitar que tu padre me mate?

—Muy segura —respondí con absoluta confianza—. Porque si tú eres el padre, entonces no habrá enemigos a los que atacar ni una maldita guerra… Simplemente sería otro de mis escándalos que mi familia querrá sepultar. Estarás bien.

Eso espero.

El pelinegro se quedó en un largo silencio, procesando cada una de mis palabras. 

—Y el verdadero padre —preguntó en voz baja—. ¿Qué pasa con él?

Mi mandíbula se tensó al recordar al cobarde de Matteo.

—Él no está en la ecuación.

—¿Por qué?

—Ni siquiera sabe que estoy embarazada.

Jim se removió incómodo y se sentó en el sofá.

—¿Tan malo es que tu padre descubra quién es?

Respiré profundo.

—Déjame explicarte —le dije—. Si papá descubre quién es el verdadero padre de mi bebé, va a iniciar una guerra en su contra. Una masacre donde nadie saldrá ganando.

Era lo último que quería provocar.

Jim me miró durante un largo momento. Su expresión cambió, pasando de la incredulidad a la comprensión.

—El hijo del enemigo —soltó todo el aire contenido—. Mierda, Elin... Y aun así pretendes meterme en tu loco plan suicida.

—Fui estúpida —admití, y la confesión casi me hizo vomitar—. Pero eso no significa que mi bebé tenga que pagar por mis errores... 

Vamos, acepta.

Jim suspiró, pasándose una mano por su cabello negro.

Un poco más…

—Necesito que me jures algo.

—Lo que sea, Cross.

—Primero, necesito que me jures que tu padre no me va a matar en cuanto lo sepa —dijo, clavando sus ojos en los míos.

Rodé los ojos, pero no estallé porque entendía su miedo. Papá era atemorizante, pero yo tenía una ventaja: mamá. Ella era excelente para tranquilizarlo en momentos de crisis.

Mi as bajo la manga.

—Te lo juro —respondí sin dudar—. Por este bebé, te juro que mi padre no te tocará y tu familia será recompensada.

—¿Qué hay de Ezra? —preguntó de pronto—. No puedo hacerle esto a mi mejor amigo, Elin.

—Ezra lo va a entender... —respondí, aunque no estaba tan segura de ello —. O no. Pero al final, terminará aceptándolo... Por ahora solo necesito que mi familia esté a salvo.

Jim se quedó en silencio, mirándome fijo. Luego, volvió a negar con la cabeza.

—Estás loca, Duvall.

—Eso ya me lo habías dicho —respondí con una sonrisa que no llegó a mis ojos.

—Y lo repito. Esto es una locura total... Ezra nunca me habría cobrado el favor.

—Lo sé. Una clara diferencia entre los dos.

—Hipotéticamente hablando, si llego a sobrevivir a tu padre, lo nuestro será completamente platónico. No quiero nada romántico contigo —propuso—. Tenemos que dejar las cosas muy claras si vamos a hacer esto. Sigues siendo la hermanita de mi mejor amigo y siempre respetaré eso.

Pff, ni que yo quisiera acostarme contigo.

—De acuerdo —respondí—. Todo será profesional. Tampoco es que yo esté emocionada por tener que fingir una relación contigo.

—Y si en algún momento esto se vuelve demasiado para mí, me iré —advirtió—. Le contaré la verdad a Ezra.

Mierda.

—Vale.

—Otra cosa... No pienses que tendré sexo contigo —soltó de pronto—. No me malinterpretes, pero siento que me clavarías un cuchillo en pleno acto.

Oficialmente, el Jim Cross de siempre había vuelto.

—No te preocupes. No suelo acostarme con payasos.

Jim soltó una risa pequeña y negó con la cabeza de nuevo, frotándose la cara.

—No puedo creer que vaya a aceptar esto.

—Sabes que te conviene.

—Tienes razón, te debo una —admitió—. Además, será muy divertido ver cómo intentas mantener a flote todo este desastre.

—Qué generoso eres.

—Lo sé.

El chico extendió su mano hacia mí y yo la estreché, sellando nuestro acuerdo.

—Trato hecho, Duvall cascarrabias.

—Trato hecho, payaso.

Y justo en ese momento, mi teléfono vibró en mi bolsillo, rompiendo nuestro agarre. Lo saqué y fruncí el ceño al ver el nombre de mi padre en la pantalla.

Ay, no. Espero que Jack no haya ido de soplón.

—Es papá. Está llamando.

Jim palideció.

Cobarde.

—¿Voy buscando mi tumba?

No le respondí y contesté la llamada, tomando una respiración profunda.

—Hola, papá.

—Elin —su voz, sonaba molesta—. ¿Dónde estás? Tu hermano me dijo que saliste hace más de una hora y Jack no responde el maldito teléfono.

Gracias a Dios.

—Calma, papá... Estoy en casa de una amiga.

—¿Una amiga? —preguntó dudoso—. ¿Desde cuándo tienes amigas en el pueblo?

Vaya, gracias, papá.

—Es nueva —respondí—. Se llama Mía y estudia diseño conmigo. Te la presentaré pronto, lo prometo.

Él se quedó callado un rato y luego suspiró.

—Vuelve a casa ahora mismo, Elin.

—Sí, papá.

Colgué y miré a Jim, quien parecía preocupado.

—Quita esa cara de gato asustado, todo está bien. Ahora, Cross. Tenemos que hacer que esto funcione... Porque si fracasamos... Joder, no quiero ni imaginar lo que pasaría.

Lo menos que quería era que corriera sangre en mi propia familia.

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