Capítulo 2 Cuarenta y cinco minutos de juego
Al día siguiente Oliver se encontró con su novia.
—Mi papá contrató más seguridad. —dijo Marcella, apretando los dedos de Oliver—. No quiere que te vea. Ayer volvió a decirme que Leonard es el hombre que me conviene, que el futbol de verdad se juega en la liga mayor.
Oliver se inclinó hacia ella, acariciando su mejilla con ternura.
—No me importa tu papá, Marcella, ni los millones de la otra liga —Oliver apretó los dedos de Marcella, mirándola a esos ojos claros que mostraban su angustia—. Vamos a encontrar la manera. No hay copa en el mundo que valga más que esto.
—Tengo miedo de que nos separen, Oliver.
—Que piense lo que quiera. Te amo y nadie va a cambiar eso. ¡Absolutamente nadie!
A pocos metros, Violeta desde el auto observaba la escena. Sus uñas golpeaban el tablero del auto, observando como Oliver acariciaba el cabello de Marcella.
Akane, a su lado, sonrió descaradamente.
—¿celosa? Te noto con rabia. No me digas que te enamoraste del futbolista.
Violeta volteó con la mirada encendida.
—¿Tú no? Tiene un cuerpo divino y no quiero imaginarme lo que esa mujer se come cuando están a solas.
—Desde Antony has probado varios atletas y nunca te había visto así —acotó Akane—. ¿Qué piensas hacer?
—¡Voy a marcar mi territorio! No voy a dejar que una insignificante cucaracha me lo arrebate.
Violeta abrió la puerta del auto y avanzó hacia ellos haciendo sentir su presencia, hasta plantarse frente a la mesa.
—¿Cómo has estado, Oliver? ¿Cómo te fue en el entrenamiento? —dijo soberbiamente forzando su sonrisa—. Mañana es el partido que debemos ganar si queremos avanzar.
Oliver abandono la mano de su novia, desconcertado. Marcella se enderezó de inmediato.
—Disculpa, ¿quién eres tú? —interrumpió Marcella, mirándola con destellos.
—Ella es la nueva dueña del equipo —respondió Oliver, adelantándose—. Solo que no sabía que podría ser tan intensa como para venir a hablar de futbol en mi día libre.
Marcella sostuvo el duelo de miradas con Violeta.
—¿No cree que estos temas se tratan en el camerino o en su estadio?
Violeta dejó caer sus manos sobre la mesa, perdiendo la postura.
—No te atrevas a cuestionarme. La conversación es entre Oliver y yo.
El delantero se puso de pie, usando su físico para cubrir a Marcella.
—Lo siento, pero no pienso dañar mi cita para conversar con usted. —aseveró con autoridad—. Así que, ¿si me lo permite? Nos retiramos.
Violeta bajo la vista hacia los dedos entrelazados de la pareja.
—¿Comprometidos? —balbuceo con desprecio, dando un trago a la bebida de Oliver.
Oliver tomó por la cintura a Marcella.
—¡Es mi novia! Y pronto nos comprometeremos.
Violeta los observó retirándose, mientras ella se desahogó con la loza de la mesa. Luego regreso al auto y azotó la puerta.
—¡Esa estúpida es un estorbo! No me va a ganar.
—Solo ten cuidado con lo que desees, Violeta. —le advirtió Akane temiendo lo peor—. Es hija de Mondragon.
—¡Eso no me interesa! ¿Olvidaste quién soy yo? —le recriminó con evidente molestia—. ¡Soy la maldita reina del golfo!
Al día siguiente, una hora antes del juego, Violeta cruzó su auto deportivo a una cuadra del estadio, cerrándole el paso a Oliver, quien caminaba con la maleta al hombro.
—Súbete. Tengo que hablar contigo —ordenó Violeta.
Oliver intentó oponerse.
—Prefiero caminar.
—¡Súbete! Te digo. —exclamó Violeta alzando la voz.
Oliver abrió la puerta y subió para evitar el escándalo.
—Tengo el tiempo contado, señora. Hay un partido que jugar.
Violeta no usó palabras. Lo tomó del cuello y lo besó de forma posesiva, forzando sus labios. Oliver reaccionó empujándola y cortando el contacto. Se limpió la boca con el brazo.
—¿Qué hace? ¡Está loca! —pero algo dentro de Oliver se movió.
—Me gustas, Oliver —le dijo Violeta saboreándose el beso—. Nunca me había enamorado de alguien así de la nada. Me enciendes el cuerpo en cuanto me acuerdo de ti.
Oliver se distrajo apenas unos segundos, luego sonrió a carcajadas.
—Esto no va a funcionar, señora Violeta.
—¡Señorita! —le dijo interrumpiéndolo—. Aunque te tardes un segundo más.
—Ya lo vio ayer, señorita: tengo novia y la amo. Usted debería enfocarse en el club si es que en verdad le importa, si no, nunca debió comprarlo.
La respuesta desató la furia de la Reina del Golfo. Violeta bajó la mano con rapidez hacia la entrepierna del futbolista, agarrándole la polla con fuerza por encima de la tela.
—Te quiero, te necesito y puedo darte todos los lujos que mereces —le dijo al oído, cerrando más la mano y ella sintió la erección—. Esa joven con la que sales se va a casar con Ceballos, tu contrincante. Su padre no la dejará en paz y tiene el poder para hundirte.
Oliver sintió satisfacción en el agarre, pero aparto la mano de Violeta y tapándose salió del auto para luego inclinarse en la ventana:
—Cruzaste los límites, Violeta. Yo solo soy un jugador de futbol, no un consolador. ¿Si quieres? Te puedo presentar a varios del equipo que son más atractivos que yo.
Oliver se dio la vuelta y salió corriendo al vestidor. El director técnico lo abordó de inmediato.
—¿Dónde estabas, Oliver?
—Dejando las cosas en su lugar, profesor —contestó, vistiéndose apresuradamente.
El partido contra los Cardinales FC comenzó con un ritmo demoledor. A los diez minutos, Oliver esquivó al defensa central y un disparo cruzado abrió el marcador. Desde el palco Violeta miraba el juego mientras se desarrollaba otra estrategia.
Marcella se dirigía al estadio cuando una camioneta gris le cerró el paso a escasos cuatrocientos metros del estadio. Dos hombres armados bajaron corriendo.
—¡Abre la maldita puerta ahora mismo! —gritó uno de ellos.
Marcella bloqueó las puertas con las manos temblorosas.
—¡Déjenme en paz! ¿Qué quieren de mí? —gritó ella, buscando su teléfono.
En el estadio, la defensa del Espartano era un desastre completo. Los rivales atacaron con fuerza arrolladora y empataron. Violeta miró su reloj y luego a Akane.
—¿Ya está hecho? —preguntó Violeta.
—Mis muchachos ya la tienen acorralada. —respondió Akane, revisando su celular—. No va a pasar de cinco minutos.
En la calle, el segundo secuestrador rompió la ventana del copiloto del auto. Abrió la puerta y jaló a Marcella, llevándola hacia la camioneta.
—¡Oliver! ¡Auxilio! —gritó Marcella, forcejeando mientras la introducían a la fuerza en la camioneta.
—Cállate la boca si quieres seguir viva. —le ordenó el chofer, arrancando a toda velocidad.
Mientras el vehículo huía, en la cancha el contrincante anotaba de nuevo, pero Oliver respondía.
Hizo el segundo gol tras un tiro de esquina y el tercero con un remate de cabeza. El marcador se ponía tres a tres, pero Oliver no sabía que, en ese mismo instante, su vida entera acababa de cambiar para siempre.
—La tenemos. —susurró Akane apagando el celular.
—Vámonos, este juego de futbol se perdió. —anuncio Violeta—. Ahora tengo un hombre que ganar.
Oliver no celebró el hat-trick cuando sonó el silbatazo final, pero al costado del estadio ya se encontraba Marcella, raptada.
Violeta subió a la camioneta, observó a Marcella aterrorizada y sonrió con desprecio.
—Dile adiós a tu futbolista, zorra.
