Capítulo cuarenta y ocho

El carruaje se sacudía y tambaleaba mientras avanzaba por el camino embarrado, la lluvia golpeando el techo y las ventanas. Dentro, me acurrucaba en una esquina, mis manos atadas con una cuerda blanca pero sucia.

Mi cabello rizado estaba enmarañado y enredado. Las otras dos mujeres que habían sido ...

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