Capítulo 3 Capítulo 3

Cuando colgó su camisa en una de las perchas, finalmente lo vi quedar frente a mí de nuevo. La vista de su torso desnudo me hizo sentir mi propio aliento rebotar contra la madera de la ventana detrás de la cual me escondía, con mi cuerpo volviéndose exponencialmente más caliente tanto por el calor en mi intimidad como por la adrenalina liberada por el miedo a ser capturada.

Pero, contrariamente del sudor en las palmas de mis manos y la frecuencia cardíaca anormal, no fui vista y tuve la ventaja para finalmente observar la cabeza de la serpiente tatuada en su fuerte pecho, mostrando sus colmillos con una representación de peligro que solo estimuló las ganas de quedarme un poco más ahí, viéndolo.

Después, dejé que mis ojos descendieran por el resto de su piel expuesta, capturando con atención los detalles de su abdomen definido, hasta la pequeña entrada en su cadera que apuntaba y desaparecía debajo de la cintura de sus pantalones.

Lo vi caminar lentamente por la habitación mientras sus manos trabajaban en desabrocharse el cinturón de cuero.

En una expresión involuntaria, enterré los dientes en mi propio labio, tratando de apaciguar la cantidad de sensaciones nuevas que solo me facilitaba la vista de su cuerpo, mezclado con el deseo de poder ver lo que aún no había sido revelado.

Luego de desprenderse del cinturón, lo dobló y lo mantuvo con una sola mano, sin dejar de caminar lentamente. Antes de que al menos pudiera preguntarme cuándo se iba a despojar los pantalones, finalmente caí en cuenta de mi situación.

Ares estaba caminando en dirección a la ventana.

La sensación de peligro me hizo despertar repentinamente de ese estado de digresión y, angustiada, traté de bajar de la piedra para correr lejos de allí, pero lo único que logré fue tropezar con mi pie y caer de sentón, con las rodillas flexionadas y las manos apoyadas en el suelo, los ojos muy abiertos y el corazón latiendo aceleradamente. fuerte que dolía.

Y entonces la puerta se abrió por completo.

La puerta se abrió y ahí estaba Ares, de pie, frente a mí.

Sus ojos eran incomprensibles y su porte era firme, un poco dominante. Todavía con mi propio rostro retorcido por la sorpresa y la desesperación, traté de articular cualquier palabra que pudiera funcionar como una disculpa, pero ningún sonido salió de mi garganta. Mientras tanto, él seguía observándome en silencio.

Quería poder leer lo que estaba pensando. O, por lo menos, me hubiera gustado tener la fuerza en mis piernas para poder levantarme y correr lejos de ese lugar, pero ambas posibilidades eran igualmente imposibles.

Mi cuerpo entero estaba retraído en alerta, incapaz de obedecer las órdenes más básicas de mi cerebro.

Cuando mis ojos descendieron un poco de mala gana hasta que aterrizaron en el cinturón que sostenía en una mano, una nueva ola de miedo se apoderó de todas mis células.

La manera en que sostenía el cinturón de cuero, su postura, su mirada oscura e impenetrable y la cabeza de la serpiente tatuada en su pecho... todo eso desató una alerta de peligro que me hizo recuperar la respiración.

Entonces Ares dio otro paso en mi dirección y, con un movimiento suave, se agachó frente a mí. Descansó los brazos tranquilamente sobre sus muslos, balanceándose sobre la parte delantera de sus pies, y mantuvo el cinturón colgando entre sus piernas.

Cada mínimo movimiento suyo parecía haber sido calculado para aumentar la excitación que ya parecía tan insoportable, y aun así no podía salir de allí.

-Yo... -Comencé, completamente torpe, sintiendo mi voz temblar-. Lo siento...

Ares enarcó las cejas en un movimiento discreto, y luego en la comisura de sus labios se dibujó en una sonrisa torcida.

-¿Por qué te ves tan asustada, mi ángel? -preguntó, y vi su pulgar derecho deslizarse sobre el cuero negro del cinturón que sostenía con la mano izquierda.

Mantuve mis ojos atentos a ese movimiento, hipnotizada, antes de que finalmente lograra mirar hacia arriba.

Ya no era el miedo de que mis padres descubrieran que estaba espiando a un huésped. Ya no tenía miedo a una réplica, o a un golpe.

Era algo mucho más primitivo, como si Ares fuera un depredador divirtiéndose antes de abalanzarse.

Y yo era su presa.

-No debes tenerme miedo, muñeca. -Continuó, pareciendo divertirse casi sádicamente con mi incapacidad de responder-. No te lastimaré... a menos que quieras.

Mis ojos no podían estar más abiertos y creo que no era saludable que mi corazón latiera tan intensamente, pero la forma en que me llamó muñeca desestabilizó todo dentro de mí.

Estaba hecha un lío, completamente drogada por la adrenalina, y esa era todavía la segunda frase que me dirigía.

-No debería estar aquí... -Fue la única cosa coherente que pude articular, después de muchos intentos fallidos.

Ares dejó que su lengua hiciera otra breve aparición cuando se humedeció los labios, moviendo la cabeza en un discreto acuerdo.

-Pienso lo mismo -dijo, todavía recorriendo el pulgar lentamente sobre el cuero del cinturón-. Pero ya has estado bastante tiempo aquí.

No sabía si el problema estaba en mí o si era natural sentir tanta tensión con cada cosa que me decía, pero no puedo negar cuánto me angustió la revelación de que había sido notada hace mucho tiempo, quizás desde el inicio.

Al mismo tiempo, no podía entender por qué me dejó observarlo durante todos esos largos minutos.

Sin querer, dejé que mis ojos curiosos volvieran a descender, atentos a la forma amenazadora en que sus largos dedos sostenían el cinturón.

-¿Hace cuánto tiempo... te disté cuenta? -pregunté, ansiosa.

Pero entonces soltó uno de los lados del cinturón y dejó que la hebilla de metal golpeara el piso de madera de forma sonora, lo que me hizo levantar la mirada en dirección a los suyos de nuevo en un movimiento asustado.

Su semblante continuaba apacible, indicando que el movimiento anterior no había sido un incidente.

-Mírame cuando te dirijas a mi -dijo, en un tono severo que anulaba cualquier deseo de desobedecer su orden.

Me estremecí, asintiendo desastrosamente.

-Ahora, dime. -Continuó, con un tono un poco más ligero-. ¿Qué estabas haciendo?

Ares no es el tipo de hombre obvio. No es fácil mirarlo y decir que está pensando, pero, en ese momento, tenía la más absoluta certeza de que él sabía exactamente lo que yo estaba haciendo allí. No me refiero a haberle ido a llevar una nota de otra persona, sino de haber pasado todos esos minutos mirándolo con tanta devoción.

Era como si yo estuviera a prueba y, entonces, elegí la verdad, por más vergonzosa que fuera.

-Eres... -Traté de decir, pero ninguna palabra parecía ser adecuada para terminar esa oración, así que comencé de nuevo, aun sintiendo que mi corazón podría salirse por mi garganta en cualquier segundo-. No podía dejar de mirarte.

Ares no pareció sorprendido por la respuesta, ni tampoco enojado.

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