Capítulo 7 Más que a nada en el mundo.

Kael.

Justo cuando ella se fue, giré el rostro hacia los guardias que quitaban los grilletes y esposas del lobo.

Sentí el calor de la ira revolotear en mi estómago.

Sí, me había salvado la vida en el ataque, pero eso no lo hacía merecedor de nuestra confianza. Eso no nos aseguraba que no atacaría en cuanto estuviéramos desprevenidos.

Todo lo que envolvía a ese hombre era un misterio, y mientras así fuera, no podía arriesgarme.

—Salgan. Ahora —ordené.

Los guardias obedecieron. Entonces miré al hombre que intentaba sentarse mientras tocaba la zona afectada. Le dolía, lo sabía. La plata impedía que un cambiante pudiera llegar a su transformación, el contacto con ella les dejaba severas quemaduras; pero también sabía lo que podía causar en un prisionero que tuviera contacto con ella por demasiado tiempo: su lobo perdería gradualmente la fuerza.

Con mi magia, tomé las esposas de plata, las derretí en el aire y creé una especie de tobillera resistente.

Desobedecer a Ravenna esta vez, era por su propia seguridad. Era preocupante tener el presentimiento de que, por ser el primer cambiante además de ella en ese castillo, formara una especie de vinculo compasivo con él.

El lobo miraba entre aquello en el aire y a mí, con la mandíbula tensa. Fue inteligente al no moverse cuando me incliné hacia él, tomando su tobillo para ponerle aquello sin dejar de mirarlo a los ojos.

—Incluso si me salvaste, por estrategia o no, sigues siendo un renegado prisionero de mi reina. Que te quede claro —declaré.

Sabía que si no fuera por lo que sea que Ravenna le habría dado, hubiera reaccionado de forma salvaje. Podía ver la intención en sus ojos. Yo no le agradaba, pero era muy inteligente como para no demostrarlo, aun…

Salí de su habitación para ir directamente a la mía. Necesitaba darme una ducha que relajara mis pensamientos.

Por los momentos, no había encontrado nada de él más que: sí, había sido criado en la manada Wild Storm, era huérfano, y no se conocía nada de su pasado antes de los nueve años. Solía trabajar en el castillo del rey Caius, hasta que intentó robarle e hirió a uno de sus sirvientes. Fue desterrado y desde entonces había vivido como renegado en el mundo humano, o al menos eso era lo que había averiguado mi informante.

Lo que sí sabía con certeza era que los nacidos y criados en Wild Storm, eran los desdichados del reino licántropo. Cualquiera que viniera de allí, siempre tendría una razón para estar en contra del rey Caius.

Pero era precisamente eso lo que me inquietaba.

¿Por qué un desdichado renegado de la manada Wild Storm sería objeto de una magia tan poderosa?

Tan poderosa que ni siquiera habíamos logrado descubrir su objetivo. Los ojos negros significaban la posesión total de la inconsciencia; el estar dominado por algo más que la propia alma. Quien sea que hubiera realizado aquello, había dejado de ver a través de los ojos del hombre lobo desde que Ravenna había logrado desvanecerlo.

Alguien lo había enviado para investigar, ya sea a Ravenna o no.

¿Pero él lo sabía?

Tras estar listo, caí en la cama, vestido.

Ravenna no solía buscarme sexualmente las noches de luna llena. Sabía que su loba podía sentirse tentada a salir por la intensidad de un clímax, así que prefería prevenir.

Sin embargo, para mi sorpresa, a mitad de la madrugada, la luz encendida me hizo despertar.

Abrí los ojos, incorporándome mejor mientras se acercaba con su vestido de seda para dormir.

Mi corazón retumbó cuando subió a la cama, sobre mí, rodeándome con sus piernas.

Me necesitaba, pero también me estaba dando una mirada que no sabía descifrar. Estaba esperando que me dijera que me deshiciera de mi traje de dormir, pero no dijo nada.

Colocó las manos en mi pecho, se inclinó con los labios entreabiertos, apreté su cintura con fuerza, dejando también caricias por su espalda baja.

Me incliné para tomar sus labios, ella correspondió. Comenzamos lento, disfruté cada segundo de su calma, tocando todo lo que podía de su cuerpo, hasta que el calor me cubrió las mejillas y tensó mis músculos.

Quería saber en qué pensaba, por qué de repente parecía que estaba dispuesta a que ocurriera tan lento, justo en luna llena, pero alejé ese pensamiento.

Me hundí en su cuello, besando su piel con devoción. Tomé su cabello rojizo entre mis dedos, apretando, mientras que con la otra mano la ayudaba a deshacerme de mi ropa. Mi sexo sintió la humedad de su sexo, y la escuché jadear por el roce.

Alcé la mirada para verla, y entonces me di cuenta de que tenía los ojos cerrados. Era extraño que no me mirara como solía hacerlo.

Apreté mi agarre en su nuca, la besé mientras me hundía en ella en una estocada firme. Temblamos.

Lo único que quería era que me viera a los ojos y me mostrara que ese arrebato significaba lo que tanto había estado esperando: amor.

—Ravenna, mírame —pedí en un murmullo, mientras se movía lentamente, con los brazos entre mis hombros y la espalda, con la frente sobre la mía.

—Es mejor cuando no hablas —soltó.

Mi corazón recibió un golpe. Pero, aun así, no la aparté, no hice más que lo que nuestro trato dictaba: estar allí para ella.

Aunque anhelaba que fuera diferente.

Se inclinó hacia abajo para besarme, correspondí, y luego, inesperadamente, salió de mí para ponerse de espaldas y volver a dirigirme hacia ella desde esa posición. Se sostuvo de mis piernas, comenzó a moverse con furor. Solté gruñidos de satisfacción. La vista me enloquecía, pero solo me limité a tomar su cabello con mi mano y acariciar sus nalgas por encima del vestido.

Era todo lo que obtendría. Incluso si cambiaba de posición, incluso si me decía alguna que otra palabra, nunca me dejaría ver su desnudez completa, nunca me dejaría poseerla como quisiera, y nunca se quedaría a dormir a mi lado hasta que el amanecer tocara su hermoso rostro.

Y tenía que vivir con eso.

Porque la amaba más que a nada en el mundo.

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