Capítulo 3 Corazón inquieto.

Ravenna.

Esa noche fue una de las más largas de mi vida. Los recuerdos comenzaron a perseguirme con intensidad, así que tuve que hacer un hechizo en mí para dormir profundamente hasta una hora pautada.

Desperté al día siguiente. Fui a la ducha y me volteé lentamente hacia el espejo. Tragué hondo al ver cómo había desaparecido la herida, solo quedaban rastros de moretones.

No era la primera vez que mi loba intentaba transformarse, pero definitivamente sí era la primera vez que dolía tanto. Y sabía que no quería volver a pasar por eso.

Confiaba en que el hechizo de Kael en mí había funcionado, así que no volví a repetirlo.

Me alisté. Arne llamó y la dejé pasar. Ella se encargó de peinar mi cabello y ayudarme con el resto. Era viernes, y ese día era el único que mis súbditos tenían para presentar sus mejoras o planes para el reino. El que ganara ese día, sin duda tenía el apoyo de mi gente.

Mi padre siempre dijo, que un pueblo no solo debe ser gobernado con temor y miedo, sino también con recompensas y respeto. Para algunos brujos de clase media y baja, ganarse el respeto de los demás por ser mi aliado de alguna forma, significaba algo más grande que los duros castigos que daba por traicionarme o desobedecerme.

Fui al comedor, y esperé por Kael, pero recordé sus palabras del día anterior. No iba a descansar hasta desenmascarar al renegado. No sabía cuánto tiempo le tomaría, pero esperaba que lo lograra.

Me observé sola en el comedor, y ese día, no se sintió del todo reconfortante como el anterior.

Mis padres habían sido amables con la servidumbre, incluso en fiestas o días especiales se les invitaba a comer junto a nosotros, pero eso acabó con su trágica muerte.

Desde ese día solo otros brujos poderosos, como Kael, tenían permitido comer junto a mí.

Tras el desayuno, fui a la sala principal. Me senté en mi trono. Kael no estaba allí, y aquello, volvió a incomodarme.

Ningún plan de mejora me gustó. O tal vez mi cabeza no estaba en ello. Todos se fueron con decepción.

Apenas las puertas se cerraron caminé hacia el estudio de Kael, pero no estaba. Los guardias me dijeron que había pasado la noche, madrugada y lo que iba de ese día en el calabozo.

No podía acercarme. Debía confiar en él.

Pero a tan solo metros de la puerta que me llevaba a las escaleras del calabozo, me cuestioné si acaso mis ansias eran solo por el temor a que, a mí, o a él, nos pasara algo malo… Me cuestioné si es que acaso necesitaba volver a sentir aquello por ese extraño.

El sábado pasó con la misma tensión, hasta que el domingo, tras no haber juicios, y solo intentar concentrarme en mi estudio, decidí que ya era suficiente.

Unos minutos después de mi orden a un guardia, Kael apareció en mi estudio.

Mi garganta se tensó al ver que le sangraba la nariz.

Me contuve de levantarme.

—¿Eso lo provocó el renegado?

Parecía confundido, hasta que lo entendió, se la limpió rápidamente.

—Es por la magia.

—Es porque no te estás protegiendo, ni cuidando, Kael —dije con dureza—. Me han dicho que apenas comes, y no estás durmiendo.

Su mirada oscura se suavizó. Esa pequeña sonrisa que a veces me dedicaba, llegó. Hice mi esfuerzo por ignorarlo.

—No tienes que preocuparte por mí, Ravenna. Estaré bien.

—Más te vale, porque eres mi consejero. —Aquello no borró su sonrisa. Y me irrité por eso—. ¿Podrías al menos sentarte o decirme qué es lo que intentas hacer con él?

Asintió, se sentó, causándome alivio. Me dijo que había descubierto que su hechizo tenía capas, que debía destruir primero el escudo. Me contó los hechizos que había intentado con él, incluso el que yo había hecho, pero solo parecía desmoronarse por segundos, y luego, el escudo volvía.

Mientras hablábamos, y yo intentaba también pensar en una solución, sus ojos se iluminaron, se paró de golpe.

—Creo que tengo la solución.

Pero antes de que se fuera, lo detuve.

—El prisionero no se va a ir. Aun queda día por delante. Te ordeno que descanses.

Quiso refutar, pero esa mirada apareció, y asintió para entonces irse.

Confirmé con un guardia que me había obedecido.

Sin embargo, aproveché que Kael no estaba en el calabozo para ver al prisionero a través de la pequeña ventana de la puerta. Sangraba, y se veía exhausto. La magia negra sin duda lo mantenía fuerte.

Ordené a uno de los guardias que lo alimentaran, y me fui.

Más tarde ese día Kael apareció en mi habitación, renovado sin duda alguna.

—¿Puedo acercarme, mi reina?

Sabía a qué se refería con ello, era un acercamiento intimo. Y para ser sincera, había extrañado su tacto esos días, así que asentí una vez.

Kael se acercó, se sentó a mi lado en el mueble donde me encontraba leyendo. Su olor fresco, me alivió.

—¿Irás al calabozo ahora?

—Sí… —respondió, tomándome la mano y dándole un beso que me estremeció—. Lo solucionaré, y así podrás volver a mí sin ninguna preocupación encima.

Realmente esperaba que así fuera. Tener sexo mientras lo desconocido estaba bajo mi techo, no se sentía como una buena idea.

—Te acompañaré. Veré desde la puerta.

Él asintió, y fuimos allí. Me quedé afuera, como prometí. Lo vi intentar varias cosas, pero luego algo cambió. Me di cuenta que utilizó hechizos elementales como el fuego para destruir el escudo, y lo logró. Los ojos del hombre volvieron a su forma natural, su aura cambió. Mi corazón se aceleró al ver que seguía con el hechizo revelador. Y cuando pasó, mi mano ya estaba abriendo la puerta.

Sentí cómo el ambiente cambió.

Kael sabía que estaba dentro, y el renegado también, porque me miró fijamente con sus ojos mieles, pero luego, miró a Kael.

Algo pasó en él. Su lobo intentó salir, aunque tenía las trampas de plata, y algo en mí se removió por ello.

—¿Cuál es tu nombre?

La voz firme de Kael lo hizo volver en sí.

No lo miró a la cara al responder.

—Erick.

Erick…

El alivio me invadió a tal forma que casi suspiré.

No. No era Él.

Quería creer que el hechizo lo haría decir la verdad.

Sin embargo, tan pronto como el alivio llegó, también lo hizo la decepción.

No sabía que guardaba en mi corazón la esperanza de que Él estuviera vivo.

—¿Quién te hechizó? ¿Quién te mandó aquí? ¿Por qué estás aquí?

Erick alzó la mirada, hacia mí.

—No lo sé… —respondió débilmente—. Solo sabía que la reina Ravenna podría ayudarme, quizá por eso vine…

La forma necesitada en que lo dijo, la sinceridad, me aterró. No podía tener compasión por él.

Kael se posó frente a él para que no pudiera verme, pero de igual forma me fui de allí, con el corazón inquieto, odiando que, después de tantos años, un desconocido hubiera conseguido hacerme desear que mi pasado estuviera equivocado.

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