Capítulo 1 Soy tu reina.
Ravenna.
Ese día no había llegado el amanecer cuando caminé con una prisa medida hacia mi objetivo. Los guardias ni siquiera dieron asentimientos al verme pasar, sabían que, cuando caminaba a esas horas por el castillo, solo quería una sola cosa, y no, no era cortesía.
Abrí la puerta de la habitación de Kael con mis dos manos, y al mismo tiempo la luz se encendió. Lo visualicé en medio de la cama, removiéndose y quitándose la sabana de encima por mi interrupción. Su cabello blanco como la nieve caía en una trenza despeinada por su espalda ancha. Sus ojos como la noche se clavaron en mí. Dormía desnudo, para darme fácil acceso, sin embargo, esta vez tenía puesta ropa interior.
Alcé una ceja mientras intentaba controlar el calor en mi interior. Quería su polla dentro de mí, sin esperar que se quitara algo primero.
—Quítate eso, Kael —ordené, yendo y subiendo sobre él sin más. Lo vi titubear, con los labios entreabiertos, lo miré con extrañeza y molestia—. ¿Qué sucede?
Su mirada bajó a mis labios, su mano acarició mi mejilla. Él no me temía, y para mi mala suerte, aunque por fuera intentara ser dura con él, lo necesitaba, y esa necesidad me hacía bajar la guardia en muchas ocasiones.
Su mano se posó a un lado de mi cuello, me estremecí, pero no aparté la mirada.
—Déjame quitarte la ropa, Ravenna —pidió, con voz pausada y ronca.
Sentí un vuelco en el estómago.
No.
Él sabía cuál era nuestra dinámica. Yo llegaría a su habitación cuando quisiera para tener sexo. Él esperaría desnudo siempre, yo, con mi vestido de noche pero sin ropa interior. Me sentaría sobre él, lo dejaría tomar el ritmo, y cuando todo acabara, cada quien podía seguir su camino.
Teníamos dos años enteros en ello, ¿por qué cambiarlo?
—No —dije con firmeza, comenzando a alejarme—. Soy tu reina, Kael. No tienes derecho a pedirme nada.
Pero justo cuando estaba por poner los pies sobre el suelo, sentí sus manos tomar mis brazos, mi cintura. Jadeé. De un momento a otro subió mi vestido de dormir y se hundió en mí. Mi espalda se arqueó de sorpresa y placer mientras me sostenía con fuerza de sus hombros.
Kael hundió la nariz en mi cuello, y tomó con su mano mi cabello rojo, apretando.
—Siempre estaré para complacer a mi reina…
Aquello me hizo mover frenéticamente sobre él.
Eso era todo lo que necesitaba.
…
La mañana llegó y al estar lista salí de mi habitación. Mi sirvienta personal, Arne, me siguió.
—Reina Ravenna, ¿quiere que hoy la acompañe alguien en el desayuno?
Solté una risita amarga.
—La cabeza del rey licántropo sería una buena compañía… —Sentí cómo el pasillo entero se tensó. Y Arne, tan inteligente, calló—. No.
—Reina Ravenna, pero… —La miré de inmediato. ¿Qué sucedía ese día con la gente que titubeaba ante mis órdenes? Ella se congeló y bajó la mirada—. Hoy es su cumpleaños 25…
Oh.
Mi estomago se tensó. ¿Así que era por eso?
Los recuerdos del dolor en mi cuerpo y la sangre llegaron, pero los esfumé, manteniendo una postura firme.
—No quiero la compañía de nadie. Quiero comer sola este día.
Casi pude escuchar el sonido de decepción de Arne.
—Como ordene, señora.
Fui al comedor, un guardia me separó la silla, y luego todo el mundo desapareció, dejándome con un menú impecable, delicioso, y con… un pequeño pastel color rojo sangre.
Me alcé para tomarlo, y en ese momento escuché la voz de Kael discutiendo con los guardias por querer entrar. Me detuve, esperando ver si desafiaba mis órdenes. Estaba lista para lanzar un hechizo congelador hacia él si se atrevía a cruzar la puerta. Pero no lo hizo.
Uhm.
Volví a mirar el pastel y el desprecio por él me hizo ignorarlo.
Luego terminé mi desayuno, y me dirigí a la sala principal, donde como siempre llegaban casos para mi juicio.
Me senté en mi trono, segura de mí misma.
Kael, como el brujo más poderoso después de mí, y como mi consejero, se paró a mi lado.
Le di un vistazo.
Había escogido un vestido color morado con negro ese día, y como siempre, su traje hacía juego con el mío. No sabía cómo era eso posible.
Antes de que las puertas principales del castillo se abrieran, miré a mi alrededor, hacia cada guardia imponente, cada reliquia familiar. Desde los 17 años había mantenido en pie mi reino, honrando a mis padres tras su trágica muerte. Y así lo mantendría hasta mi muerte.
El primer desgraciado fue arrastrado por un par de guardias hasta unos metros de mis pies. Su hedor de humano, me repugnó.
Kael habló.
—Robó un pura sangre de la guardia.
Pero en lugar de mirar al desgraciado, miré a los guardias con él.
—Hacíamos nuestra inspección en el Este, mi reina… Nos tendió una trampa.
—¿Un campesino humano a dos guardias de la reina?
Pude ver el terror en sus ojos, pero en medio de eso, el humano habló.
—Reina Ravenna… mi familia y yo… hace mucho que no comemos algo de carne, yo solo quería vender el animal y…
—Robaste algo que me pertenece —lo interrumpí sin más—. Ya saben lo que tienen que hacer —dije a los guardias, los cuales asintieron—. Ah, pero ustedes… a partir de ahora se encargarán de inspeccionar la zona Oeste, en las noches. Veremos si allí pueden demostrar lo que son.
No dijeron nada. Nadie quería a la zona Oeste por los renegados licántropos y lobos queriendo entrar siempre a mi reino por una oportunidad.
Ellos se fueron mientras el hombre gritaba por piedad.
Las puertas volvieron a abrirse.
Tres guardias para un pobre desgraciado que tenía la cabeza gacha y los pies atados con cadenas.
Lo miré con atención mientras algo en mí se removía apenas.
Eran cadenas de plata.
Un renegado lobo o licántropo.
Qué interesante.
Sentí que Kael se tardó una eternidad para hablar.
—Un renegado lobo, cayó herido en nuestras tierras, pidiendo ayuda.
Arrugué la nariz mientras veía de reojo a mi consejero.
¿Por qué demonios no lo habían matado?
No quería cambiantes en mi territorio.
—¿Y? —cuestioné con dureza—. Decapítenlo.
Pero en ese momento, el hombre alzó la mirada, y pude sentir cómo mi cuerpo entero se estremecía de una forma en que jamás lo había hecho.
Sus ojos eran tan oscuros que parecía no tener iris. Pero no solo eso. Había algo más en él, algo que era imposible de ignorar.
Kael se inclinó a mi oído.
—¿Tú también lo ves? Magia negra. Una muy poderosa.
Aquello me hizo apretar el reposabrazos.
Quienquiera que hubiera hechizado a ese hombre lobo, tenía mucho poder; uno semejante al mío, y estaba del lado del mundo de los cambiantes, lo cual representaba una amenaza inminente para mí.
