Capítulo 1 1

—Si el hombre de la celda trece pronuncia tu nombre, no respondas.

El custodio me entregó la llave con dos dedos, como si también pudiera morder.

—¿Y si pregunta por qué voy a vaciarle la cabeza?

—Entonces procura que su última duda sea breve.

La Casa de los Ecos olía a cera quemada, metal húmedo y recuerdos ajenos. Bajo el suelo, centenares de cristales palpitaban dentro de sus nichos, cada uno marcado con el nombre de alguien que oficialmente ya no existía.

Yo conocía varios.

Había copiado treinta y siete en las cubiertas de mis libros.

—¿Qué delito cometió? —pregunté.

El custodio encogió un hombro.

—Existir demasiado tiempo.

—Eso todavía no figura en el código.

—Dale una semana a la emperatriz.

La broma murió apenas pronunciada. En Lysoria, incluso las paredes tenían memoria, y Cássara castigaba mejor cuando alguien le daba una idea.

Tomé la bandeja del ritual: una aguja de plata, tres piedras vacías y el sello de Desmemoria definitiva.

—¿Por qué yo?

—Porque los otros restauradores se negaron.

—Qué tranquilizador.

—Dos están presos. El tercero dejó de recordar cómo respirar.

Lo miré.

—Eso no puede pasar.

—Entonces murió por talento natural.

La celda trece estaba al final de un corredor que no aparecía en ningún plano. No tenía guardias visibles, pero sentí la magia de vigilancia rozarme la nuca. El sello sobre la puerta mostraba una corona atravesada por siete clavos.

Nadie encerraba a un ladrón detrás de siete clavos.

Introduje la llave.

—Ansel —me llamó el custodio—. Si te toca, grita.

—¿Para que vengas?

—Para saber cuándo correr.

Entré sola.

La puerta se cerró a mi espalda.

El prisionero estaba sentado contra el muro, con las muñecas encadenadas por encima de la cabeza. Llevaba pantalones oscuros, botas gastadas y ninguna camisa. No parecía un hombre al que hubieran olvidado alimentar durante años. Su cuerpo conservaba músculo, cicatrices y una insolencia física que volvía pequeña la celda.

Alzó la cara.

Tenía el cabello negro demasiado largo y una herida reciente en el labio. Sus ojos no estaban vacíos.

Eso era lo primero que debía comprobar.

Lo segundo fue que me observó de los zapatos al cuello con una lentitud que habría merecido una bofetada en cualquier lugar menos en una prisión secreta.

—Esperaba a un verdugo más feo —dijo.

—Puedo volver con uno.

—No. Ya me había acostumbrado a sentirme decepcionado.

Dejé la bandeja sobre la mesa.

—No estoy aquí para entretenerte.

—Entonces la corona ha empeorado sus servicios.

Me puse los guantes.

—Necesito saber tu nombre.

—No tengo.

—Todos tienen.

—Pregúntale a tu emperatriz. Se quedó con el mío.

Su voz era grave, pero no débil. Tampoco sonaba asustado. Los hombres que iban a ser borrados solían suplicar, amenazar o prometer fortunas inexistentes. Él parecía estar esperando una conversación atrasada.

—Mírame —ordené.

—Llevo haciéndolo desde que entraste.

—A los ojos.

—Eso arruina la parte interesante.

Sentí calor en el rostro y lo odié por notarlo.

Me acerqué. Debía revisar sus pupilas, las marcas detrás de las orejas y la base del cuello. El contacto físico era inevitable. Mi formación no incluía qué hacer cuando el condenado parecía disfrutarlo.

Le sujeté la mandíbula.

—Si intentas morderme, perderás los dientes antes que los recuerdos.

—¿Siempre amenazas a hombres encadenados?

—Solo a los que hablan demasiado.

—Entonces voy a morir completo.

Incliné su cabeza hacia la luz. Tenía una cicatriz fina bajo la oreja izquierda, otra atravesándole el hombro y una marca oscura sobre el pecho: un círculo rodeado de espinas, quemado directamente sobre la piel.

La insignia de la antigua casa real.

Retiré la mano.

—¿Quién te hizo eso?

—Tú sabes reconocerla.

—Cualquiera reconoce un símbolo prohibido.

—No cualquiera tiembla.

No estaba temblando.

Mi pulgar seguía apoyado sobre su garganta.

El pulso de él golpeó contra mi piel, lento, seguro. El mío se aceleró por pura irritación.

—Voy a comenzar la extracción.

—Liora.

La aguja cayó de mis dedos.

Nadie allí conocía mi nombre de pila. Para los custodios era Ansel. Para los registros, restauradora número cuarenta y dos.

—¿Quién te lo dijo?

El prisionero sonrió con el labio roto.

—Tardaste más de lo que imaginaba en preguntar.

Agarré la aguja y la apoyé contra su costado.

—Puedo introducir esto entre dos costillas y extraer un recuerdo sin anestesia.

—Sigues inclinándote demasiado cerca para alguien que desea asustarme.

Su aliento rozó mi boca. Solo entonces advertí que, al amenazarlo, había quedado entre sus piernas. Las cadenas mantenían sus manos arriba, pero nada impedía que cerrara las rodillas alrededor de mis caderas.

Lo hizo.

No con violencia.

Con precisión.

Mi espalda chocó contra su pecho.

—Suéltame.

—Abre la puerta.

—Estás en posición de negociar muy pocas cosas.

—Y tú estás sentada sobre un hombre condenado. Diría que ambos cometimos errores tácticos.

El calor de su cuerpo atravesó mi uniforme. La postura era indecente, peligrosa y absurdamente difícil de explicar si el custodio decidía entrar.

—Voy a clavarte la aguja.

—Hazlo. Pero escucha antes.

—Tienes cinco segundos.

—Tu madre no murió.

El mundo se detuvo.

Hundí la punta de plata en su piel. Él apretó la mandíbula, pero no gritó.

—No vuelvas a hablar de ella.

—Mara Ansel me pidió que esperara por ti.

Escuchar aquel nombre en su boca fue peor que recibir un golpe.

Mi madre había sido borrada doce años atrás. Nadie la recordaba salvo yo. Ni mi hermano. Ni nuestros vecinos. Ni los documentos que alguna vez demostraron que vivió.

—Estás mintiendo.

—Tienes una cicatriz detrás de la rodilla. Te la hiciste al saltar desde el muro del huerto real cuando tenías siete años.

La celda se inclinó.

Ese día solo habían estado mi madre, yo y un muchacho mayor que nos ayudó a escapar de los guardias. Nunca vi su rostro con claridad. Recordaba sangre en su manga, una voz joven ordenándome que no llorara y un anillo con el emblema real.

Miré la marca de su pecho.

—¿Quién eres?

El prisionero aflojó las piernas, pero no apartó los ojos de mí.

—Antes de que tu emperatriz borrara mi nombre, este reino me llamaba príncipe Darian Valcor.

—Darian murió hace ocho años.

—No. Llevo ocho años esperando que la hija de Mara venga a matarme.

La puerta vibró detrás de mí. El custodio golpeó dos veces.

—Ansel, ¿sigue consciente?

Darian sostuvo mi mirada.

—Responde que sí y me borrarán. Responde que no y entrarás conmigo en la lista de traidores.

Mi mano quedó suspendida sobre el sello. Si mentía al custodio, la corona revisaría mis recuerdos. Encontraría los nombres ocultos en mis libros, la voz de mi madre y cada desobediencia que me había mantenido viva.

Si obedecía, perdería al único hombre que recordaba algo de ella.

—El prisionero está consciente —grité.

Darian endureció la mirada.

—Pero el cristal presenta una fractura —añadí—. Necesito diez minutos.

Afuera hubo un juramento.

—Tienes cinco.

Los pasos se alejaron.

—Acabas de comprarme cinco minutos —dijo Darian.

—No. Me los compré a mí. Tú todavía puedes morir en cuatro.

Tomé el sello de Desmemoria.

—No sé por qué debería creerte.

Él inclinó el rostro hasta que su boca casi rozó la mía.

—Porque tu madre escondió el último recuerdo del rey dentro de ti.

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