Capítulo 4 Rompiendo la Estrategia
Violeta guardó silencio apenas nos segundos antes de liberarse de las manos de Leonard sobre ella.
—El pago esta en la cuenta del extranjero como acordamos. —le dijo derramándole el vaso con ginebra en la cara—. ¡Hasta que no saques de mi camino a Marcella! No estaré satisfecha con tu trabajo. Ahora lárgate de mí vista.
Leonard se quedo inmóvil, no sabia lo cruel que podría ser Violeta. Se limpio el rostro y abandono la mansión sin mencionar una sola palabra.
Horas más tarde.
—Ese maldito infeliz me dejó sola en el hotel —le dijo Violeta a Akane, caminando sin sosiego—. Rompió su palabra, no le importó mi dinero, ni mi poder. Nadie me deja plantada, Akane. ¡Nadie!
Akane no se sintió asombrada.
—Te lo advertí, Violeta. Oliver es demasiado orgulloso. —la reprendió Akane—. ¿Qué piensas hacer ahora? Las finales estatales están a la vuelta de la esquina y él es nuestro mejor elemento en la cancha.
—No me importa el torneo, ni me interesan las ganancias de esta maldita liga —sentenció la Reina del Golfo, arrojando el cigarrillo contra la alfombra—. A partir de hoy, Oliver no vuelve a tocar un balón. Compra a los rivales, ofréceles los millones que quieran para que destruyan al Espartano en la cancha. Quiero a Oliver y al club hundidos.
—¿Y qué hacemos con Oliver? —preguntó Akane, enviando mensajes—. El entrenador lo tiene de titular.
Violeta lo analizó y tras un suspiro de amor y odio ella le respondió severamente.
—Diles a los defensas del equipo contrario que tienen luz verde. Quiero que lo saquen del juego. Que no pueda volver a patear un balón de futbol por meses.
—Eres una enferma, Violeta. —le dijo Akane acatando sus órdenes.
—Si, ¡una maldita enferma de amor por Oliver!
Tres días después, en el partido de cuartos de final contra los Toros de la Costa, la orden se cumplió. Corría el minuto veinte cuando Oliver recibió un pase en medio campo.
Antes de acomodarse, dos defensas contrarios se le fueron encima con las botas por delante, directo a las piernas.
La rodilla de Oliver cedió, se escuchó en la banca de suplentes. El delantero cayó al césped, devorado por el dolor físico, mientras el árbitro apenas sacaba una tarjeta amarilla.
Violeta bajó a los vestidores una hora después, encontrando a Oliver con una bolsa de hielo amarrada a la pierna.
—Vaya, miren quién es el héroe del año —se burló Violeta, parándose frente a la camilla—. Ligamentos rotos, estarás fuera de las canchas por lo menos seis meses. ¿Qué piensas hacer ahora con tu vida, Oliver? No podrás jugar más.
Oliver conteniendo la rabia que le subía por el pecho, supo que eran ordenes de Violeta. En su mente daban vueltas las imágenes del balón con la droga que había descubierto, pero decidió callar.
—Esto es obra tuya, Violeta —dijo Oliver, sosteniendo el hielo en su rodilla—. Compraste el partido. Tus jugadores ni siquiera me defendieron.
—Tú rompiste nuestro trato —le recordó, inclinándose para quedar labio contra labio—. Me rechazaste. Ahora asume las consecuencias. ¿Sin mí? No eres más que un perdedor.
Violeta lo dejó y se dirigió a su mansión, Leonard ya la esperaba nuevamente.
—¿Por qué me enviaste a llamar? —preguntó Leonard a la defensiva.
—Quiero que destruyas a Oliver, quiero verlo sufrir hasta que regrese a suplicarme.
—Que gustos tan raros tienes, Violeta. —le respondió Leonard escupiendo al suelo.
—Quizás, pero es lo que me gusta. —murmuró Violeta saboreándose los labios—. Ahora sígueme. Quiero que me cojas, hazme olvidar por un instante a Oliver.
Oliver obligado a usar muletas, llamó constantemente a Marcella. Para obtener una respuesta.
—Ya no me busques, Oliver —le dijo Marcella llorando con desilusión—. Te revolcabas con esa perra mientras yo estaba secuestrada. Mi padre ya arregló todo con la familia de Leonard, lo nuestro se terminó.
—¡Marcella, te lo juro por mi vida, lo hice para salvarte! —suplicó Oliver, pero la llamada ya se había cortado.
Desesperado y adolorido, Oliver días después decidió salir a caminar cerca de los suburbios. Quería despejar la mente, pero mientras caminaba por uno de los restaurantes. Marcella salía del brazo de Leonard Ceballos. Al ver a Oliver en muletas, Ceballos se detuvo y se burló sin soltar a Marcella, mientras ella aguantaba la vergüenza.
—Miren lo que dejó el Espartano CF —insulto Ceballos, interponiéndose en el camino—. Un jugador de segunda categoría y ahora inservible. Deja de seguir a mi prometida, ¡muerto de hambre!
Oliver no midió el dolor de su pierna, dejó caer una de las muletas y le acertó un puñetazo a Ceballos, haciéndolo retroceder. Ceballos reaccionó de inmediato con furia, tirándose encima de Oliver.
La pelea se convirtió en un escándalo público. Oliver terminó llevando la peor parte. Quedó tirado en el pavimento, con el labio partido y la rodilla sangrando de nuevo. Ceballos se limpió la ropa, tomó a Marcella del brazo y se alejó antes de que llegara la seguridad.
Marcella se soltó por un segundo y corrió hacia Oliver, arrodillándose a su lado en el suelo.
—¡Te amo, Oliver! ¡Solo quería que esto no sucediera así! —le gritó con lágrimas corriendo por sus mejillas—. Pero ya no hay marcha atrás, me voy a casar con Leonard al final del torneo. Olvídate de mí.
Oliver se quedó con el corazón roto y una idea fija en la cabeza: venganza absoluta.
Esa misma noche, Oliver llegó a la mansión de Violeta. Entró a la sala arrastrando el paso, con la playera rota del pleito y la mirada en la mujer que tomaba ginebra vistiendo provocativamente.
—Quiero volver al equipo, Violeta —dijo Oliver sin rodeos, plantándose frente a ella—. Acepto tus condiciones, me casaré contigo. Seré tu esposo, tu amante, lo que me pidas.
Violeta se levantó despacio, mirándolo con sorpresa y el placer pervertido. Mojando su dedo índice con la ginebra le rozo el labio partido.
—¿Qué te hizo cambiar de opinión, mi amor? ¿El golpe de Ceballos o la boda de tu exnovia?
—Entendí que en este mundo solo el poder importa —mintió Oliver, fingiendo una sumisión total—. Quiero los lujos que me prometiste, quiero que destruyamos a la otra liga para convertirme en jugador de elite.
Violeta lo besó felizmente, orgullosa de ver a Oliver finalmente rendido a sus pies. Lo abrazó por el cuello, sin imaginar que detrás de los ojos tranquilos de Oliver se escondía una estrategia letal: Venganza, pero el amor suele traicionar.
—¿Qué haces? —le preguntó Oliver tras verla de rodillas.
—Una felación. ¿No lo deseas?
—¡Hazlo!
Mientras tanto, en la parte trasera de las bodegas del estadio, las luces permanecían encendidas. Ahí estaba Akane, sola, con los balones del equipo cortados a la mitad sobre la mesa. Akane extraía paquetes de billetes ocultos en los fondos de los balones.
La cámara de un teléfono se asomó por la rendija de la puerta y tomó varias fotografías y se escuchó el balbuceo de una voz desconocida.
—Por fin encontré el secreto para hundir a este club. El juego cambió a mi favor.
Akane escucho un pequeño ruido y preguntó con incertidumbre:
—Violeta, ¿eres tú?
