Capítulo 4 El día que Maya se perdió a sí misma
Aquella mañana fatídica, la señora Helen logró introducir la droga en el desayuno de Maya, ocultándola cuidadosamente para que la joven no sospechara absolutamente nada.
Maya comió sin dudarlo, completamente inconsciente de que la mujer que estaba frente a ella acababa de dar el primer paso para destruir sus recuerdos.
Después de desayunar, regresó a su habitación, sintiéndose inusualmente cansada. Apenas tuvo fuerzas para cambiarse de ropa antes de dejarse caer sobre la cama.
En cuestión de minutos, cayó en un sueño profundo.
Pero no era un sueño normal.
Su cuerpo permanecía inmóvil, su respiración era lenta y constante, mientras la droga comenzaba a hacer efecto.
Las horas pasaron.
El sol desapareció y la oscuridad envolvió la habitación. Aun así, Maya no despertó.
Cuando finalmente llegó la mañana, la joven que abrió los ojos ya no era la misma persona que los había cerrado el día anterior.
Miró fijamente el techo desconocido, frunciendo el ceño mientras intentaba comprender dónde se encontraba.
Nada le resultaba familiar.
Ni la habitación.
Ni la cama.
Ni siquiera la ropa que llevaba puesta.
Se incorporó bruscamente, con el corazón latiéndole con fuerza.
—¿Dónde estoy?
Su propia voz le sonó extraña.
«Maya, ¿por qué estás actuando como si no entendieras nada?»
Miró a su alrededor desesperadamente, esperando encontrar algo que pudiera explicarle su situación, pero no consiguió recordar nada.
Entonces, notó que dos chicas la observaban desde el otro lado de la habitación.
—Disculpen —dijo Maya, con la voz ligeramente temblorosa—. ¿Dónde estoy y qué hago aquí?
Sus dos compañeras de habitación intercambiaron miradas de confusión.
Una de ellas bajó lentamente el teléfono que sostenía.
—Maya, ¿hablas en serio?
Maya la miró fijamente.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Las chicas intercambiaron otra mirada, esta vez con evidente preocupación.
—¿Estás bromeando? —preguntó una de ellas.
Maya negó con la cabeza.
—No. Te estoy haciendo una pregunta. ¿Cómo sabes mi nombre?
Su compañera frunció el ceño.
—Maya, ¿qué te pasa? ¿Te golpeaste la cabeza o algo así?
—¡No lo sé! —respondió Maya bruscamente, con la frustración creciendo en su voz—. ¡Por eso te lo estoy preguntando!
Su repentina explosión de ira sumió la habitación en el silencio.
Maya se presionó las sienes con los dedos, intentando obligarse a recordar algo. Cualquier cosa.
Pero su mente estaba vacía.
Era como si alguien hubiera abierto una puerta dentro de su cabeza, se hubiera llevado todo lo que le pertenecía y hubiera cerrado la puerta con llave antes de marcharse.
No podía recordar su infancia.
No podía recordar a su familia.
Ni siquiera podía recordar lo que había hecho el día anterior.
El miedo comenzó a apoderarse lentamente de su pecho.
—¿Qué quieres decir con que estoy confundida? —exigió saber—. ¿Acabas de llamarme Maya? ¿Ese es realmente mi nombre?
Sus compañeras la miraron como si de repente le hubiera crecido otra cabeza.
Entonces, respondieron al mismo tiempo.
—Sí, ese es tu nombre, rara.
Maya se estremeció al escuchar aquella palabra.
Rara.
¿Por qué la llamaban así?
¿Siempre había sido de esa manera?
¿Era alguien a quien ellas despreciaban?
¿O había algo sobre ella que nadie quería contarle?
Tragó saliva con dificultad.
—¿Pueden decirme cuál es mi apellido?
Las chicas intercambiaron otra mirada.
—No lo sabemos —respondieron.
Maya las miró con incredulidad.
—¿Viven conmigo y no conocen mi apellido?
Una de ellas se encogió de hombros, incómoda.
—Nunca hemos hablado realmente de nuestras familias.
Maya abrió la boca para responder, pero no consiguió pronunciar ninguna palabra.
Se sentía completamente sola.
¿Cómo era posible estar rodeada de personas y, aun así, sentirse como si la hubieran abandonado en medio de la nada?
Se levantó de la cama y caminó hacia el espejo que colgaba de la pared.
Sus pasos eran lentos e inseguros.
Cuando finalmente se encontró frente a él, se detuvo.
Una hermosa joven la miraba desde el otro lado del espejo.
Su largo cabello oscuro enmarcaba su rostro, y sus ojos reflejaban un extraño vacío que la hacía parecer alguien que había presenciado algo terrible.
Maya levantó la mano.
La mujer del espejo hizo lo mismo.
Se tocó la mejilla.
El reflejo imitó su movimiento.
Durante varios minutos, permaneció inmóvil, estudiando cada detalle de su rostro.
¿De verdad era ella?
¿Era aquel el rostro que había visto todas las mañanas antes de perder la memoria?
¿Alguna vez había sonreído al contemplar su reflejo?
¿Había llorado alguna vez frente a él?
¿Alguien la había mirado alguna vez con amor?
No podía recordarlo.
Una sensación amarga le invadió el pecho.
—Ni siquiera me conozco a mí misma —susurró.
Sus compañeras habían guardado silencio detrás de ella.
Maya apenas se dio cuenta.
Levantó lentamente la mano y volvió a tocar el espejo.
Entonces, todo cambió.
Una imagen repentina y violenta estalló dentro de su mente.
Fuego.
Una casa envuelta en llamas.
Una espesa humareda que se elevaba hacia un cielo ennegrecido.
Una mujer gritando aterrorizada.
Un niño llorando desesperadamente.
Y entonces…
Oscuridad.
Maya soltó un grito ahogado y apartó bruscamente la mano del espejo.
Su corazón golpeaba con fuerza contra sus costillas.
Retrocedió tambaleándose, a punto de perder el equilibrio.
—¿Qué ha sido eso?
Su voz apenas fue un susurro lleno de miedo.
Las imágenes habían desaparecido tan rápidamente como habían aparecido, dejando únicamente un dolor palpitante en su cabeza.
Se presionó las sienes con ambas manos.
Otro fragmento apareció fugazmente en su mente.
La mano de una mujer extendiéndose hacia ella.
Una voz desesperada que la llamaba.
Después, el silencio.
Maya gritó.
Sus compañeras se levantaron de un salto.
—¡Maya!
Una de ellas corrió hacia ella, pero Maya levantó inmediatamente la mano.
—¡No te acerques a mí!
La chica se detuvo.
Maya respiraba agitadamente. Sus ojos recorrían la habitación como si esperara que el fuego apareciera ante ella en cualquier momento.
—¿Lo habéis visto? —exigió saber.
—¿Ver qué? —preguntó su compañera.
—¡El fuego! ¡La mujer! ¡El bebé!
Sus compañeras la miraron con confusión.
Maya negó enérgicamente con la cabeza.
—No, no, no. ¡He visto algo! ¡Sé que lo he visto!
Volvió a mirar el espejo, casi temiendo lo que pudiera encontrar en él.
—¿Quién es esa mujer? —susurró—. ¿Soy yo el bebé que está llorando? ¿Qué me ha pasado?
Nadie respondió.
Maya se volvió hacia sus compañeras, con la desesperación reflejada en el rostro.
—Por favor, decidme algo. ¡Cualquier cosa! ¿Tenía una familia? ¿Vivía con alguien? ¿Me ocurrió algo?
Su voz se quebró.
—¿Por qué no puedo recordar nada?
La habitación permaneció en silencio.
Finalmente, una de sus compañeras se acercó a ella con cautela.
—Quizá deberías ir al médico.
—¿Al médico? —repitió Maya con amargura—. ¿Y qué se supone que debo decirle? ¿Que me he despertado esta mañana y he descubierto que no sé quién soy? ¿Que no puedo recordar a mi propia familia? ¿Que ni siquiera sé si el nombre por el que todos me llaman me pertenece?
Soltó una carcajada, pero no había ni una pizca de felicidad en ella.
—¡Soy una desconocida para mí misma!
Las lágrimas se acumularon en sus ojos.
Se las secó rápidamente, negándose a permitir que las dos chicas vieran lo asustada que estaba en realidad.
Pero el miedo seguía allí.
Se había instalado en lo más profundo de su interior, envolviendo cada pregunta sin respuesta.
Algo le había sucedido.
Lo sabía.
Aquellas imágenes no podían haber aparecido de la nada.
La casa en llamas, la mujer que gritaba y el bebé que lloraba… De alguna manera, todos estaban relacionados con su pasado olvidado.
Pero ¿cómo?
¿Y por qué podía recordar el terror sin recordar a las personas involucradas?
Maya regresó frente al espejo y contempló su reflejo una vez más.
Esta vez, no vio a una hermosa joven.
Vio un misterio.
Una vida arrebatada a su legítima dueña.
Una historia a la que le faltaban páginas.
Y en algún lugar, más allá de las paredes de aquella habitación, quizá había alguien que sabía exactamente qué le había ocurrido.
Alguien que conocía su verdadero nombre, a su familia y la razón por la que había perdido sus recuerdos.
Pero nadie se presentaba para contarle la verdad.
En cambio, todos la miraban como si estuviera loca.
Finalmente, sus compañeras regresaron a sus actividades, susurrando entre ellas cada vez que pensaban que Maya no podía escucharlas.
Pero Maya las oía.
Escuchaba la incertidumbre en sus voces y la sospecha que se escondía detrás de sus palabras.
No comprendían por lo que estaba pasando.
Quizá nunca lo harían.
Estaba sola, rodeada de personas que conocían una versión de ella que ya no era capaz de reconocer.
Y lo peor de todo era que ni siquiera sabía si la persona que había sido antes de perder la memoria era alguien a quien valía la pena recordar.
Maya bajó lentamente la cabeza.
—¿Quién soy? —susurró.
El espejo no le ofreció ninguna respuesta.
Cerró los ojos y buscó desesperadamente un recuerdo claro de su vida.
El abrazo de una madre.
La voz de un padre.
El hogar de su infancia.
Cualquier cosa.
Pero lo único que encontró fue oscuridad.
Entonces, justo cuando estaba a punto de rendirse, una única frase resonó débilmente en su mente.
«Ella nunca debe recordar lo que ocurrió aquella noche».
Los ojos de Maya se abrieron de golpe.
Todo su cuerpo se quedó helado.
Miró a su alrededor, buscando la fuente de aquella voz.
Nadie había hablado.
Sus compañeras seguían conversando en voz baja al otro lado de la habitación.
Sin embargo, ella lo había escuchado.
Alguien había pronunciado aquellas palabras.
Alguien había querido borrar sus recuerdos.
Maya se aferró al borde del tocador hasta que sus nudillos se volvieron blancos.
Por primera vez aquella mañana, su miedo comenzó a transformarse en algo diferente.
Sospecha.
Si alguien le había arrebatado deliberadamente sus recuerdos, entonces su pasado olvidado no era producto de un accidente.
Era un secreto.
Y alguien estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para mantenerlo enterrado.
Maya contempló su reflejo mientras su mirada se endurecía lentamente.
—No sé quién soy —susurró—, pero lo descubriré.
No sabía por dónde empezar.
No sabía en quién confiar.
Y no tenía ni idea de que la verdad que la esperaba sería mucho más devastadora de lo que jamás podría imaginar.
Pero había algo que tenía claro.
Alguien le había robado su pasado.
Y Maya descubriría por qué.
