Capítulo 3 De rodillas a las nueve
De rodillas a las nueve
El departamento del piso cincuenta y uno era demasiado grande para una sola persona. Techos altos, ventanales que mostraban la ciudad como un mar de luces, muebles de diseño italiano en tonos grises y negros. Antonella cerró la puerta tras de sí y se quedó quieta en la entrada, sintiendo el silencio denso de un lugar que acababa de convertirse en su jaula de lujo.
Sobre la isla de la cocina había una nota escrita con letra firme:
*Todo lo que necesitas está aquí.
No salgas.
A las nueve exactamente.*
—M.S.
Abrió la nevera. Estaba llena. Comida preparada por un chef privado, frutas, agua mineral, incluso los yogures que Sofía prefería. En el dormitorio principal encontró un armario entero con ropa de su talla: vestidos, blusas, lencería cara, ropa interior de seda negra. En el baño, productos de baño de marcas que nunca había podido permitirse. Todo calculado. Todo controlado.
Antonella se desnudó y entró en la ducha. El agua caliente le golpeó la espalda mientras se lavaba entre las piernas. El semen de Mateo todavía estaba ahí, espeso, recordándole con cada movimiento lo que había permitido. Se frotó con más fuerza de la necesaria, como si pudiera borrar la evidencia. No lo logró. El cuerpo seguía respondiendo al simple recuerdo de cómo la había tomado contra el escritorio y después en la oficina.
Salió, se secó y se miró en el espejo del baño. Sin maquillaje. Cabello suelto y húmedo cayéndole sobre los hombros. El cuello todavía mostraba la marca rojiza de sus dedos. Se pasó la lengua por los labios hinchados.
A las ocho cincuenta y siete ya estaba en el centro de la sala de estar. Desnuda. De rodillas. Espalda recta. Manos sobre los muslos. Mirando al suelo exactamente como él había ordenado.
El reloj de pared marcó las nueve en punto cuando la puerta se abrió.
Mateo entró sin prisa. Llevaba la misma camisa blanca de la oficina, ahora con las mangas arremangadas. Cerró la puerta con el pie y se quitó la chaqueta, dejándola caer sobre el sofá. Se detuvo a dos metros de ella y la observó en silencio durante casi un minuto completo.
—Muy bien —dijo finalmente—. No te has movido. Aprendiendo rápido.
Se acercó. Se quitó los zapatos, los calcetines, el cinturón. Todo con movimientos lentos y deliberados. Cuando se arrodilló frente a ella, Antonella levantó la mirada por instinto. Él se la bajó de inmediato con dos dedos bajo la barbilla.
—Te dije sin maquillaje y cabello suelto. Cumpliste. Ahora vamos a ver qué más puedes soportar.
Mateo se puso de pie y caminó hacia el sofá grande de cuero negro. Se sentó, abrió las piernas y señaló el espacio entre ellas.
—Gatea hasta aquí.
Antonella obedeció. El suelo frío bajo sus rodillas y palmas. Cuando llegó, él ya tenía la polla fuera, dura y pesada. La tomó por el cabello y la guió hacia adelante.
—Esta noche no te voy a follar todavía. Primero vas a chuparme hasta que yo diga basta. Después te voy a probar con los dedos y la lengua hasta que estés temblando. Y solo si te portas bien… te dejaré correrte. Una vez. Nada más.
Antonella abrió la boca. Mateo empujó hasta el fondo de su garganta en el primer movimiento. No fue suave. La usó con ritmo constante, controlando la profundidad con la mano enredada en su cabello. Cada vez que ella intentaba apartarse para respirar, él la mantenía un segundo más. Lágrimas le corrían por las mejillas. Babas le resbalaban por la barbilla hasta caer sobre sus pechos.
Cuando finalmente la soltó, Antonella tosió, jadeando. Mateo le limpió la boca con el dorso de la mano.
—Buen trabajo. Ahora súbete al sofá. De rodillas, espalda contra el respaldo, piernas abiertas.
Ella obedeció. La posición la dejaba completamente expuesta. Mateo se arrodilló entre sus muslos y la miró fijamente mientras pasaba dos dedos por su coño. Estaba empapada. Él sonrió con esa curva pequeña y cruel.
—Tan mojada solo por haberme chupado la polla. Qué buena putita estás resultando ser, Antonella.
Metió los dos dedos de golpe. Antonella arqueó la espalda y soltó un gemido. Mateo la folló con los dedos con precisión, curvándolos exactamente donde sabía que la haría temblar. Con la otra mano le apretó un pezón hasta que ella gimió más alto.
—No te corras —ordenó—. Todavía no.
Antonella apretó los dientes. El placer subía demasiado rápido. Mateo lo notó y sacó los dedos justo cuando ella estaba al borde. Ella soltó un sonido de frustración casi animal.
—Eso. Quiero escucharte sufrir un poco.
Bajó la cabeza y la lamió. La lengua de Mateo era caliente, lenta y cruelmente precisa. Rodeó el clítoris sin tocarlo del todo, después lo chupó con suavidad solo para apartarse cuando ella empezaba a temblar. Antonella se aferró a los bordes del sofá. Las caderas se le movían solas, buscando más contacto.
—Quédate quieta —gruñó él contra su coño—. Si te mueves otra vez, te dejo así toda la noche.
Ella se forzó a no moverse. El esfuerzo le costó lágrimas nuevas. Mateo volvió a lamerla, esta vez más profundo, metiendo la lengua dentro de ella mientras frotaba el clítoris con el pulgar. El orgasmo se acumuló otra vez, pesado y doloroso de lo cerca que estaba.
—Por favor… —se le escapó.
Mateo levantó la cabeza. Los labios brillaban con ella.
—¿Por favor qué?
—Por favor… déjeme correrme, señor.
Él la miró durante tres segundos largos. Luego volvió a bajar y esta vez no se detuvo. Chupó su clítoris con ritmo firme mientras la penetraba con tres dedos. Antonella se corrió con un grito roto, las piernas temblando violentamente, el coño contrayéndose alrededor de los dedos de Mateo. Él no paró hasta que ella estuvo sacudiéndose por la sobreestimulación.
Cuando finalmente se apartó, Antonella estaba desplomada contra el respaldo, respirando como si hubiera corrido kilómetros.
Mateo se puso de pie, se limpió la boca con el dorso de la mano y se acomodó la polla todavía dura dentro del pantalón.
—Esa fue tu única vez esta noche. Ahora te vas a quedar así, abierta, mientras yo trabajo un rato. No te toques. No cierres las piernas. Quiero verte húmeda y temblando mientras firmo unos documentos.
Se sentó en el sillón individual frente a ella, sacó un portátil de su maletín y empezó a escribir como si no hubiera una mujer desnuda y recién corrida a dos metros de distancia.
Antonella permaneció exactamente como él había ordenado. Piernas abiertas. Coño expuesto y todavía palpitando. El aire acondicionado le rozaba la piel sensible. Cada minuto que pasaba se sentía más expuesta, más suya.
Al cabo de casi media hora, Mateo cerró el portátil y la miró.
—Ven aquí. De rodillas otra vez.
Ella gateó hasta él. Mateo le acarició el cabello con una ternura casi falsa.
—Mañana empiezas oficialmente como mi asistente. Habrá reglas nuevas en la oficina. Y reglas nuevas aquí. Esta noche solo era la presentación. A partir de ahora, cada día te voy a empujar un poco más lejos de lo que crees que puedes soportar.
Se inclinó y le habló al oído:
—Y vas a agradecérmelo cada vez.
Antonella cerró los ojos. El sabor de él todavía estaba en su boca. El orgasmo todavía le temblaba en los músculos. Y la certeza de que Sofía tendría el mejor tratamiento del país le pesaba en el pecho como una deuda que jamás podría pagar del todo.
—Sí, señor —susurró.
Mateo le besó la frente, un gesto casi paternal que contrastaba brutalmente con todo lo que acababa de hacerle.
—Buena chica. Ahora ve a la cama. Duerme desnuda. Yo me quedo un rato más.
Antonella se levantó con las piernas inestables y caminó hacia el dormitorio. Antes de cruzar la puerta se detuvo un segundo y miró hacia atrás. Mateo ya estaba de nuevo concentrado en la pantalla, como si ella fuera solo otra adquisición más en su imperio.
Se metió entre las sábanas de seda negra. El olor a colonia cara todavía le impregnaba la piel. Cerró los ojos sabiendo que, a pesar del asco y de la vergüenza… una parte de ella ya estaba esperando la mañana.
Y las nuevas reglas que vendrían con ella.
