Capítulo 2 2
—Si vuelves a acercar esa aguja, voy a morderte.
—Inténtalo y descubrirás cuántos dientes caben en un frasco.
Darian sonrió, todavía con mis caderas atrapadas entre sus piernas.
—Tu madre también amenazaba con guardar partes humanas.
El nombre de Mara volvió a tensarme la garganta.
—No hables de ella como si la hubieras conocido.
—La conocí lo suficiente para saber que mientes peor de lo que crees.
Desde el pasillo llegó el golpe del custodio.
—Cuatro minutos, Ansel.
—El cristal sigue fracturado —respondí.
—Pues arréglalo.
Miré las tres piedras vacías sobre la bandeja. Ninguna estaba dañada. El único problema era el hombre encadenado que aseguraba ser un príncipe muerto y conocía secretos imposibles.
Darian aflojó las rodillas.
—Puedes levantarte. Aunque esta parte del interrogatorio era prometedora.
Me aparté tan rápido que golpeé la mesa.
—Una palabra más y realizaré la extracción por la nariz.
—Eso no existe.
—Puedo inventarlo.
—Ahí está la hija de Mara.
Tomé uno de los cristales. El vidrio lechoso debía oscurecerse al recibir una memoria. Si Darian mentía sobre su identidad, el ritual lo demostraría. Los recuerdos reconocían la sangre, incluso cuando los documentos no lo hacían.
—Voy a extraer una imagen —dije—. Si intentas introducir algo falso, el cristal te quemará por dentro.
—Qué manera tan elegante de pedir permiso para entrar en mi cabeza.
—No necesito permiso.
—Eso decía Cássara.
La comparación me detuvo.
Darian observó mi reacción y perdió la sonrisa.
—La diferencia entre una restauradora y una verduga está en si recuerda que la persona atada sigue siendo una persona.
—No utilices mi nombre.
—¿Prefieres restauradora cuarenta y dos?
—Prefiero que cierres la boca.
—Tendrás que acercarte para lograrlo.
Lo odié por obligarme a notar su torso desnudo, las cicatrices sobre las costillas y el modo en que las cadenas mantenían sus brazos tensos. Él no parecía avergonzado. Yo sí, lo cual era absurdo porque llevaba ropa.
Inserté la aguja en el centro del cristal.
—Piensa en la muerte del rey.
Su expresión cambió.
—No.
—Si eres Darian Valcor, estabas allí.
—Precisamente por eso no debes tocar ese recuerdo.
—El tiempo se acaba.
—Liora, escucha.
—No.
Apoyé dos dedos bajo su marca real y presioné el cristal contra su pecho.
La magia reaccionó de inmediato.
No hubo luz. Hubo frío.
El suelo desapareció.
Me encontré dentro de una sala que conocía por pinturas antiguas: columnas verdes, ventanas abiertas al mar y el trono de fresno frente a un círculo de nobles. No podía moverme. Tampoco respiraba con mis pulmones.
Miraba a través de los ojos de Darian.
Mis manos eran las suyas. Más jóvenes, sin cadenas, manchadas de sangre.
Frente a mí, el rey Aldren estaba de rodillas.
—Hazlo —ordenó una mujer.
No vi su rostro. Solo una falda negra, botas plateadas y una mano cubierta de anillos.
El rey levantó la cabeza.
No parecía asustado.
—Darian, no la escuches.
Sentí el peso de una espada en la mano derecha. El brazo se movió, pero la voluntad no era mía.
El recuerdo olía a sal, sudor y rosas quemadas.
—Padre —dijo Darian dentro de mí.
El dolor de esa palabra me atravesó el pecho.
La mujer de negro se acercó.
—Si no lo matas, la niña muere.
Alguien lloraba detrás del trono.
Una niña pequeña.
Cabello oscuro. Rodillas raspadas. Una cicatriz reciente bajo una de ellas.
Yo.
Intenté gritar, pero el recuerdo no me pertenecía. El rey miró hacia donde estaba escondida y después volvió sus ojos a Darian.
—No permitas que la conviertan en llave.
La espada descendió.
El cristal explotó.
Regresé a la celda con un golpe. Estaba en el suelo, encima de Darian. Él había caído de costado y las cadenas tiraban de sus muñecas. Mi palma seguía pegada a su pecho.
Los dos respirábamos como si hubiéramos corrido kilómetros.
—Apártate —murmuró.
No pude.
El dolor de la espada seguía en mi brazo. También sentía el latido de Darian dentro de mi garganta.
—¿Qué hiciste?
—Te dije que no entraras.
—Yo estaba allí.
—Sí.
—Era una niña.
—También.
Levanté la cabeza. Su rostro estaba a centímetros. Una gota de sangre bajaba desde su muñeca. Sin pensar, la limpié con el pulgar.
Darian se quedó inmóvil.
El contacto produjo una sacudida que no fue dolor. Calor ajeno recorrió mi mano y se alojó bajo mis costillas. Vi, durante un segundo, mi propia boca desde sus ojos.
Me aparté.
—Deja de hacer eso.
—No estoy haciendo nada.
—Acabas de mirarme desde dentro.
—Tú acabas de invadir un asesinato. No compitamos por modales.
El custodio golpeó la puerta.
—Se acabó el tiempo.
Recogí el cristal roto. Los fragmentos estaban negros, algo imposible en una extracción normal.
—Necesito otro recipiente.
—Abre, Ansel.
Darian habló apenas moviendo los labios.
—Si ve el cristal, sabrá que el vínculo despertó.
—¿Qué vínculo?
—El que tu madre escondió en ti.
—Deja de responder con acertijos.
—Me encantaría, pero llevas una aguja junto a mi muslo y me cuesta concentrarme.
Miré mi mano. En la caída, la aguja había quedado apoyada contra la parte interna de su pierna.
La retiré.
—Podrías haberlo dicho antes.
—Estaba disfrutando tu profesionalismo.
—Voy a borrar tu sentido del humor primero.
—Eso sí sería una ejecución.
El custodio comenzó a girar la llave.
Guardé los fragmentos dentro de mi manga y tomé una piedra limpia.
—Cuando abra, finge estar inconsciente.
—No soy buen actor.
—Llevas ocho años fingiendo estar muerto.
—Punto para ti.
La puerta se abrió. El custodio entró con la espada desenvainada y miró a Darian, que había dejado caer la cabeza.
—¿Terminaste?
—La primera piedra rechazó la memoria. Necesito llevarla al taller.
—La orden es vaciarlo aquí.
—Si continúo sin estabilizar el cristal, la descarga puede propagarse por las defensas.
El hombre palideció.
—¿Propagarse cómo?
—Podrías olvidar dónde termina tu cuerpo y empieza la pared.
Miró la pared.
—Eso suena inventado.
—Puedes comprobarlo.
No quiso.
Se acercó al prisionero y le dio un golpe con la bota.
Darian no reaccionó.
Yo sí.
El dolor me atravesó las costillas en el mismo lugar. Contuve el aire para no delatarme.
—Está vivo —dijo el custodio.
—Esa era la idea hasta terminar la extracción.
—Tienes una hora para reparar la piedra. Después volverás con el maestro Veyr.
—No necesito supervisión.
—La emperatriz cree lo contrario.
Recogió la bandeja y señaló la salida.
Al cruzar la puerta, miré atrás. Darian levantó apenas el rostro. Sus ojos estaban abiertos.
Y yo todavía sentía su dolor.
El custodio cerró la celda.
—¿Qué extrajiste?
Apreté la manga contra los fragmentos.
—Nada útil.
Desde el otro lado, Darian habló con claridad.
—Mientes peor cuando estás asustada, pequeña alondra.
El custodio se volvió.
—¿Cómo te llamó?
Ese apodo había muerto con mi madre.
Antes de responder, un fragmento atravesó la tela de mi manga y cayó al suelo. Dentro apareció una imagen inmóvil: el rey arrodillado, Darian con la espada y una mujer de negro observando.
El custodio se inclinó para recogerlo.
La mujer giró el rostro dentro del recuerdo.
Era Mara Ansel.
El aire abandonó mis pulmones sin pedir permiso.
Darian soltó una risa sin alegría detrás de la puerta.
—Ahora pregúntale a tu madre por qué me obligó a matar al rey.
