Capítulo 1 La oferta que no se puede rechazar
La oferta que no se puede rechazar
Antonella Morales entró en la sala de juntas del piso cincuenta y tres como si estuviera caminando hacia su propia ejecución. El cristal que rodeaba la habitación ofrecía una vista impresionante de la ciudad, pero ella solo podía sentir el peso de la carpeta negra que el abogado de Mateo Sandoval le había entregado minutos antes. Dentro de esa carpeta estaba el contrato. El contrato que podría salvar a Sofía… o destruirla a ella por completo.
Se sentó frente al escritorio de ébano. Mateo Sandoval no levantó la vista de inmediato. Seguía firmando documentos con una pluma de oro, como si el destino de una mujer y de una niña enferma no mereciera ni un segundo de su atención. Cuando finalmente alzó la mirada, sus ojos grises la atravesaron con la precisión de un bisturí.
—Siéntate, señorita Morales —dijo con voz baja y controlada—. Ya has leído el documento.
Antonella asintió. Su garganta estaba seca.
—Lo he leído.
—Y aún así estás aquí.
No era una pregunta. Era una constatación. Ella apretó las manos sobre su regazo para ocultar el temblor.
—Mi hermana necesita el trasplante. Los médicos dieron un plazo de seis meses como máximo. No tengo otra forma de conseguir ese dinero.
Mateo inclinó ligeramente la cabeza. El gesto era casi elegante, casi depredador.
—Entonces entendamos las reglas desde el principio. Este no es un empleo convencional. No serás solo mi asistente. Serás mía. En cada sentido que yo decida. En la oficina serás eficiente, discreta y profesional. Fuera de ella… serás lo que yo ordene. Sumisa. Disponible. Obediente. Sin excepciones.
Antonella sintió un calor vergonzoso subir por su cuello. Había leído las cláusulas sexuales. Las había leído tres veces, con el estómago revuelto y el corazón latiéndole con fuerza. Aun así, no se levantó de la silla.
—Entiendo —susurró.
—No. Aún no lo entiendes —corrigió él—. Cuando firmes, me pertenecerás. Tu cuerpo, tu tiempo, tu silencio. Podré tocarte cuando quiera. Usarte cuando quiera. Castigarte si desobedeces. Y tú… tú dirás “sí, señor” cada vez. ¿Lo tienes claro?
Ella cerró los ojos un segundo. Pensó en Sofía. En la cama del hospital. En la forma en que la pequeña le apretaba la mano y le pedía que no llorara.
—Sí, señor —respondió.
Mateo sonrió por primera vez. No era una sonrisa amable.
—Bien. Entonces firmemos.
El abogado le acercó el contrato y una pluma. Antonella firmó página tras página. Cada rúbrica se sentía como si estuviera vendiendo un pedazo de sí misma. Cuando terminó, Mateo tomó el documento, lo revisó con calma y firmó también. El sonido de la pluma sobre el papel fue definitivo.
—A partir de este momento eres mía, Antonella —dijo él, usando su nombre de pila por primera vez—. Levántate.
Ella obedeció. Las piernas le temblaban.
Mateo se puso de pie y rodeó el escritorio con pasos lentos. Era más alto de lo que parecía sentado. Su presencia llenaba el espacio. Se detuvo frente a ella, tan cerca que ella pudo oler su colonia cara y el leve aroma a cigarro cubano que aún se aferraba a su camisa.
—Quítate la blusa.
El comando fue seco, sin adornos. Antonella sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
—Aquí… —balbuceó.
—Aquí. Ahora. El contrato ya está firmado. No hay testigos. Solo tú y yo.
Con dedos torpes, Antonella desabrochó los botones de su blusa blanca. La tela cayó al suelo. Debajo llevaba un sostén sencillo, negro. Mateo la observó sin tocar todavía, evaluándola como si estuviera inspeccionando una adquisición costosa.
—El sostén también.
Ella lo quitó. El aire acondicionado de la oficina le erizó la piel. Se sintió expuesta, vulnerable, y al mismo tiempo… algo más. Algo oscuro y caliente que no quería nombrar.
Mateo extendió una mano y rozó el contorno de su pecho con el dorso de los dedos. El contacto fue ligero, casi clínico, pero ella se estremeció.
—Buenas tetas —comentó con indiferencia—. Sensibles, por lo que veo. Eso será útil.
Luego bajó la mano hasta el cierre de su falda.
—Quítatela.
Antonella obedeció. Quedó solo en bragas y tacones. Mateo dio un paso atrás y la miró de arriba abajo con una expresión imposible de leer.
—Date la vuelta. Apóyate en el escritorio. Manos sobre la madera.
Ella lo hizo. El frío del ébano le subió por las palmas. Escuchó el sonido de su cinturón desabrochándose. El ruido del cuero al deslizarse. Luego el roce de tela. Cuando sintió su cuerpo acercarse por detrás, el corazón le martilleó con violencia.
—Primera lección —murmuró él cerca de su oído—. Cuando te ordene abrirte, te abres. Cuando te ordene quedarte quieta, no te mueves. Y cuando te use… agradeces.
Sus dedos se engancharon en la tela de las bragas y las bajaron hasta las rodillas. Antonella mordió el interior de la mejilla para no hacer ruido. Se sintió completamente abierta, expuesta a la mirada y a la voluntad de un hombre que acababa de comprar su sumisión.
Mateo no la penetró de inmediato. Primero pasó dos dedos entre sus labios, explorando con una calma casi cruel. Antonella se mordió el labio cuando notó que estaba húmeda. Él lo notó también.
—Mira eso —dijo con una nota de satisfacción oscura—. Tu cuerpo ya está respondiendo aunque tu mente todavía esté peleando. Eso me gusta.
Retiró los dedos y los llevó a la boca de ella.
—Chupa.
Antonella abrió los labios y lamió sus propios jugos de los dedos de él. El sabor la hizo cerrar los ojos. Era humillante. Era excitante. Era ambas cosas al mismo tiempo.
Cuando Mateo finalmente se posicionó detrás de ella y empujó hacia adelante, el gemido que escapó de la garganta de Antonella fue bajo y roto. Él era grueso, duro, y no le dio tiempo a adaptarse. Entró de un solo empujón profundo hasta el fondo. Ella se aferró al borde del escritorio mientras él comenzaba a moverse con embestidas firmes y controladas.
—Eres estrecha —gruñó contra su cuello—. Y tan putamente caliente. Vas a ser un buen juguete, Antonella.
Cada embestida la empujaba contra la madera. El sonido de piel contra piel llenó la oficina. Antonella intentó mantenerse en silencio, pero los gemidos se le escapaban. Mateo no era suave. No era tierno. Era posesivo, preciso y completamente centrado en su propio placer… y en el control.
Cuando sintió que ella se acercaba al orgasmo, desaceleró a propósito.
—No —ordenó—. No te corras hasta que yo lo diga.
Antonella gimió de frustración. Él rió bajo, un sonido oscuro.
—Aprende rápido. Tu placer me pertenece ahora. Igual que tu cuerpo. Igual que tu obediencia.
Reinició el ritmo, más duro, más profundo. Una de sus manos se enredó en el cabello de ella y tiró hacia atrás, obligándola a arquear la espalda. La otra mano bajó hasta su clítoris y lo frotó con dedos expertos.
—Ahora —susurró contra su oído—. Córrete para mí.
El orgasmo la golpeó con violencia. Las piernas le flaquearon. Un grito ahogado se le escapó mientras las contracciones la sacudían alrededor de la dureza de él. Mateo gruñó y la siguió segundos después, enterrándose hasta el fondo y derramándose dentro de ella con embestidas profundas y posesivas.
Por un momento solo se escuchó la respiración agitada de ambos. Luego él se retiró con calma, se acomodó la ropa y volvió a abrocharse el cinturón como si nada hubiera ocurrido.
Antonella seguía apoyada en el escritorio, temblando, con las bragas en los tobillos y el semen de él resbalándole por el interior de los muslos.
Mateo recogió su blusa del suelo y se la tendió.
—Vístete. Tienes exactamente quince minutos para arreglarte y presentarte en mi oficina. Hay una reunión en media hora y necesito que estés impecable. A partir de ahora, cada vez que te mire, recordarás a quién le perteneces.
Ella tomó la blusa con manos temblorosas. Cuando se incorporó y se giró hacia él, Mateo ya estaba sentado de nuevo detrás del escritorio, revisando un informe como si no acabara de follarla contra su propia mesa.
—Antonella —dijo sin levantar la vista.
—¿Sí, señor?
—Bienvenida a tu nuevo trabajo.
Ella apretó la blusa contra el pecho y salió de la sala de juntas con las piernas inestables y el corazón latiéndole desbocado. En el pasillo, frente a los ascensores de cristal, se miró un segundo en el reflejo. Los labios hinchados. Las mejillas sonrojadas. Los ojos todavía vidriosos.
Había firmado. Había entregado su cuerpo. Había aceptado ser la sumisa de un hombre que no conocía piedad.
Y lo peor de todo…
una parte oscura y traicionera de ella ya quería más.
