CAPÍTULO CIENTO OCHENTA Y NUEVE

—¿Qué te pasa? —le pregunté, confundida por su actitud y el mero deseo de hacernos chocar con la velocidad a la que conducía. No respondió. —Vamos, Octavio, ¡detén esta locura! ¿Quién nos persigue? ¿Puedes decirme algo al menos? —lo acosé con preguntas, el miedo apretando mi garganta.

—¡Cierra. La....

Inicia sesión y continúa leyendo