Capítulo 1 El contrato

El contrato

El edificio de Grupo Montenegro no parecía un lugar donde se escondieran cadáveres. Cristales altos, mármol frío, un silencio tan caro que Renata sintió que debía bajar la voz aunque nadie le hubiera pedido nada.

Llevaba el currículum en una carpeta negra y las manos un poco húmedas. Había revisado la oferta tres veces. Regularización de cuentas. Empresa consolidada. Confidencialidad absoluta. El sueldo era demasiado bueno para una contadora que llevaba ocho meses enviando postulaciones que nadie contestaba.

El ascensor olió a madera y a algo más oscuro, un rastro de colonia que se le quedó pegado a la garganta. Cuando las puertas se abrieron en el piso 28, una mujer de voz neutra la condujo por un pasillo de puertas cerradas. Ninguna placa tenía nombre. Solo números.

—El señor Montenegro la espera —dijo, y se retiró sin sonreír.

Renata respiró hondo. Empujó la puerta.

El despacho era amplio y casi vacío. Una mesa de madera oscura. Dos sillones. Una pared de ventanales que devolvía Santiago como si la ciudad le perteneciera. Y él.

Dante Montenegro no se levantó de inmediato. Estaba de pie junto al cristal, de espaldas, con las manos en los bolsillos del saco. Camisa blanca sin corbata. El cabello oscuro peinado hacia atrás con una negligencia calculada. Cuando se volvió, Renata entendió por qué las fotos de prensa no alcanzaban.

No era solo el rostro. Era la forma en que la miró: como si ya hubiera leído cada línea de su vida y estuviera decidiendo cuál dejar visible.

—Señorita Reyes —dijo. La voz era grave, sin prisa—. Siéntese.

Ella obedeció. El cuero del sillón crujió bajo su falda. Cruzó las piernas y sintió que el gesto lo registraba todo: el borde de la media, el movimiento de la tela, el pulso que se le había subido al cuello.

Él se sentó frente a ella. No abrió la carpeta que Renata había dejado sobre la mesa. Ni siquiera la miró.

—Usted viene a poner orden —dijo—. Eso es lo que dice su perfil.

—Sí. Tengo experiencia en auditorías internas y en regularización tributaria. Puedo…

—Lo sé.

Dos palabras. Renata cerró la boca. Él no sonrió.

—He leído su historial. Universidad. Estudios de posgrado. Tres empresas anteriores. Una salida un poco… abrupta en la última.

El aire se le quedó quieto en el pecho. Aquella salida no estaba en ningún currículum público. Había firmado un acuerdo de confidencialidad. Había creído que el asunto había muerto.

—Fue un desacuerdo profesional —dijo ella, con cuidado.

—Por supuesto.

Dante inclinó apenas la cabeza. Los ojos, de un color que no se decidía entre el café y el verde oscuro, no parpadeaban.

—Aquí no hay desacuerdos profesionales, Renata. Hay resultados. O hay consecuencias.

El uso de su nombre de pila cayó entre los dos como una mano en la nuca. Ella no lo había autorizado. Él lo había tomado.

—Entiendo —susurró.

—No. Todavía no.

Se levantó. Dio la vuelta a la mesa con esa calma de quien nunca tiene que apurarse. Se detuvo a un lado de su sillón, lo bastante cerca para que ella percibiera el calor de su cuerpo y el olor limpio, caro, casi metálico de su piel.

—Las cuentas de este grupo no están sucias —dijo en voz baja—. Están… vivas. Se mueven. Cambian de forma. Usted va a aprender a no asustarse cuando un número no coincida a la primera.

Renata alzó la mirada. Desde esa distancia podía ver la sombra de barba, la línea de la mandíbula, el modo en que la camisa se tensaba en el hombro.

—¿Y si coinciden demasiado? —preguntó.

Por primera vez, algo se le movió en la comisura de la boca. No era una sonrisa. Era el reconocimiento de que ella acababa de dar un paso que no debía.

—Entonces me avisa a mí. Solo a mí.

El silencio se alargó. Afuera, el sol de la tarde golpeaba los cristales y convertía el despacho en una caja de luz dorada y peligrosa. Renata sintió el sudor fino en la nuca, el roce de la blusa contra los pechos, la conciencia absurda de que él podía oírle tragar.

—El contrato es por seis meses —continuó él—. Renovable. Horario flexible. Despacho propio en este mismo piso. Nadie entra sin mi autorización. Usted no habla con periodistas, con auditores externos ni con su familia sobre lo que vea aquí.

—No tengo familia en Santiago.

—Lo sé.

Otra vez. Esa frase. Como si ya hubiera abierto cajones que ella creía cerrados.

Dante extendió un documento. Hojas gruesas, firma al final. Renata leyó lo esencial: confidencialidad perpetua, cláusula de no competencia, una compensación que le tembló un segundo en los dedos. Al final, una línea manuscrita:

Cualquier irregularidad se reporta exclusivamente al firmante.

Él le ofreció el bolígrafo. Los dedos de Dante rozaron los de ella. Un contacto mínimo, seco, que le recorrió el brazo como si le hubiera tocado la boca.

Firmó.

Cuando levantó la vista, él seguía demasiado cerca.

—Bienvenida a Grupo Montenegro, Renata.

No le dio la mano. Le sostuvo la mirada un segundo más de lo correcto, lo bastante para que ella sintiera el peso de esa decisión: acababa de entrar en un lugar del que no se salía igual.

—Mañana a las ocho —dijo él—. Traiga ropa cómoda. Vamos a estar muchas horas juntos.

Renata salió del despacho con las piernas un poco inestables y el contrato apretado contra el pecho. En el ascensor, el olor de él todavía le colgaba de la ropa.

No sabía todavía que Dante Montenegro había leído su expediente completo tres semanas antes de que ella enviara el currículum.

No sabía que la irregularidad más peligrosa de todas no estaba en los libros.

Estaba en ella.

Y él ya había decidido qué hacer con eso.

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