Capítulo 5 Él es nuestro compañero.

Ravenna.

Caminé lo más rápido que pude, como si con eso pudiera alejar el eco de mi mente. Pero no se detuvo. No hasta que entré al comedor y visualicé a Kael esperando por mí. Ni siquiera lo pensé, fui directo sobre él, devorando sus labios sin permiso.

Kael tardó en reaccionar, pero sus manos ágiles me sostuvieron la cintura y jugaron también con mi interior por encima de toda la tela. Lo miré fijamente, me encantaba perderme en la oscuridad de sus ojos, pero había una ira extraña fluyendo dentro de mí, que me impedía disfrutarlo del todo. Luché contra eso, sudando, jadeando y frotándome sobre él. Hasta que el placer me invadió y recibí su beso en mi sien.

Me desplomé en sus brazos, inhalé su perfume, su frescura siempre me calmaba, y esta vez lo hizo. El eco desapareció y la ira también.

Kael me ayudó a levantar, me miraba con los ojos llenos de brillo y la boca hinchada por la rudeza de mi necesidad.

Él estaba enamorado de mí.

Recordarlo me apretaba el pecho, así que volví a mi puesto, sin importar cómo me veía, o si los guardias o Arne hubieran visto todo, y devoré la comida hasta saciarme.

Tras terminar, Kael aclaró su garganta, murmuró y su magia morada me envolvió por miseros segundos. Sentí mi cabello moverse, mi corsé moverse y mis labios mojados.

Mejoró mi aspecto.

Segundos después, un guardia anunció:

—Reina Ravenna, consejero Kael, disculpen la interrupción. Nos informaron desde la zona Oeste que hay problemas con tres renegados. Solicito permiso para enviar más hombres.

Kael me miró, hablé antes que él.

—Kael, ¿cuántos hombres hay en la zona Oeste?

—Alrededor de veinte.

—Veintidós con los que envié el viernes —dije, y exhalé para mirar al guardia—. Deja que se encarguen. Si no pueden con tres renegados entonces no pueden protegerme como deben, y merecen la muerte.

La frialdad de mis palabras hizo eco en el comedor. Kael asintió hacia el guardia, y este se fue.

—Puede que estén buscando a tu invitado —mencionó, con cierto tono.

Lo ignoré, y me irrité por recordarlo.

Erick no era mi invitado, y tenía que seguir con mi día. Los juicios y las solicitudes esperaban por mí, así que fui a la sala principal. Kael llegó segundos después, visiblemente incomodo.

Un desgraciado tras otro llegó para ser juzgado, y mi dureza se hizo sentir. Últimamente había muchos casos debido a que se acercaba la luna llena. Esa noche la habría. Y algunos magos, brujos de menor rango, aprovechaban esa energía para hacer algunos hechizos prohibidos.

Justo cuando estaba por juzgar a una mujer por poseer a su marido humano hasta llevarlo a la muerte, llegó el guardia que me había interrumpido en el comedor.

—Mi reina, ha ocurrido un ataque en la zona Oeste. Necesitamos intervención ya.

Apreté el reposabrazos de mi silla, miré a Kael, y este caminó fuera de la sala. Lo seguí. No fui capaz de ordenarle que parara, solo me apresuré.

Subimos las escaleras, nos dirigimos a una habitación vigilada por dos guardias, donde fuera se filtraba el olor a sándalo. Ese aroma tenía algo que me hacía sentir indefensa de alguna manera.

Kael abrió la puerta. Mi tensión subió al ver al hombre en la cama, con la cabeza entre las piernas, con esposas de plata y grilletes en los pies.

Erick subió la mirada, directo a mí, y respiré hondo cuando vi a Kael acercarse a él, dominante, molesto. Pude ver la batalla en los ojos de ambos cuando mi consejero lo tomó del cuello.

—Si no estás aquí tramando algo entonces dinos por qué ahora los renegados decidieron atacarnos. Habla, ahora. O te degollaré aquí mismo —amenazó.

Los segundos pasaron, el ambiente se sintió acalorado. Mis manos se tensaron.

Erick me miró con dificultad, luego volvió a ver a Kael. Y de nuevo, como en el calabozo, su lobo parecía querer salir, pero mi consejero tenía la capacidad necesaria para controlarlo.

—Erick —pronuncié, al ver a Kael apretar su agarre. El hombre dejó de luchar de inmediato—. Si ellos no están contigo, y de verdad estás agradecido por ayudarte, ve y mátalos. A todos.

Mi respiración estaba tan agitada, que yo misma me sorprendí. Salí de allí antes de que Kael pudiera percibirlo. No sabía qué me estaba pasando.

Las horas después de eso, pasaron de una forma lenta y fría. Kael se había ido con la guardia y el hombre lobo, mientras que yo usaba toda mi fuerza de voluntad para no hacer un espejo y ver lo que sucedía en la zona Oeste.

Entonces escuché las puertas, quejidos, y el olor a sangre, erizándome. Corrí por todos los pasillos, con la mente pensando en Kael, pero extrañamente también en aquel lobo. Me detuve al ver Kael cargando a un Erick sangrante.

—Lo llevaré a su habitación. Está muy herido —dijo rápidamente, agitado.

Mi garganta se tensó, algo intentó fluir de mí. Me cuestioné cómo es que Kael ahora parecía preocupado.

Los seguí.

Kael lo acostó en la cama, comenzó a usar su magia curativa en él, pero podía darme cuenta que por alguna razón no le funcionaba.

—¿Qué fue lo que pasó? —cuestioné, sin poder contener mi temblor interno.

—Eran demasiados, iban a matarlo, tuve que intervenir… —Miró por encima de su hombro, encontrándose conmigo—. Me salvó.

Sentí un aullido retumbar en mí. Por un momento, pensé que había sido real, pero no. Solo estaba en mi interior. Me preocupaba que mi loba se alterara por la presencia de otro lobo, especialmente cuando se acercaba la hora de la luna llena, pero, aun así, me acerqué a la cama, miré a Kael, que se alejó entonces agitado y hasta con el cabello blanco manchado de sangre.

Dejé salir mi magia, Erick no abría los ojos, pero se quejaba. Pude sanar sus heridas rápidamente, pero aún no se movía.

—Prepara el té, ya —ordené a Kael.

Él lo dudó. Solo nosotros teníamos acceso a las hierbas así que eso significaba que tenía que dejarme a solas con Erick, y al final… lo hizo.

La puerta se cerró y la mirada ojimiel se clavó en mí, débilmente.

—Puedo ver… la loba en tus ojos —murmuró, con una sonrisa tenue, helándome—. Es her-mosa…

Me alejé de él, y tan pronto como lo hice, volvió a caer inconsciente. No pude moverme hasta que vi a Kael llegar.

Y volví a huir, encerrándome en mi habitación para intentar controlar a mi loba. Mi espalda ardió, su gruñido retumbó en mis oídos, su imagen apareció en mi mente. Luché contra ella, grité de dolor.

Usé mi magia para cubrir las ventanas y no dejar que la luz de la luna llena me tocara.

No podía dejarla salir. Nadie más podía saber mi verdad. Perdería mi trono, el legado de mis padres, todo lo que era mío. Mi vida.

Pero para mi sorpresa, en lugar de una transformación, su voz apareció claramente en mi mente, chillando.

—Él es nuestro compañero, Ravenna…

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