Capítulo 5

Punto de vista de Emilia

Me quedé contemplando al Alfa Sebastian, demasiado sorprendida para apartar los ojos y demasiado aliviada por aquel silencio repentino para recordar que debía temerlo.

Él sostuvo mi mirada.

Algo fugaz alteró su expresión. ¿Sorpresa, tal vez? Entrecerró ligeramente los ojos y me estudió con una intensidad que debería haberme incomodado, pero que parecía casi... voraz.

El silencio se prolongó entre nosotros, cargado de algo que no sabía nombrar.

¿Por qué no llora?, capté vagamente desde la puerta. Era la encargada. ¿Por qué no intenta huir?

¿Por qué no lo hacía?

Tal vez porque, después de soportar durante horas las voces que gritaban en mi cabeza, un hombre capaz de ofrecerme silencio se parecía menos a un monstruo que a una salvación.

O quizá porque, pese a todo cuanto había oído sobre Sebastian Simons —su violencia, sus esposas muertas, su crueldad—, no había crueldad en la forma en que me observaba.

Había posesión.

Atención absoluta.

Como si hubiera esperado toda la vida a que yo cruzara aquella puerta.

—Siéntate —ordenó al fin.

Su voz grave provocó un estremecimiento involuntario a lo largo de mi espalda.

Me senté.

No apartó los ojos de mí. Al contrario, su atención pareció intensificarse y siguió cada uno de mis movimientos mientras ocupaba la silla situada frente a él.

¿Por qué la mira de esa manera? A las demás apenas les dedicó unos segundos. ¿Qué tiene de especial esa chica sin loba?

Yo me preguntaba exactamente lo mismo.

Sebastian se reclinó un poco y entrelazó los dedos bajo la barbilla.

—No tienes miedo.

No era una pregunta, sino una observación teñida de algo parecido a la curiosidad.

—¿Debería tenerlo?

Una insinuación de sonrisa apareció en sus labios.

—Todas las demás lo tenían.

—Quizá las demás tenían algo que perder. Yo no.

Mi respuesta pareció despertar su interés. Inclinó ligeramente la cabeza sin dejar de observarme.

El silencio entre nosotros cambió. Se volvió denso, vibrante.

Debería haber estado aterrada. Aquel era el hombre que había enterrado a seis esposas. El Alfa de temperamento legendario cuya crueldad se comentaba en distintas manadas.

Sin embargo, solo sentía una calma extraña y vertiginosa.

Mientras permaneciera allí, cerca de él, mi mente estaría en paz.

El caos no podía alcanzarme.

—Tengo que hacerte una pregunta —dijo por fin—. La misma que he planteado a todas las mujeres que han entrado hoy en esta habitación.

—De acuerdo.

—¿Cuántas veces me he casado?

—Seis.

No era ningún secreto. Toda la comunidad sobrenatural conocía su historia.

—¿Y crees —continuó, adoptando un tono más peligroso— que un hombre incapaz de mantener un matrimonio está capacitado para dirigir una empresa valorada en miles de millones?

Ah.

Aquella era la pregunta que había hecho llorar a las otras candidatas.

Una trampa.

Si respondía que no, lo llamaría incompetente. Si decía que sí, parecería restar importancia a seis matrimonios fracasados.

No había una respuesta segura.

Pero llevaba toda la vida sorteando trampas tendidas por personas que deseaban verme fracasar.

—Por supuesto que sí —contesté con serenidad—. Las relaciones personales no determinan la capacidad profesional. Algunos de los directores ejecutivos más exitosos de la historia tuvieron vidas privadas desastrosas. No existe ninguna relación entre ambas cosas.

Silencio.

La expresión de Sebastian cambió. La sorpresa dio paso a algo más oscuro, casi satisfecho. Una leve sonrisa ladeada apareció en la comisura de su boca.

—Una respuesta interesante.

Se inclinó de repente y redujo la distancia entre nosotros.

Ahora podía percibir su aroma: menta y cedro. Limpio, masculino y embriagador.

—Dime, Emilia Taylor —prosiguió con suavidad.

Oír mi nombre en sus labios me provocó otro estremecimiento.

—¿Por qué no debería casarme contigo?

Mi mente se quedó en blanco.

—Yo... ¿qué?

—Me has oído. —En sus ojos brilló una diversión oscura—. Dame una buena razón para no elegirte ahora mismo como mi séptima esposa.

Una razón.

Quería que le explicara por qué no debía casarse conmigo.

Mis ideas se dispersaron.

Aquel era el momento que determinaría si saldría de allí convertida en la séptima esposa de Sebastian Simons o si sería otra candidata rechazada.

La paz que su presencia imponía en mi cabeza, aquel silencio bendito y misericordioso, hacía casi imposible pensar con claridad.

Casi.

—Porque no tengo la menor intención de morir por ti.

Sus cejas se alzaron apenas.

—¿Perdón?

Me incliné hacia delante, imitando su postura.

—Seis esposas, Alfa Sebastian. Seis. Según todos los rumores, todas las historias susurradas y cada titular sensacionalista, están muertas o desaparecidas. Si buscas una séptima esposa dispuesta a seguir el mismo camino, no deberías elegirme. Pienso ser extraordinariamente difícil de matar.

La estancia quedó inmóvil durante un latido.

Entonces Sebastian Simons echó la cabeza hacia atrás y se rio.

No fue una risa cortés ni un bufido sarcástico, sino una carcajada auténtica que transformó sus facciones. Las líneas severas de su rostro se suavizaron y la frialdad de sus ojos dio paso a algo casi humano.

—Tú —dijo sin dejar de sonreír— eres la mujer más valiente que he conocido o la más insensata.

—¿No puedo ser ambas cosas?

Su sonrisa adquirió un matiz feroz.

—Dime, señorita Taylor. ¿Por qué estás tan convencida de que serás diferente?

Porque no puedo oír tus pensamientos, quise responder. Porque eres la única persona de este edificio cuya mente permanece absoluta y maravillosamente en silencio. Porque estar cerca de ti me ha concedido la primera paz que he sentido en días.

Pero no podía revelar nada de aquello.

—Porque, a diferencia de ellas, no he venido en busca de amor, dinero ni posición —contesté—. La manada de mi familia se ahoga en deudas y tú eres la balsa salvavidas hacia la que me han arrojado. Me enviaron como sacrificio. Eso me vuelve pragmática, no desesperada. Y las personas pragmáticas suelen sobrevivir.

Algo cruzó su expresión.

¿Sorpresa?

¿Diversión?

—Pragmática —repitió, saboreando la palabra—. Eso me gusta.

—Puedo ser tu séptima esposa. Y la última.

Se levantó de golpe.

Tuve que alzar la cabeza para sostenerle la mirada. Diosa, era alto. Imponente. De esa clase de hombres cuya mera presencia llenaba una habitación y exigía sumisión.

Pero no bajé los ojos.

—Bien —dijo en un tono bajo y peligroso que me erizó la piel—. ¿Quieres ser mi séptima esposa? Te concederé una oportunidad, aunque solo sea por tu valor. Pero no olvides una cosa: elija a quien elija, no pienso amar a ninguna mujer. Veremos cuánto dura tu confianza.

Se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y me miró por encima del hombro.

—¿Vienes o tengo que mandar a alguien a buscarte en brazos?

Me puse de pie y alisé el dobladillo del vestido con unas manos temblorosas que esperaba que no advirtiera.

—Puedo caminar perfectamente sola, gracias.

—Ya lo veremos.

En cuanto salimos, todas las miradas de la sala se clavaron en nosotros.

—Alfa Sebastian, ¿ha tomado ya una decisión? —preguntó la encargada en voz baja, desconcertada al verlo abandonar tan pronto la habitación.

—Así es. —Sebastian alzó la barbilla y me señaló—. Ella.

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