Capítulo 2

Tres años después.

Las rejas de la prisión se abrieron con un chirrido, y Gloria salió, un pie delante del otro.

Tres años entre rejas habían dejado su ya delgada figura aún más enjuta. El vestido que llevaba cuando la encarcelaron se había desteñido y le colgaba flojo del cuerpo.

Bajo el sol abrasador, el rostro de Gloria, ya de por sí pequeño y delicado, se veía aún más hundido, haciendo que sus ojos parecieran desproporcionadamente grandes y sin vida.

—Número 037, sus pertenencias —la voz de un guardia sonó a su espalda. Gloria se volvió para recibir sus cosas, pero su mano extendida no agarró nada.

Un bolso de tela desinflado fue arrojado al suelo. No muy lejos, los ojos del guardia rebosaban desprecio.

—Más te vale portarte bien ahí fuera. Ya no eres la princesita de la familia Russell.

Gloria actuó como si no hubiera oído nada y se agachó con calma para recoger sus cosas.

Al incorporarse, la vista se le oscureció y se tambaleó ligeramente.

El cuello del vestido se levantó con la brisa, dejando al descubierto sus clavículas huesudas y un mosaico de cicatrices, viejas y nuevas.

Ni un solo día de esos tres años había sido fácil para Gloria.

Incluso el día de su liberación, no la dejaron en paz. Habían sido aún más brutales porque le habían reducido la condena por buena conducta.

Gloria se quedó en cuclillas un rato hasta que recuperó algo de fuerza.

Su bolsa estaba casi vacía; sólo contenía su pasaporte.

Guardó el pasaporte, tiró la bolsa en un contenedor de basura y caminó hasta la carretera para esperar algún transporte.

La prisión estaba en una zona apartada y pasaban muy pocos autos.

Gloria no sabía cuánto tiempo esperó antes de lograr detener un taxi.

—Residencial Crystal Lake —dijo con voz ronca, sus primeras palabras desde que había salido.

Quería ir a casa.

El conductor arrancó despacio y la miró por el retrovisor.

—¿Viene a visitar a alguien a la cárcel a estas horas?

Gloria lo corrigió con calma:

—Yo acabo de salir.

El conductor se quedó callado.

Gloria curvó apenas los labios, en algo parecido a una sonrisa, y giró la cabeza para mirar por la ventana el paisaje que iba quedando atrás.

Tras tres años encerrada entre altos muros, hacía mucho que no veía el mundo exterior.

Ahora, incluso los árboles y la hierba que pasaban junto al camino le resultaban extraños.

El auto se detuvo lentamente en la entrada de la Residencial Crystal Lake.

Al ver aquella calle, familiar y a la vez extraña, Gloria sintió una vaga inquietud.

—Por favor, espere un momento, yo…

Justo cuando iba a abrir la puerta del taxi, vio cómo se abría lentamente la puerta principal de una de las casas.

Salió una mujer a la que no conocía, de la mano de un niño y sonriendo. Se volvió para cerrar con llave.

Las palabras de Gloria se le atoraron en la garganta.

Esa casa había sido su hogar, pero ahora...

Al ver a la mujer salir, Gloria no pudo evitar bajar del auto y ponerse delante de ella.

—Disculpe, ¿usted compró esa casa? Las personas que vivían ahí antes...

Su aparición repentina asustó al niño, que rompió a llorar.

La mujer le lanzó una mirada molesta y pasó a su lado sin decir una palabra.

Gloria se quedó allí, aturdida, mirando cómo se alejaban.

Detrás de ella, el conductor tocó la bocina.

—¿Usted es la hija de los Russell, la que fue a prisión?

Gloria se volvió, apretando los labios.

—Lo siento, puede que ahora no pueda pagarle. ¿Me puede dar su contacto? Se lo pagaré en cuanto pueda.

El conductor, sin embargo, sacó algo de dinero en efectivo y se lo tendió por la ventanilla.

—Tómelo. Mi hija estuvo enferma una vez y la fundación de la familia Russell la ayudó. No puedo hacer mucho por usted, pero sí puedo darle esto.

Eran sólo doscientos dólares. Antes, Gloria se habría sentido avergonzada, pero ahora no podía permitírselo.

—Gracias —dijo, tomando el dinero e inclinándose profundamente.

No fue hasta que el taxi se alejó que Gloria se fue incorporando poco a poco, mirando en dirección a la antigua casa de los Russell, con los ojos enrojecidos.

En los tres años que estuvo presa, al principio sus padres y su hermano fueron a visitarla, prometiéndole limpiar su nombre.

Había pensado que Sebastián había cambiado de opinión y había perdonado a la familia Russell, incluso había sentido cierto alivio.

Pero poco después, no hubo más noticias sobre los Russell.

Hasta ese día, cuando la castigaron por defenderse durante una golpiza y la obligaron a comer su comida fría en un rincón, rodeada de miradas burlonas, a Gloria no le importó.

Lo único que le importaba eran las noticias que se emitían en la pantalla grande del comedor.

La familia Russell había sido declarada culpable de delitos económicos, sentenciados por el propio Sebastián. A su padre le habían dado siete años.

La pantalla parpadeó, y la siguiente noticia trataba del compromiso de Sebastián con Amara.

En la pantalla, Amara se aferraba al brazo de Sebastián, sonriéndole dulcemente.

—Conozco a Seb desde que éramos niños. No le importa mi pasado y está dispuesto a casarse conmigo. ¿Cómo podría no estar agradecida?

El comedor estalló en comentarios, la gente alababa la integridad de Sebastián y decía lo bien que hacían pareja.

Al mismo tiempo, algunos miraban a Gloria con desprecio, le escupían y le tiraban basura, mientras los guardias hacían la vista gorda.

Gloria estaba entumecida.

Bajó la cabeza, llevándose la comida a la boca de forma mecánica, mientras las lágrimas le corrían por la cara sin que se molestara en secárselas.

Al final, ¡había arrastrado a su familia con ella!

Durante tres años se había preocupado por su familia todos y cada uno de los días.

Pero después de ese día, no había vuelto a escuchar ni una sola noticia sobre ellos.

Gloria había pensado que era solo por el aislamiento de la prisión, que las cosas mejorarían en cuanto saliera.

Pero ahora, de pie en la puerta de la que fue su casa, seguía sin saber nada.

En tres años había pasado de todo, y el único lugar en el que se le ocurría buscar a su familia se había convertido en la casa de otra persona.

Al recordar el pasado, los ojos de Gloria se fueron llenando de lágrimas.

La familia Russell había sido destruida por su culpa. Fuera como fuera, no podía permitirse derrumbarse.

Su prioridad inmediata era encontrar un lugar donde ganar algo de dinero y establecerse, y luego ir reuniendo información poco a poco.

Gloria cambió los doscientos dólares por billetes más pequeños y tomó un autobús hacia el centro de la ciudad.

Como era de esperar, con sus antecedentes penales nadie estaba dispuesto a contratarla.

El único lugar que la aceptó fue un club nocturno, donde el puesto se llamaba “ventas”, pero en realidad era trabajo de acompañante.

Gloria no tuvo opción. Esa misma noche se puso un revelador traje de sirvienta y se colocó en fila con otras acompañantes escasamente vestidas, esperando ser elegidas.

El reservado estaba lleno del resplandor de las luces de neón y del olor del dinero.

Unos cuantos jóvenes adinerados las examinaban con mirada crítica.

—Este grupo se ve bien, pero parecen demasiado tímidas. ¿Qué son esas caras largas? El señor Miller está mirando. ¡Sonrían! ¿Cuál le gusta al señor Miller? Usted elige primero.

Entre la multitud, Gavin Miller aflojó el cuello de su camisa con pereza, dejando que su mirada se deslizara sobre las acompañantes.

—Quiero oír que me llaman señor Miller.

Al oírlo, las mujeres a las que miraba empezaron a llamarlo con voces dulces y coquetas, cada una más exagerada que la anterior.

Le tocó el turno a Gloria.

Era la primera vez que se encontraba en una situación así. Aunque intentó imitar a las demás, su voz seguía siendo torpe.

—Señor Miller —su tono era una mezcla de adulación a regañadientes y un leve deje de orgullo indomable.

Alguien se ofendió de inmediato.

—Si no sabes hacerlo bien, lárgate y que tu jefe mande a otra.

A Gloria se le hundió el corazón.

Era el único trabajo que había conseguido. Si la despedían, no tenía idea de adónde iría.

Justo cuando estaba a punto de disculparse, la voz divertida de Gavin la interrumpió.

—Este tipo me gusta. Tú, ven aquí.

Los ojos de Gavin se quedaron fijos en ella.

Gloria vaciló unos segundos y luego se obligó a acercarse.

—Que te elija el señor Miller es una suerte. Sírvelo bien y serás recompensada —alguien le dio un empujón.

Gloria soltó un grito ahogado, perdió el equilibrio y cayó hacia adelante.

Al segundo siguiente, una mano fuerte sujetó su cintura y la atrajo hacia un abrazo firme.

La voz burlona de Gavin le susurró al oído.

—¿Lanzándote sobre mí? Hace un momento parecías bastante buena en eso. ¿Por qué fingir ahora?

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