Capítulo 4 Capitulo 4
Tres firmas
El auto no aminoró. Santiago se deslizaba al otro lado del vidrio como una película que ya no le pertenecía. Renata seguía con el teléfono en la mano, la pantalla iluminada sobre las rodillas. La foto era nítida. Se veía el borde de la copa de vino, el perfil de Dante de espaldas, su propia nuca inclinada. Alguien había estado en el edificio de enfrente, en un piso alto, con un lente largo y paciencia.
El conductor no habló. El cristal que los separaba estaba levantado. Renata sintió el impulso de bajarlo y exigir que la dejaran en la esquina, de abrir la puerta en un semáforo en rojo y echar a correr. El bolso le pesaba en el regazo. Dentro, el cuaderno. Dentro, la verdad a medias que había escrito con letra pequeña.
El teléfono vibró otra vez.
Misma línea. Sin número.
No mires atrás. Baja en la próxima.
Renata levantó la vista. El auto estaba por entrar a una avenida ancha. El semáforo adelante cambió a ámbar. El conductor no aceleró. Ella desbloqueó la pantalla con el pulgar tembloroso y escribió, sin pensarlo demasiado:
¿Quién eres?
Enviado.
El mensaje quedó en un solo check. No llegó. O alguien lo interceptó antes de que saliera del dispositivo. Renata lo supo porque, al segundo, el teléfono se calentó en su palma y la pantalla se apagó sola. Cuando volvió a encenderse, la conversación había desaparecido. No había rastro en el historial. Solo el wallpaper de siempre: una foto desenfocada de la cordillera que ella había tomado hacía años, cuando todavía creía que los números eran limpios.
El auto se detuvo en el semáforo.
Renata no bajó.
El conductor tampoco abrió el cristal. Solo se escuchó, a través del intercomunicador, una voz baja que no era la de Dante:
—Señora Reyes, el señor Montenegro pidió que la llevemos directo. Si abre la puerta, nos obliga a detenernos.
No era una amenaza. Era un hecho. Renata apoyó la frente en el vidrio frío. Afuera, una pareja cruzaba de la mano. La mujer reía. El hombre le decía algo al oído. Ella no podía oírlo. Solo veía el gesto: la inclinación, la confianza, el modo en que el cuerpo de ella se relajaba contra el de él sin miedo a que alguien los fotografiara desde un edificio.
El semáforo cambió. El auto arrancó.
Cuando llegaron a su edificio, el conductor no la dejó en la entrada principal. Dobló por el costado y se detuvo junto a la puerta de servicio, la que usaban los de delivery y los de la limpieza. Renata bajó sin que nadie le abriera la puerta. El aire de la noche le pegó en la cara. Olía a basura reciente y a cloro. Subió las escaleras de servicio hasta el cuarto piso porque el ascensor le pareció demasiado visible. En el pasillo de su departamento no había nadie. La luz del sensor se encendió tarde. Ella metió la llave con las dos manos.
Adentro, todo estaba como lo había dejado: la cama sin tender, una taza en el lavaplatos, la persiana a medio bajar. Renata dejó el bolso en la mesa y se quedó de pie en medio de la sala, respirando. El teléfono, en el bolsillo, no volvió a vibrar. Lo sacó. Lo puso en modo avión. Lo dejó boca abajo sobre el sofá.
Se quitó los zapatos. Los dejó tirados. Se sirvió agua del grifo y la bebió de pie, junto al fregadero, mirando su propio reflejo en la ventana oscura. Tenía el rímel corrido en un ojo. La boca, todavía oscura del vino. Se tocó el cuello. La piel estaba caliente. El lugar donde Dante no la había besado le ardía más que si lo hubiera hecho.
Pensó en llamar a alguien. No tenía a quién. Su madre estaba en el sur, en un pueblo donde la señal era mala y las preguntas, peores. Sus amigas de la universidad se habían ido distanciando desde la salida abrupta. Una de ellas le había escrito, meses atrás, preguntando si estaba bien. Renata no contestó. Ahora se arrepentía. No del silencio. Del no haber dejado un número de emergencia que no estuviera en su expediente.
Se duchó con el agua demasiado caliente. El vapor le empañó el espejo. Cuando salió, envuelta en la toalla, el departamento seguía en silencio. Se puso una camiseta vieja y un short. Se sentó en la cama con el cuaderno abierto sobre las rodillas. No escribió. Solo miró la línea que había dejado la noche anterior.
Sabe quién soy. Yo todavía no sé qué soy para él.
Debajo, con la misma letra pequeña, añadió:
Alguien más también lo sabe.
Cerró el cuaderno. Lo metió debajo del colchón, en el lado que no usaba. Apagó la luz. Se quedó boca arriba, con los ojos abiertos, escuchando el edificio: una puerta que se cerraba en el piso de arriba, el ascensor que bajaba, el rumor lejano de la avenida. A las dos de la mañana el teléfono, todavía en modo avión, se calentó solo. Renata lo tomó. La pantalla se había encendido sin que ella lo tocara. No había mensajes. Solo un archivo nuevo en la galería: la misma foto del comedor, ahora con un recuadro rojo alrededor de su cara y una frase escrita a mano sobre la imagen, en letra que no era la suya:
Él no puede protegerte de lo que ya firmaste.
Renata apagó el teléfono. Lo dejó en el piso, lejos de la cama. No durmió. Cada vez que cerraba los ojos veía la camioneta de la que Dante no le había hablado, los tres hombres del pasillo, el filo de la ceja mal cerrada. Y, debajo de todo eso, el aliento de él en la sien, la voz que le había dicho que podía enviarla a una celda con una llamada y que, aun así, había preferido invitarla a cenar.
A las seis y media se levantó. Se vistió de negro otra vez. Se recogió el pelo. Se pintó la boca con un color más oscuro del que solía usar. No era para él. Era para que la cara que le devolviera el espejo del ascensor no pareciera la de una mujer que había pasado la noche esperando un mensaje que no quería recibir.
Llegó al edificio a las siete y cincuenta. El ascensor privado la subió sin detenerse. En el piso 28 no había hombres en el pasillo. La puerta de Dante estaba abierta. Él estaba de pie junto al ventanal, de espaldas, con el teléfono en la oreja. No se volvió cuando ella pasó. Renata entró a su despacho. Encendió el computador. El sistema le pedía una clave nueva. La cambió. Trabajó. Los números de Valparaíso seguían ahí, limpios sobre el papel, sucios en la memoria.
A las nueve él entró sin tocar. Traía dos vasos de café. Dejó uno junto a su teclado. No preguntó si había dormido. Se quedó de pie, mirando la pantalla por encima de su hombro. El olor de él le llenó la nuca. Renata no se movió. Si se movía, lo rozaba. Si se quedaba, sentía el peso de la noche anterior entre los dos.
—El auto llegó a tiempo —dijo él, en voz baja.
—Sí.
—¿Alguien le habló?
Renata alzó la vista. Él ya la estaba mirando. No había cansancio en su cara. Había otra cosa: una atención más afilada, como si hubiera pasado la noche contando algo que no cerraba.
—El conductor.
—¿Solo él?
Ella sostuvo la mirada. Pensó en la foto. En el mensaje. En la frase escrita sobre su cara. Pensó en mentir. El cuerpo se lo impidió. El pulso se le había ido a la garganta otra vez.
—Me llegó un mensaje. Anoche. Con una foto.
Dante no parpadeó. Apoyó una mano en el respaldo de su silla. Los dedos quedaron a un centímetro de su hombro.
—Muéstremelo.
—Ya no está. El teléfono se apagó. La conversación desapareció.
Él asintió, como si eso confirmara algo que ya sabía.
—No conteste más. Si vuelve a escribir, me lo trae. No lo borre. No lo bloquee. Solo me lo trae.
—¿Quién es?
Dante se inclinó. La voz le rozó el oído. Esta vez sí hubo contacto: el roce breve de su mandíbula contra el cabello de ella, tan leve que pudo haber sido un accidente. No lo fue.
—Alguien que cree que usted todavía puede elegir de qué lado está.
Renata cerró los ojos un segundo. El café olía fuerte. El calor de él, más.
—¿Y de qué lado estoy?
Él no contestó enseguida. Se enderezó. Caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.
—Hoy no sale a almorzar. Hoy no sale a ninguna hora. Si necesita algo, me lo pide. Si alguien le habla en el pasillo, no contesta. Si el teléfono vuelve a encenderse solo, me lo trae.
—Dante.
Él se volvió.
Renata se levantó. La silla rozó la alfombra. Quedaron a tres pasos. Ella no se acercó más. Él tampoco.
—Anoche me dijeron que baje del auto. No lo hice. Quiero saber si eso fue una prueba o un error.
Dante la miró un instante largo. Algo se le movió en la comisura de la boca. No era una sonrisa. Era el reconocimiento de que ella acababa de dar otro paso que no debía.
—Fue una decisión —dijo—. Igual que la mía.
Salió. La puerta quedó entreabierta. Renata se quedó de pie, con las manos en los costados, sintiendo todavía el roce de su mandíbula en el cabello. Afuera, en el pasillo, se escuchó el rumor de una voz que no era la de él. Luego, silencio. Luego, el clic de otra puerta que se cerraba.
Ella volvió a sentarse. Abrió el archivo de Valparaíso. Los números seguían ahí, perfectos, mentirosos. Debajo de la mesa, el teléfono, en el bolso, vibró una sola vez. Renata no lo sacó. No todavía. Se quedó mirando la pantalla, con el corazón en la garganta y la certeza, por fin nítida, de que el contrato que había firmado ya no tenía dos firmas.
Tenía tres.
Y una de ellas acababa de decidir, en voz baja y sin prisa, que ella no iba a salir del piso 28 hasta que esa tercera firma dejara de existir.
