Capítulo 6 Aléjese de mí.
Ravenna.
Abrí los ojos tan rápido como un destello al escuchar un ruido. Mi cabeza dio vueltas, así que hundí la cara en la almohada. Solía sucederme que cuando usaba el hechizo para dormir muy seguido, aparecían malestares como dolores de cabeza y mareos.
Pero muy bien sabía que no se debía a eso.
Ni siquiera el hechizo me había ayudado a desaparecer la pesadilla.
La puerta sonó, y apenas murmuré.
Kael entró, pude olerlo sin verlo. Su frescura, la necesitaba, así que tiré de su mano en cuanto se acercó a la cama. Él se sentó, me miró con preocupación mientras dudaba en acariciar mi rostro. No lo hizo.
—No luces bien. ¿Qué sucedió? La luna llena fue peor anoche, ¿cierto?
Asentí, tragando el nudo en mi garganta. Kael me dio una mirada completa, me sentí expuesta. Que ni siquiera me hubiera arreglado para dormir era muy mala señal.
—Cancela todo por estos tres días. Quiero encargarme de otras cosas —murmuré, sintiendo la punzada en mi cabeza.
Vi su mandíbula apretarse, me regaló una pequeña sonrisa. Sabía lo que estaba pensando.
“Conmigo no tienes que fingir.”
Y lo sabía… Pero incluso con él me resultaba difícil admitir que necesitaba los días de luna llena alejada de todos.
Asintió sin decir una palabra, pero antes de levantarse, una forma morada cubrió mi nariz. Inhalé, y pronto el dolor de cabeza desapareció.
Le di las gracias con la mirada, y se fue, ajustándose el traje justo antes de salir de mi habitación.
Su olor se fue con él y entonces los pensamientos comenzaron a atormentarme, aquella voz diciendo aquella sentencia hizo revolver mi estómago…
No.
No iba a dejar que me descubrieran. No perdería mi reino. Además, era libre. No tenía que obedecer al “destino” de mi aberrante naturaleza.
No la quería y no cedería ante ella.
Eso de ser compañeros destinados, sí que lo había escuchado e investigado, y sabía que no era más que caprichos para mejorar un linaje.
No necesitaba herederos, yo viviría por siempre… y mucho menos herederos lobos.
Ese pensamiento hizo que un aullido retumbara en mis adentros. Lo ignoré. Sabía qué hacer para olvidarme de todo.
Una hora después, tras estar preparada, fui al sótano debajo de mi estudio. Allí, tenía todo lo que necesitaba para crear todo lo que se me ocurriera, incluso una poción para acabar de forma inesperada con la vida de aquél hombre lobo.
Sin embargo, ese pensamiento me llevó a pensar en que era momento de crear una poción para aliviar mis malestares durante la luna llena. Usualmente Kael usaba ciertos hechizos en mí, ya que no podía hacerlo por mi cuenta. Cosas como calmar mi sed de sexo, contención de músculos, incluso provocar un estado de inhibición, funcionaba para calmar a mi loba esas noches.
Pero en ese momento sabía que no era suficiente. Necesitaba encontrar la forma de crear algo que me ayudase sin su intervención. Después de todo… era consciente de que Kael no estaría para protegerme siempre, aunque él quisiera.
Mientras leía, buscaba hierbas, comía algo sencillo y fracasaba en cada poción, se pasó la mañana, la tarde, hasta que sentí mi cuello tensarse.
Había llegado la noche.
Aunque estaba muy lejos de la luz de la luna llena, podía sentir su necesidad de salir, aullar, correr. Ser libre.
Aquello aumentó mi adrenalina por seguir intentándolo. Y entonces, lo decidí. Tenía que usar acónito también, sin importar lo que pudiera pasarme.
Mezclé aquello, y justo cuando estaba por tomar un sorbo, escuché un rugido.
Esta vez no vino de mi interior.
Mis vellos se erizaron.
Intenté ignorarlo, pero el rugido se hizo más fuerte, así como el sonido de metales golpeando contra las paredes.
Sin pensarlo, di un sorbo al líquido, arrepintiéndome por su asqueroso sabor. Me aferré de la mesa, esperando, con el ruido lejano de fondo.
Cerré los ojos.
Pero nada ocurrió.
Ya tendría tiempo de seguir, pero tenía que descubrir qué demonios pasaba.
Me dejé guiar por el sonido. Vi a un guardia corriendo junto a Kael hacia la habitación de Erick.
Para mi sorpresa, no pude oler ese sándalo con madera que antes me había encantado. Quería pensar que la poción estaba haciendo efecto en mí.
Vi desde la puerta abierta de par en par lo que ocurría. Aunque Kael se interponía de frente, podía ver a Erick luchando por convertirse. Sus pies desnudos y sus manos lograban transformarse parcialmente en patas, su espalda se arqueaba, sus rugidos eran agonizantes.
Sentí un pinchazo en mi columna, pero nada más, así que eso me permitió avanzar.
—Kael —llamé.
Ambos pares de ojos me miraron. Kael, sorprendido de que hubiera salido de mi escondite, Erick… necesitado; sus ojos eran dorados, reflejando sus intensas ganas de transformarse.
—Dicen que los machos lobos tienen problemas durante la segunda y tercera noche de la luna llena. Si no lo contenemos ahora, podría salirse de control. ¿Qué quiere que hagamos, mi reina?
La pregunta del guardia que lo apuntaba con una pistola de balas de plata, me agitó. No sabía exactamente qué hacer. Si Erick se salía de control, era probable que mi loba también quisiera hacerlo, y no estaba segura de que la poción fuera tan efectiva.
Kael quiso hablar, seguramente para decirme que él se encargaría, pero entonces lo detuve.
—Esperen por mí —ordené.
La rapidez con la que fui al sótano y volví, sorprendió a todos. La mirada de Kael estaba sobre mí como un juez.
Me abrí paso con el frasco en mano, mirando fijamente al hombre que emitía un chillido desde su garganta. Sus ojos no se apartaron de mí, sudaba; vellos negros cubrían gran parte de su cuerpo, listo para liberarse pese al dolor de la plata, pero por alguna razón, cuando dirigí mi mano a su barbilla para que abriera la boca, su cuerpo bajó la guardia.
—Aléjese de mí… No qui-ero herirla —pronunció.
—Si lo haces, te mataré —sentencié, pero en lugar de asustarlo, una sonrisa apareció en sus labios, tensándome—. Abre la boca.
Obedeció. Me erizó la forma en que su lengua parecía más grande de lo normal, al igual que sus colmillos. Mantuve la mano en su barbilla, vertí el liquido hasta dejar solo unas gotas.
Lo observé sin saber por qué no podía alejarme.
Entonces sentí una mano en mi hombro. Kael tiró de mí.
—Ravenna, está funcionando —dijo con un tono tenso.
Fue cuando reaccioné. Me alejé mientras observaba cómo la bestia se retiraba hasta solo dejar al guapo hombre sudoroso y ojos mieles cansados.
—¿Qué… le hizo a mi lobo? —gimoteó, vulnerable.
No pude responder.
—Quítenle las esposas y grilletes de plata. No podrá transformarse —dije, menos firme de lo que quería.
Pude sentir el miedo en Erick, y la pequeña sonrisa de Kael, no pude ignorarla; me causó un vuelco en el pecho.
Había ido al sótano con la idea de matarlo, pero solo había terminado salvándolo de su muerte si llegaba a transformarse.
Y la ambigüedad de la situación, comenzaba a aterrarme.
