Capítulo 2 Las reglas se escriben con el cuerpo
Las reglas se escriben con el cuerpo
Antonella cerró la puerta del baño ejecutivo con más fuerza de la necesaria. El click del seguro resonó demasiado alto en el silencio impecable del piso cincuenta y tres. Se apoyó contra la madera fría y cerró los ojos. Entre las piernas todavía sentía el semen de Mateo resbalando lentamente, una prueba húmeda y caliente de lo que acababa de ocurrir.
Se miró en el espejo. Los labios hinchados. Las mejillas ardiendo. El cabello desordenado. Parecía una mujer que acababan de usar. Y lo había sido.
Con manos temblorosas se limpió lo mejor que pudo. Se subió las bragas, se abrochó la blusa y se alisó la falda. El reflejo seguía delatándola. Había una marca roja en el cuello donde Mateo le había tirado del cabello. Se abotonó el cuello de la blusa hasta arriba, intentando ocultarla.
Quince minutos. Eso le había dado.
Cuando entró en la oficina de Mateo, él ya estaba sentado detrás del escritorio, hablando por teléfono en un tono cortante y profesional. Ni siquiera la miró. Solo señaló con dos dedos la silla frente a él. Antonella se sentó en silencio, las rodillas juntas, las manos sobre el regazo.
Terminó la llamada y levantó la vista. Sus ojos grises recorrieron su cuerpo con la misma calma con la que había firmado el contrato.
—Estás presentable. Bien. La reunión empieza en diez minutos. Habrá tres directores del consejo y un inversor japonés. Tú tomarás notas. No hablarás a menos que yo te lo indique. No mirarás a nadie más que a mí cuando yo te mire. ¿Entendido?
—Sí, señor.
Mateo se puso de pie y se acercó. Se detuvo a su lado, tan cerca que ella pudo sentir el calor de su cuerpo. Bajó la voz.
—Todavía me tienes dentro. ¿Lo sientes?
Antonella apretó los muslos. El recordatorio fue inmediato y vergonzoso.
—Sí, señor.
—Bien. Quiero que lo sientas durante toda la reunión. Cada vez que te muevas en la silla, cada vez que cruces las piernas, vas a recordar exactamente a quién le perteneces ahora. Y si en algún momento se te ocurre cerrar las piernas demasiado fuerte… te voy a castigar después. Delante de ellos no. Después. Cuando estemos solos.
Ella tragó saliva.
—Entendido, señor.
Mateo le pasó un bloc de notas y un bolígrafo negro.
—Vamos.
La sala de reuniones era más grande. Ventanales del piso al techo. Mesa de caoba que podía sentar a doce personas. Los hombres ya estaban ahí. Se pusieron de pie cuando Mateo entró. Antonella se sentó a su derecha, exactamente donde él le indicó con un leve movimiento de mentón.
Durante los siguientes cuarenta minutos tomó notas con letra temblorosa. Cada vez que se desplazaba en la silla, el semen de Mateo se movía dentro de ella. Cada vez que él hablaba con esa voz baja y autoritaria, ella sentía un tirón bajo el vientre. Mateo no la miró casi nunca. Solo una vez, cuando el inversor japonés hizo una pregunta técnica, y entonces sus ojos grises se clavaron en los de ella durante tres segundos exactos. Fue suficiente para que el pecho se le apretara.
Cuando la reunión terminó y los hombres se retiraron, Mateo no se levantó. Esperó a que la puerta se cerrara. Luego giró la silla hacia ella.
—Acércate.
Antonella se levantó y caminó hasta quedar de pie frente a él. Mateo se reclinó en el respaldo, mirándola de arriba abajo.
—Levántate la falda.
Ella lo hizo. El aire frío de la oficina le rozó los muslos.
—Bájate las bragas hasta las rodillas.
Antonella obedeció. El tejido negro quedó atrapado a media altura. Mateo la observó en silencio durante varios segundos, como si estuviera evaluando una pieza de arte que acababa de adquirir.
—Ábrete. Quiero ver.
Con las mejillas ardiendo, ella separó los muslos. El semen todavía brillaba entre sus labios. Mateo extendió dos dedos y los pasó lentamente por su centro, recogiendo la evidencia de lo que había hecho hace menos de una hora. Luego se los llevó a la boca y los chupó sin dejar de mirarla.
—Todavía estás mojada. Y no es solo por mí. Tu cuerpo está aprendiendo más rápido que tu orgullo.
Antonella no contestó. No sabía qué decir.
Mateo se puso de pie. La altura de él la obligó a levantar la barbilla.
—Esta noche no vas a casa. Hay un departamento en el piso cincuenta y uno que ahora es tuyo. Ya está listo. Ropa, productos de baño, todo. Tu hermana seguirá en el hospital privado que yo elegí. Los mejores especialistas del país la verán mañana. El pago del trasplante ya está autorizado. Cumplí mi parte del contrato en menos de tres horas. Ahora tú vas a cumplir la tuya.
Se acercó más. Una de sus manos subió por el muslo interno de Antonella hasta detenerse a milímetros de su centro.
—Esta noche voy a probarte con calma. Quiero saber exactamente cómo reaccionas cuando te doy permiso para correrte… y cuando te lo niego. Quiero escuchar cómo suena tu voz cuando me pides que te folle más duro. Y quiero que aprendas que cada orgasmo que te dé a partir de ahora es un regalo. No un derecho.
Antonella temblaba. No de miedo. O no solo de miedo.
—Sí, señor —susurró.
Mateo sonrió apenas. Fue una curva pequeña y peligrosa en la comisura de sus labios.
—Bien. Ahora bájalas del todo y ponte de rodillas.
Antonella dejó que las bragas cayeran al suelo. Se arrodilló sobre la alfombra gruesa de la oficina. Mateo desabrochó el cinturón con movimientos lentos y deliberados. El sonido del cuero y del metal fue obsceno en el silencio.
—Ábreme la cremallera con la boca.
Ella se inclinó. Con los labios y los dientes logró bajar la cremallera. El bulto duro de Mateo se marcaba claramente bajo la tela. Cuando finalmente lo liberó, el peso caliente de su polla le rozó la mejilla. Era gruesa, pesada, todavía ligeramente brillante de ella misma.
—Chúpame. Sin manos. Solo la boca.
Antonella abrió los labios y lo tomó. El sabor de ambos mezclado la hizo cerrar los ojos. Mateo no empujó. Solo se quedó quieto, dejando que ella trabajara. Ella subió y bajó la cabeza, intentando tomarlo más profundo cada vez. Cuando llegó casi hasta la base, él soltó un sonido bajo y aprobatorio.
—Así. Más profundo. Quiero sentir tu garganta.
Antonella se forzó. Lágrimas le picaron en los ojos cuando la cabeza de su polla golpeó el fondo de su garganta. Mateo puso una mano en su cabello, no para empujar, solo para controlar el ritmo. La mantuvo ahí varios segundos, sintiendo cómo ella luchaba por respirar por la nariz, antes de soltarla.
Ella tosió, hilos de saliva conectando sus labios con la polla de él.
—Otra vez.
Repitieron el movimiento. Una y otra vez. Mateo no se corrió. Cuando decidió que había sido suficiente, la apartó con suavidad y se acomodó la ropa.
—Levántate. Recoge tus bragas. No te las pongas. Guárdalas en el bolsillo de tu falda. Vas a caminar hasta el ascensor sin ellas. El departamento está en el cincuenta y uno. La llave ya está en tu escritorio. Tienes una hora para ducharte, comer algo y estar lista. Yo llegaré a las nueve. Quiero que estés desnuda, de rodillas, en el centro de la sala de estar. Cabello suelto. Sin maquillaje. Sin nada.
Antonella se puso de pie con las piernas inestables. Guardó las bragas en el bolsillo como él había ordenado. El aire frío le rozó el coño desnudo bajo la falda. Cada paso que dio hacia la puerta le recordó exactamente lo que era ahora.
Cuando llegó al ascensor y las puertas se cerraron, se miró en el panel de espejo. Los labios rojos e hinchados. Los ojos todavía vidriosos. El cuello marcado.
Había vendido su cuerpo por la vida de su hermana.
Y una parte oscura y traicionera de ella… ya estaba contando los minutos para las nueve.
