Capítulo 3 NADIE ES DUEÑO DE MÍ
Llegaron a una puerta doble de madera oscura, tallada y pesada. La mujer respiró hondo, se enderezó la ropa y entró primero, anunciando su llegada con la voz algo temblorosa. Igor estaba de pie junto a la chimenea de piedra, con las manos detrás de la espalda, mirando las llamas que se reflejaban en sus ojos grises.
—Hola buenas, llego yo. Llego el brillo, llego la vida de este lugar —anuncia Emilia con tono de diva mientras entra como perro por su casa.
El rostro de todos los sirvientes perdió color al instante, aquello era una evidente falta de respeto para el Boss de la Bratva Rusa más peligrosa del mundo, aquel que manejaba los hilos del mundo entero.
—Ay. ¿Quién se murió? Veo muchas caras largas por aquí.
Igor se giró lentamente, esperando verla encogida, con miedo, con las manos aún atadas. Y se detuvo completamente inmóvil cuando la vio entrar: libre, de pie, con la cabeza alta y una sonrisa burlona que lo recorrió de los pies a la cabeza sentada en el sofá de cuero negro como si fuera la dueña del lugar.
Miró a la mujer, luego a ella, y la voz le salió grave y cortante.
—¿Las cuerdas?
—No sé cómo lo hizo —respondió la mujer, bajando la mirada—. Estaban bien puestas, jefe, lo juro. Nadie los suelta así. Nadie
.
—Pues ya ves que no es imposible —intervino Emilia, dando un paso hacia él con las manos sueltas a los costados—. Solo hace falta no tener miedo de lastimarse las manos.
Supongo que aquí nadie se atreve a tocar nada que pueda dolerles. Por eso siguen atados a sus propias reglas.
Igor la miró fijamente, sin apartar la vista ni un instante. Sabía quién había puesto esos nudos. Eran hombres de confianza, entrenados durante años. Nadie los había soltado jamás sin ayuda. Y ella, una chica que trabajaba en una cafetería, lo había hecho sola, en la oscuridad, sin herramientas. Y ahora se burlaba de ello como si fuera la cosa más sencilla del mundo.
—¿Cómo lo lograste? —preguntó él, dando un paso hacia ella, con la voz más baja y tensa de lo habitual.
—No hay ningún secreto —respondió ella encogiéndose de hombros—. Simplemente no me gusta que me aten. Me pongo de mal humor cuando me tratan como si no pudiera valerme por mí misma. Y créeme, nadie quiere verme de mal humor. Soy bastante incómoda.
—Esto no es una broma —dijo él, frunciendo el ceño—. No te comportas como si estuvieras prisionera.
—¿Y cómo debería comportarme? —preguntó ella acercándose también, sin retroceder ni un milímetro—. ¿Llorando en un rincón? ¿Suplicando que me lleves a casa? ¿Diciendo que haré lo que me pidas si me tratas bien? Eso es lo que esperas, ¿verdad? Pues me temo que te has equivocado de persona. No voy a darte el gusto de verme rota.
—Vives aquí ahora —dijo él, recuperando su tono de mando—. Tendrás tu habitación, ropa, comida, todo lo que necesites. Nadie te hará daño si te portas bien. A cambio, haces lo que se te dice. Obedeces. No discutes. No causas problemas.
Emilia soltó una risa corta y clara que resonó en la habitación amplia y silenciosa.
—Qué oferta tan generosa —dijo llevándose una mano al pecho con fingida admiración—. Me compras, me traes aquí encerrada, y luego me dices que si me porto bien seré recompensada. Deberías dar lecciones de caballerosidad. Todo el mundo debería seguir tu ejemplo.
—No me provoques —advirtió él, apretando los puños a los costados—. No quiero ser duro.
—Y yo no quiero que me trates como si fuera tuya —respondió ella con calma, aunque sus ojos brillaban con fuego contenido—. Pero aquí estamos, ninguno de los dos consigue lo que quiere. Qué interesante, ¿verdad? El gran jefe que todo lo consigue con dinero y amenazas se encuentra con algo que no puede comprar.
—Te compré —insistió él—. Pagué por ti, eso te hace mía.
—Compraste un papel, o una promesa, o lo que sea que te dio mi padre —dijo ella negando con la cabeza lentamente—. Pero no me compraste a mí. Nadie puede comprarme y mucho menos poseerme. Y cuanto antes lo aceptes, menos tiempo perderás intentando domar lo que no se deja atar.
Igor dio otro paso hacia ella, imponiendo su estatura, su fuerza, su autoridad, pero ella no dio ni un paso atrás. Lo miró a los ojos como si fuera su igual, como si no tuviera nada que temer de él, y esa falta de miedo lo desconcertaba más que cualquier insulto o amenaza.
—¿Crees que puedes desafiarme siempre así? —preguntó él con voz áspera.
—No te desafío —dijo ella suavemente—. Te digo la verdad que nadie se atreve a decirte. Tienes poder sobre todo lo que te rodea, menos sobre mí. Y eso te molesta más de lo que quieres admitir.
Se quedaron en silencio, muy cerca el uno del otro. La mujer que la había acompañado esperaba al fondo, sin atreverse a moverse ni a respirar fuerte, asombrada de que alguien pudiera hablarle así al jefe y seguir de pie. Igor no apartaba la vista de ella: veía las marcas rojas en sus muñecas, la firmeza de su mandíbula, la chispa de desafío en sus ojos que no se apagaba por nada. Sabía que no era bravuconería. No era fingido. Era real. Y por primera vez en mucho tiempo, no supo qué decir.
—Llévala a su habitación —ordenó al fin, señalando la puerta con un gesto brusco—. Si trata de escapar los mato a todos los que dejaron que lo hiciera.
Emilia sonrió, una sonrisa tranquila y segura que lo dejó inquieto.
—No voy a irme todavía —dijo dándose la vuelta hacia la puerta—. Tengo curiosidad por ver cuánto tiempo aguantas antes de darte cuenta de que no puedes controlarme. Puede que sea más tiempo del que crees.
Salió del despacho caminando despacio, sin prisa, sin mirar atrás, dejando tras de sí un silencio denso y cargado de electricidad. Igor se quedó solo junto a la chimenea, mirando la puerta cerrada, sabiendo que acababa de traer a su casa algo mucho más peligroso y poderoso de lo que jamás imaginó. Y lo peor era que, en el fondo, no quería que se fuera.
