Capítulo 3 El Intercambio
El Espartano había perdido seis a tres. Oliver caminó hacia los vestidores derrotado, pero con la mente puesta en el beso con Violeta.
Al entrar, vio su teléfono sobre la banca. Tenía doce llamadas perdidas de Enrique Mondragón.
Marcó de inmediato mientras sus compañeros se metían a las regaderas.
—¿Dónde estás, Oliver? —la voz de Mondragón sonó alterada—. Marcella no regresó a casa. Encontraron su auto abandonado muy cerca del estadio. ¡Dime qué le hiciste!
Oliver sintió que el cuerpo se le congelaba.
—¿De qué habla, señor? Marcella venía a verme jugar. No la vi antes ni después del juego.
—¿Si esto es una de tus estupideces por dinero? Te juro que te voy a hundir —le sentenció antes de colgar.
Oliver arrojó el teléfono contra la pared del camerino, maldiciendo en voz alta. Salió corriendo hacia el estacionamiento, todavía con el uniforme puesto. No sabía a dónde ir ni a quién acudir.
Fue entonces cuando vio la camioneta de Violeta estacionada cerca de la salida principal. La ventanilla trasera bajó despacio.
—Te ves terrible, Oliver —dijo Violeta, mirándolo con calma y sonriendo por dentro—. Súbete. Estás llamando la atención de los aficionados.
Oliver no lo pensó dos veces. Abrió y se sentó a su lado, respirando desesperado.
—Marcella esta desaparecida—dijo de inmediato, mirándola con los ojos desorbitados—. Su padre me llamó. Necesito que me ayude, usted debe tener contactos de gente poderosa. Pídame el contrato que quiera, me quedo en el club toda la vida, pero ayúdeme a encontrarla.
Violeta extendió su mano y le acarició la nuca con suavidad, delineando el cabello húmedo del joven.
—Te lo advertí ayer, Oliver. El mundo del fútbol es peligroso y el padre de tu novia tiene enemigos muy pesados en la liga. Pero no te preocupes, yo puedo mover a mis contactos y tener la ubicación de Marcella antes de que termine la semana.
—¿Qué quiere a cambio? —preguntó él, intuyendo la trampa—. Estoy dispuesto a todo para recuperarla.
Violeta se acomodó la falda y lo observó con deseo.
—Oliver. Ya te lo dije en el auto. ¡Quiero que seas mío! Que estés en mi cama cada vez que te llame y que dejes atrás ese orgullo.
Oliver no respondía, y ella continuo.
—¡Si aceptas ser mi compañero bajo mis reglas! Te devuelvo a Marcella viva y sana. Además, contrataré a los mejores jugadores del país para que dejes de sufrir humillaciones en la cancha. ¿Tenemos un trato o prefieres buscarla tú solo?
Oliver miró el rostro de Violeta, dándose cuenta de que estaba acorralado. La vida de la mujer que amaba dependía de su respuesta.
—Está bien —respondió Oliver, tragándose la humillación—. Acepto. Pero quiero verla sana antes del próximo partido y solo cumpliré con mi palabra después de que la recupere.
—Cumpliré mi palabra —sonrió Violeta, dándole un beso corto en la mejilla—. Ahora ve a cambiarte. Mañana llegaran las nuevas incorporaciones. ¡Tu nueva vida empieza ahora!
A los días, las cosas en el Espartano CF cambiaron por completo. Akane caminaba por las bodegas del club supervisando las cajas de balones nuevos. Con una navaja, abrió uno de los balones, observando un paquete sellado de polvo blanco con el sello de la Reina del Golfo.
—¡Este es el negocio real, Violeta! —dijo Akane cuando Violeta entró a la bodega—. Moveremos toneladas de mercancía usando los viajes del club por toda América. Los antinarcóticos están buscando caletas en los camiones, no balones de futbol.
—Me parece perfecto —respondió Violeta, mirando las cajas—. ¿Cómo va lo de la Marcella?
—Está bien cuidada. —contestó Akane guardando la navaja—. No sospecha nada. Cree que son enemigos de su padre. ¿Crees que Oliver cumplirá con su parte?
—¡Debe hacerlo! —afirmó Violeta con una sonrisa de satisfacción—. El miedo la mantiene viva y a él lo mantendré en mi cama.
Pasaron las semanas y el Espartano CF comenzó una racha histórica de victorias. Con los nuevos refuerzos, el equipo avanzó directo hacia las finales de la liga. Oliver anotaba en cada encuentro, pero su semblante era cada vez más sombrío.
—Aquí me tienes. —le susurró Oliver acariciándola.
—¡Anhelaba tu visita, Oliver!
Pasaron a la recamara sin más previos.
—¿Dónde está Marcella? —le dijo Oliver devorándola sin pudor.
—Los secuestradores pidieron una fuerte suma de dinero. —le dijo gimiendo, mientras lo montaba—. Antes de la final la soltaran. —exclamó sintiendo la polla de Oliver dura dentro de ella.
—Solo por esta vez acepté venir contigo. —le dijo Oliver antes de derramarse sobre ella.
—Lo se y por eso recibirás un premio. —le dijo introduciéndose la polla a la boca—. Ahora derrámate sobre mí.
Tres días después, Violeta citó a Oliver en un hotel privado a las afueras de la ciudad. Al entrar a la habitación, Oliver la observó. Sentada en un sillón, pálida pero ilesa, estaba Marcella.
—¡Oliver! —gritó Marcella levantándose para correr a sus brazos.
Oliver la abrazó con fuerza, sintiendo las lágrimas en su cuello.
—¿Te encuentras bien? —decía Oliver, acariciándole la espalda.
Violeta observaba la escena desde la puerta, con una expresión de rechazo.
—Cumplí mi parte del trato, Oliver —interrumpió Violeta—. Ahora es momento que cumplas el tuyo, su padre ya viene en camino para llevársela.
Marcella se apartó de Oliver y volteó a ver a Violeta. Al escucharla hablar, cambió por completo.
—¡Es ella! —dijo Marcella, señalando a Violeta—. ¡Oliver! Ella es la mujer que daba las órdenes donde me tenían secuestrada.
Oliver se quedó estupefacto. Volteó a ver a Violeta, buscando la mentira en sus ojos, y encontró la fría mirada de la Reina del Golfo.
—¿Es verdad? —preguntó Oliver, acercándose a Violeta con los puños cerrados—. ¿Tú la secuestraste? ¡Contéstame!
—Hice lo que tenía que hacer para tenerte conmigo, Oliver —respondió Violeta sin arrepentimiento—. Y mírate ahora, eres el mejor delantero del país gracias a mí.
—¡Eres una enferma! —escupió Oliver con asco. Tomó a Marcella de la mano y caminó hacia la salida.
—¿Si cruzas esa puerta? Te destruyo la carrera y la vida, Oliver —sentenció Violeta en voz alta.
Oliver no se detuvo, llevando a Marcella hasta su auto. Sin embargo, al llegar al estacionamiento, Marcella lo soltó.
—No puedo estar contigo, Oliver —dijo ella, llorando—. Seguramente te revolcaste con esa perra, mientras yo estaba encerrada. Mi padre tiene razón, lo nuestro es imposible.
Marcella subió al auto de su padre que llegó a recogerla, dejando a Oliver solo en el estacionamiento.
Lleno de rabia incontrolable, Oliver regresó a su residencia. Encontró uno de los balones en la sala. Con un grito de frustración, le dio una patada demoledora. El esférico impactó contra la pared y reventó, esparciendo un ladrillo de cocaína por toda la alfombra.
Oliver se agachó, tomó el paquete con plástico transparente y leyó la etiqueta: “La Reina del Golfo”. Una sonrisa pecaminosa apareció en el rostro de Oliver. Ahora entendía todo el juego.
—Ahora lo entiendo. Vas a pagar, Violeta. —dijo recogiendo los restos de la droga.
Violeta regresó a su mansión, ya la esperaban.
—¡Por fin regresas! —exclamó la voz varonil.
—No estoy de humor, Leonard —respondió de mala gana, dirigiéndose directo al bar.
Leonard la tomó por la cintura y le acarició los pechos desde atrás sonriendo cínicamente.
—No vine a ver tu humor, Reina. Vine a cobrar mi pago del secuestro.
