CAPÍTULO CIENTO TREINTA Y DOS

Había rogado al suelo que se abriera y me tragara, pero considerando lo lejos que estaba de él, no me escuchó, así que soporté las risas que estallaron después.

Estaba lamentando por completo por qué había salido en primer lugar cuando alguien de la multitud golpeó su mesa, haciéndome voltear.

—To...

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