Capítulo 2 CUERDAS QUE NO SUJETAN

Pasaron las horas en aquella celda sin ventanas, con la luz amarilla y parpadeante de la bombilla que zumbaba suavemente sobre su cabeza. Cualquier otra persona habría esperado sentada, encogida, contando los minutos con miedo, suplicando en silencio que alguien viniera.

Pero evidentemente Emilia no es cualquier persona.

En cuanto la puerta se cerró y quedó sola, empezó a mover las manos con cuidado, explorando cada vuelta de las cuerdas que le ataban las muñecas detrás de la espalda. Esos nudos no eran simples lazos hechos al azar: eran complejos, apretados, diseñados específicamente para resistir, el tipo de amarre que solo los hombres más experimentados sabían hacer y que, según la lógica, solo podían soltarse con un cuchillo o unas tijeras. Nadie los deshacía tirando de ellos y mucho menos los encontraba flojos.

Ella no lo sabía, o quizás no le importaba. No se rindió, trabajó con las yemas de los dedos, buscando el hilo más débil entre tantas vueltas, girando las muñecas hasta doler, apretando y aflojando con paciencia furiosa, sin prisa pero sin descanso. Cuando por fin escuchó aquel pequeño chasquido y la cuerda cedió, no sonrió de alivio ni se dejó caer hacia atrás. Simplemente se sacudió las manos, pasó las cuerdas a los tobillos y las deshizo con la misma calma implacable.

Cuando se puso de pie, las marcas rojas ardían profundamente en su piel, pero se las pasó por encima con la palma, estiró los brazos, enderezó la espalda y soltó una risa baja, suave, que no tenía nada de alegría y todo de desafío.

—Já, bola de idiotas.

Se acomodó la ropa arrugada como si se estuviera arreglando para salir a pasear, dio unos pasos por la pequeña celda y se detuvo frente a la puerta, esperando con los brazos cruzados y la cabeza alta. Cuando la puerta se abrió, entró una mujer de mediana edad, de porte rígido y mirada severa, encargada de llevarla arriba. Se detuvo en seco en el umbral, con la boca entreabierta, mirando primero a Emilia de pie y libre, luego las cuerdas amontonadas en el suelo como si fueran un montón de trapo inservible.

—¿Qué… cómo…? —empezó a decir, dando un paso atrás sin querer—. Eso no puede ser. Esos nudos… nadie los desata. Están puestos para que no se puedan soltar solo con cuchillo.

Emilia la miró de arriba abajo, con una sonrisa burlona que no llegó a sus ojos, y encogió un hombro con indiferencia.

—Pues parece que a mí sí me dejaron —dijo con tono ligero, como si estuviera hablando del clima—. Qué torpes son los hombres, ¿verdad? Creen que todo lo que atan se queda quieto para siempre y luego pasa esto. Qué vergüenza para ellos, dejar escapar a su prisionera sin que nadie la ayude.

—Los pusieron los mejores hombres —insistió la mujer, acercándose para mirar las cuerdas en el suelo con incredulidad, como si esperara ver algún truco escondido—. Nadie los ha soltado nunca.

—Entonces supongo que soy la primera en hacerlo bien —respondió Emilia dándole la espalda y caminando hacia la puerta con paso tranquilo y decidido—. ¿Me llevas o prefieres quedarte aquí contando las vueltas? El cretino de tu jefe esta esperando, ¿Verdad?

La mujer apretó los labios, furiosa y confundida, sin saber si castigarla por soltarse o asombrarse de que lo hubiera logrado. Cerró la puerta de golpe y le hizo una seña para que avanzara.

—Camina —ordenó con sequedad—. Y mantén la boca cerrada, no hables hasta que te pregunten.

—Claro, claro —convino Emilia, caminando a su lado por el pasillo amplio y lujoso, mirando todo con una curiosidad divertida y desdeñosa—. Silencio absoluto, mirada al suelo, mantener la cabeza baja.

—Exacto.

—Como si fuera un perro que entra a la casa ajena, qué educación tan refinada enseñan aquí.

—Te dije que calles —soltó la mujer, caminando más rápido como si quisiera dejar atrás sus palabras.

—No me callo porque no me da la gana —respondió Emilia con dulzura, sin dejar de mirar las paredes cubiertas de cuadros oscuros y pesados—. Además, si me callo, ¿cómo van a saber lo que pienso? Y sería una lástima que creyeran que estoy de acuerdo con todo esto. Sería tan aburrido.

Subieron una escalera ancha de mármol, donde la luz caía desde arriba sobre barandillas de bronce pulido y alfombras gruesas que ahogaban el sonido de los pasos. Emilia no se impresionó. No miró con asombro ni se quedó mirando con deseo nada de lo que veía. Al contrario, paseaba la vista por todo con aire de quien revisa una habitación de hotel que no le gusta mucho.

—Qué bonito —comentó en voz alta, sin dirigirse a nadie en particular—. Y qué frío, todo brilla pero no se siente calor en ninguna parte. ¿Viven así siempre? Sin reír, sin correr, sin hacer ruido? Parece que todos estuvieran esperando a que alguien muera. Qué existencia tan triste.

—No hables de lo que no entiendes —le dijo la mujer, con la voz tensa de rabia contenida.

—Entiendo más de lo que crees —respondió Emilia mirándola de frente—. Entiendo que aquí todos tienen miedo. Tú le tienes miedo a él, los guardias te tienen miedo a ti, y él… bueno, él debe tener miedo de todo el mundo para vivir encerrado entre muros tan altos y puertas tan gruesas. Qué cansado debe ser vivir así, siempre vigilando la espalda.

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