Capítulo 4 Las reglas de la oficina
Las reglas de la oficina
Antonella despertó con la luz del amanecer filtrándose entre las cortinas automáticas. El lado de la cama donde Mateo debería haber estado estaba vacío y frío. Solo quedaba el leve aroma de su colonia impregnado en las sábanas de seda. Sobre la mesita de noche había un sobre negro con su nombre escrito en letra firme.
Dentro, una nota y una caja pequeña de terciopelo.
*Levántate. Dúchate. Ponte exactamente lo que hay dentro de la caja.
Desayuno en la cocina.
A las 8:00 en punto en mi oficina.
Sin bragas.
—M.S.*
Antonella abrió la caja. Dentro había un vestido negro de corte perfecto, ceñido, con una cremallera invisible en la espalda, y un par de tacones de aguja del mismo color. Nada más. Ni sostén. Ni bragas.
Se duchó en silencio, el agua caliente resbalándole por el cuerpo todavía sensible de la noche anterior. Se miró en el espejo mientras se secaba. Había moretones tenues en la parte interna de los muslos y una leve marca roja en la base del cuello. Se pasó los dedos por ellos con una mezcla de vergüenza y algo más oscuro que no quería nombrar.
Se puso el vestido. La tela se ajustó a su cuerpo como una segunda piel. Sin ropa interior, cada movimiento le recordaba que estaba completamente desnuda debajo. El aire frío de la habitación le rozó el coño cuando caminó hacia la cocina.
Sobre la isla había un desayuno preparado: café negro, tostadas de pan de masa madre, huevos revueltos y un vaso de jugo verde. Comió sin probar realmente el sabor. Cada bocado se sentía como parte del contrato.
A las 7:58 ya estaba frente a la puerta de la oficina de Mateo en el piso cincuenta y tres. Llamó dos veces. La voz de él resonó desde dentro.
—Entra.
Mateo estaba de pie junto a los ventanales, con una taza de café en la mano. Llevaba un traje negro impecable y una corbata de seda gris. Cuando se giró, sus ojos recorrieron el vestido de Antonella con una lentitud deliberada.
—Date la vuelta.
Ella obedeció. Sintió su mirada clavada en su espalda, en la forma en que la tela marcaba la curva de su culo.
—Levántate el vestido hasta la cintura.
Antonella tragó saliva y lo hizo. El aire acondicionado le golpeó la piel desnuda. Mateo se acercó por detrás. Una de sus manos bajó por su espalda hasta posarse en un glúteo y lo apretó con fuerza.
—Sin bragas. Como te ordené. Bien.
La mano subió por su costado hasta rodearle un pecho a través de la tela. El pulgar rozó el pezón, ya duro.
—Hoy hay reglas nuevas —dijo contra su oído—. En la oficina serás impecable. Profesional. Silenciosa. Pero cada vez que yo te mire de cierta forma, sabrás lo que significa. Si te paso un mensaje con la palabra “ahora”, vendrás a mi oficina de inmediato, cerrarás la puerta y te pondrás de rodillas. Sin preguntas. Si te toco el cuello en público, significa que esa noche te voy a usar con más dureza de lo habitual. ¿Está claro?
—Sí, señor.
Mateo le bajó el vestido con calma y le dio una palmada suave en el culo.
—Siéntate. Hay una lista de tareas en tu escritorio. Empieza.
Antonella pasó la mañana contestando correos, organizando la agenda de Mateo y coordinando reuniones con la eficiencia de alguien que sabía que su hermana dependía de cada movimiento correcto. Cada vez que él salía de su oficina y pasaba junto a su escritorio, ella sentía el peso de su mirada. En una ocasión, mientras ella hablaba por teléfono con un proveedor, Mateo se detuvo a su lado, le pasó un dedo lento por la nuca y siguió caminando como si nada. El simple contacto le erizó la piel y le humedeció el centro.
A las once y media vibró el móvil en su escritorio.
Un mensaje de Mateo:
Ahora.
Antonella se levantó con las piernas ligeramente temblorosas. Caminó por el pasillo de cristal intentando que nadie notara la forma en que el vestido se pegaba a su cuerpo. Entró en la oficina de Mateo, cerró la puerta y se arrodilló en el centro de la alfombra sin que él tuviera que decir una sola palabra.
Mateo estaba sentado detrás del escritorio, firmando documentos. Levantó la vista solo cuando ella ya estaba en posición.
—Acércate. Debajo del escritorio.
Antonella gateó hasta quedar oculta bajo la mesa de ébano. Mateo abrió las piernas y desabrochó el pantalón con una mano. La polla le salió pesada y ya semi-dura. La tomó por el cabello y la guió hacia adelante.
—Chúpame mientras termino esto. Si haces ruido, te castigo. Si me haces correrme antes de que yo lo decida, también te castigo. Entendido?
Ella asintió con la boca llena. Empezó a mover la cabeza con lentitud, chupando con cuidado, la lengua rozando la vena gruesa en la parte inferior. Mateo siguió firmando papeles como si no tuviera a su asistente bajo el escritorio con la boca llena de su polla. De vez en cuando su mano bajaba y le acariciaba el cabello con una posesión tranquila.
Pasaron casi veinte minutos. La mandíbula de Antonella dolía. La saliva le resbalaba por la barbilla. Cuando finalmente Mateo soltó un gruñido bajo y se corrió, lo hizo profundo, obligándola a tragar cada gota. Ella lo hizo sin quejarse, tragando alrededor de la polla que latía en su garganta.
Cuando él se retiró, Antonella permaneció de rodillas, respirando agitada, los labios brillantes y rojos.
Mateo se acomodó la ropa y la miró por debajo del escritorio.
—Límpiate la boca. Vuelve a tu puesto. Esta tarde hay una videollamada con Hong Kong. Quiero que estés sentada a mi lado, tomando notas. Y quiero que sepas que debajo de esa mesa, mientras yo hable de números y proyecciones, voy a tener la mano en tu muslo. Subiendo. Cada vez que diga la palabra “expansión”, vas a abrir un poco más las piernas. ¿Claro?
—Sí, señor.
Antonella se levantó. Se limpió la boca con el dorso de la mano y salió de la oficina con las piernas inestables. El sabor de Mateo todavía llenaba su boca. Entre las piernas, sin bragas, sentía el aire frío y la humedad propia.
Volvió a su escritorio. Nadie pareció notar nada. O al menos fingieron no hacerlo.
Durante la videollamada de la tarde, exactamente como había prometido, la mano de Mateo descansó sobre su muslo izquierdo bajo la mesa. Cada vez que pronunciaba la palabra “expansión”, los dedos subían un centímetro más. Para cuando la llamada terminó, su mano estaba completamente bajo el vestido, rozando los labios húmedos de Antonella con una calma casi perezosa.
Cuando apagaron la cámara, Mateo no retiró la mano. En cambio, metió dos dedos dentro de ella con un movimiento preciso y lento.
—Tan mojada —murmuró—. Todo el día sin bragas, chupándome bajo el escritorio y todavía te gotea el coño. Qué buena inversión resultaste ser, Antonella.
La folló con los dedos durante casi un minuto completo, observando cómo ella intentaba no gemir. Cuando sintió que ella estaba cerca, los sacó, se los llevó a la boca y los chupó delante de ella.
—Esta noche te voy a follar. Lento. Profundo. Y no te voy a dejar correrte hasta que me ruegues de verdad. Ahora vuelve a trabajar. Tienes correos pendientes.
Antonella se levantó. El vestido se pegaba a sus muslos húmedos. Caminó de regreso a su escritorio sintiendo cada paso, cada roce de la tela contra su coño sensible.
En la pantalla del ordenador había un nuevo correo de Mateo. Solo contenía una frase:
*Esta noche a las nueve. Misma posición. Misma desnudez.
Voy a romperte un poco más.*
Antonella cerró los ojos un segundo. Pensó en Sofía. En la forma en que la pequeña había sonreído esa mañana cuando los médicos le dijeron que el trasplante ya tenía fecha.
Después abrió los ojos y siguió trabajando.
Con el coño todavía latiendo y el sabor de Mateo todavía en la lengua.
