Capítulo 2 El hechizo revelador.
Ravenna.
Ordené que lo llevaran al calabozo especial. Mientras lo arrastraban, el hombre lobo murmuraba cosas sin sentido, que, más allá de la magia negra en él, me inquietaba.
Kael y yo terminamos con los otros juicios e inmediatamente nos dirigimos hacia el calabozo especial. Un guardia nos abrió la puerta, y lo encontramos, sentado, con los pies y manos atadas el suelo de una forma en que, en caso de que intentara transformarse, se le haría demasiado doloroso.
Aun con eso, levantó el rostro hacia nosotros. La luz del sol entraba por una ventana pequeña, pegando directamente en su rostro. Casi ni se distinguía su color de piel por la suciedad en él, su cabello, barba facial, repasaba los límites de lo normal.
Ese hombre era un verdadero renegado, sin duda, y para más desgracia, había sido hechizado.
¿Pero por qué? ¿Para qué?
—Déjeme hacerlo, mi reina —dijo Kael cuando quise dar un paso hacia el hombre.
Asentí, aunque luego sentí una pequeña molestia por ello. Ya le había dicho que no podía pedirme nada, y allí estaba de nuevo.
Kael se arremangó su camisa negra manga larga hasta cerca de los codos. Se paró frente al renegado y comenzó a murmurar un hechizo revelador.
Vi al hombre sonreír poco a poco mientras la magia de Kael intentaba penetrarlo, pero una especie de escudo apareció. Comencé a desesperarme, pero me mantuve firme, confiando. Kael decidió tomar al renegado desde el cuello. Allí, una risa agria salió de su boca. Me ericé. Kael apretó con fuerza, su magia cubrió al hombre con destellos morados y negros que poco a poco se fueron disipando hasta convertirse en el escudo verde de nuevo, deshaciendo el hechizo revelador.
Kael lo soltó y dio un paso atrás. Estaba agitado. No me vio de inmediato. Y supe que estábamos en graves problemas.
Di un paso hacia ellos, decidida a usar todo mi poder, pero cuando lo hice, el renegado me miró fijamente, sin decir una palabra.
Mucha gente me odiaba, muchos me temían, ninguna mirada de esas me estremecía, pero esa… lo hacía. Y lo detesté por eso.
—Apártate —murmuré a Kael, por lo que obedeció.
Me incliné hacia el hombre. Este movió las manos con fuerza, las cadenas resonaron, no aparté la mirada mientras tomaba con fuerza su cabeza, manteniendo mis dedos en su sien.
El renegado pareció descontrolarse. La sonrisa que había sacado con Kael no llegó para mí. Su lobo luchaba por salir.
—Revela los secretos que en tu mal habita. Despójate de tu piel. Hazme ver qué te motiva, por qué estás aquí, y quien eres —ordené, haciendo obra de mi magia.
La forma roja de mi magia lo cubrió con chispas negras. Por un momento, entró a su cuerpo, seguí ordenando aquellas palabras. Mantuve la fuerza. Y poco a poco pude ver cómo la oscuridad de sus ojos se iba, llenando su iris de un color miel deslumbrante.
Solo una vez había visto unos ojos mieles tan preciosos.
—Ravenna —murmuró, erizándome. Quise ignorarlo, pero lo que dijo después me descolocó—: Dulces claveles frescos.
Fue como una frase clave, los recuerdos llegaron.
Sangre.
Gritos.
Mi cuerpo doliendo y ardiendo.
Un temblor inesperado me invadió por la ira.
—¡¿Quién demonios eres y por qué estás aquí?! —grité, a punto de enterrar mis uñas en su sien, pero pronto la oscuridad y el escudo verde volvió con mayor intensidad, rebotando en mí.
Sentí cómo algo tiraba de mí hacia atrás, enviándome hacia la pared del calabozo, pero antes de que pudiera hacerlo, una forma morada me detuvo.
Kael me atrapó antes de que cayera al suelo, y me desesperé cuando sentí un dolor agudo en mi espina dorsal. Contuve el grito. Intenté reponerme, pero el dolor se apoderó de mí.
—Llévame a mi habitación —ordené entre dientes a Kael, pero él ya lo estaba haciendo.
No supe cuánto tiempo permanecí en sus brazos, intentando no gritar. Estaba intentando salir de mí, y dolía como nunca antes.
—Estarás bien, Ravenna. Sé fuerte —dijo Kael mientras me recostaba en la cama y su magia comenzaba a rodearme, haciéndome perder los sentidos.
Mi mente intentaba encontrar una explicación en medio del caos.
Aquel hombre, de ojos mieles, se parecía a alguien de mi pasado, pero era imposible que fuera Él.
Había dicho que olía a dulces claveles frescos.
Y solo Él… lo había identificado. Nadie más.
Desperté, sudada, con el pecho agitado, tras largas pesadillas.
Una mano fue a mi frente, la quité rápido. Ni siquiera me calmé porque fuera Kael.
—¿Qué fue lo que pasó?
—Tu hechizo rebotó, Ravenna… —comenzó a decirme—. Estabas comenzando a revelarte por completo, pero lo controlé.
Aquello me llenó de una ira creciente. Y el pensamiento de que todo era un complot para desmantelarme, apareció en mi mente.
—Lo hicieron al propósito —dije mientras me levantaba, pero el dolor en mi espalda llegó, tumbándome de nuevo a la cama.
Gemí de dolor. Kael me sostuvo y obligó a descansar.
—Toma esto. Te ayudará con las heridas.
—¿Heridas? Ah…
Era cierto. Sentía que mi espalda tenía una herida grande, hervía. No dije nada. Tomé el té medicinal, sintiendo alivio casi de inmediato.
—Si lo que presientes es cierto. Entonces quiere decir que alguien sabe que tú…
—No lo digas nunca en voz alta —ordené.
Kael asintió. Lo vi tragar hondo. Parecía asustado. Jamás había visto esa mirada en él.
—En su momento de cordura… Ese renegado…
—Identificó mi olor —murmuré, erizándome de nuevo, con el recuerdo de su voz, su mirada.
Kael tomó mi mano. Miré de allí a sus ojos.
—Hay que matarlo. Es una amenaza.
Lo pensé. Muy bien.
—No —decidí—. Si ya lo saben… Solo será cuestión de tiempo para que encuentren la manera de hacerlo correr por el reino. No puedo permitir que nadie se entere, Kael —expresé, mirándolo con firmeza—. En este reino odiamos a los cambiantes, son nuestros enemigos. Sabes lo que pasaría si saben…
No terminé la frase, Kael apretó mi mano, luego asintió con lentitud.
—Entonces debemos descubrir quién lo envió, y usarlo en su contra —declaró—. Déjame encargarme. Prometo que no te defraudaré.
Y no tuve otra opción que aceptar.
Ni siquiera podía volver a acercarme a ese hombre, pues, con un solo comentario, podía revelar que yo también era como él.
