Capítulo 3 3

—No toques ese cristal si quieres conservar tus recuerdos.

El custodio detuvo la mano a centímetros del fragmento. Dentro de la piedra, el rostro de mi madre permanecía vuelto hacia nosotros, congelado junto al rey arrodillado.

—Hace un momento dijiste que no contenía nada útil.

—También dije que estaba fracturado. ¿Sueles escuchar solo la parte que te permite hacer algo estúpido?

Me miró con ofensa.

—Soy custodio de tercer rango.

—Entonces haces estupideces con autorización.

Desde la celda, Darian soltó una carcajada. El hombre golpeó la puerta con la empuñadura de la espada.

—Cállate.

—No puedo. La restauradora me extrajo el sentido de la obediencia.

El custodio volvió a mirar la imagen.

—Esa mujer es Mara Ansel.

—Se parece a ella.

—El registro dice que fue borrada doce años atrás.

—Los recuerdos antiguos mezclan rostros. Una fractura puede sustituir figuras, alterar voces y convertir a una madre en asesina.

Mentí con tanta serenidad que hasta yo quise creerme.

El custodio se agachó.

—La llevaré al maestro Veyr.

Pisó el borde de mi capa.

Tropecé contra él, lancé la bandeja y los cristales rodaron por el corredor. El fragmento negro chocó con la pared. La imagen se apagó.

—¡Torpe! —gritó.

—Tú estabas sobre mi ropa.

—Yo no me moví.

—Ese es el problema de los hombres que ocupan demasiado espacio.

Mientras discutía, cerré la mano sobre el fragmento. El vidrio cortó mi guante y se hundió en la palma. Un calor feroz me subió por el brazo.

Darian dejó de reír.

Sentí su alarma como si fuera mía.

—No la toques —advirtió desde la celda.

El custodio giró.

—¿Por qué?

—Porque ahora sí voy a morder a alguien.

Apreté el puño y recogí los demás cristales con la otra mano.

—El fragmento se desintegró.

—Vi dónde cayó.

—Entonces busca.

Se arrodilló junto a la pared. Yo mantuve el brazo pegado al cuerpo mientras la sangre llenaba el guante.

Pasos firmes llegaron desde la escalera.

Elian Corvet apareció con el uniforme gris de los Custodios Mayores, espada al costado y el cabello castaño peinado con una disciplina que jamás había tenido de niño.

—¿Por qué hay un restaurador sangrando y un guardia olfateando el suelo?

—No olfateo —protestó el hombre.

—Desde aquí parece una elección personal.

Elian me miró.

—Liora.

Que usara mi nombre frente a otros me irritó.

—Capitán.

Sus ojos bajaron a mi mano.

—¿Qué ocurrió?

—Un cristal se fracturó.

—¿Cuál?

—El del prisionero.

Su expresión cambió apenas.

—Entrégamelo.

—Ya no existe.

El custodio se levantó.

—Había un fragmento con una imagen. Mara Ansel aparecía junto al rey la noche del asesinato.

Elian no pareció sorprendido.

Eso me asustó más que cualquier pregunta.

—Sal de aquí —le ordenó al custodio.

—Pero el maestro Veyr pidió—

—Yo informaré al maestro.

El hombre miró la celda, luego mi guante ensangrentado.

—El prisionero la llamó pequeña alondra.

Elian se volvió hacia la puerta cerrada.

—¿Lo hizo?

Darian respondió desde dentro.

—También la llamaría hermosa, pero parece susceptible a los cumplidos.

El calor que me recorrió no pertenecía al corte.

—Ignóralo —dije.

—Lo intento desde antes de que nacieras —contestó Elian, demasiado seco.

El custodio se marchó murmurando que un tercer rango merecía respeto. Cuando sus pasos desaparecieron, Elian me sujetó la muñeca.

El dolor me hizo jadear.

Del otro lado de la puerta, las cadenas sonaron con violencia.

—Suéltala —dijo Darian.

Elian alzó la vista.

—No sabía que los condenados daban órdenes.

—No sabía que los capitanes necesitaban lastimar mujeres para formular preguntas.

—No me está lastimando —mentí.

Ambos guardaron silencio.

Mi pulso se aceleró bajo los dedos de Elian. Al mismo tiempo sentí otra mano imaginaria cerrándose sobre mi cadera, grande, caliente, posesiva.

Darian.

La sensación nació dentro de mí y bajó lentamente por mi vientre. No era un recuerdo completo, sino la respuesta de su cuerpo a tener a otro hombre tocándome.

Retiré el brazo.

—Necesito ir al taller.

Elian observó mi rostro.

—Estás roja.

—Estoy perdiendo sangre.

—Eso suele palidecer a la gente.

—Qué útil tu formación militar.

Darian rió otra vez.

—Me agrada el capitán.

—El sentimiento no es mutuo —respondió Elian.

Me acompañó hasta el taller sin pedirme permiso. Cerré la puerta, encendí las lámparas y deposité la bandeja sobre la mesa. Elian permaneció frente a la salida.

—Abre la mano.

—No.

—Liora.

—Capitán.

—No conviertas esto en una competencia.

—Llegaste nueve años tarde para pedir eso.

Durante nuestra infancia, Elian y yo habíamos competido por todo: trepar muros, robar ciruelas, soportar castigos. Después ingresó a los Custodios y dejó de visitar nuestra casa. Dos semanas más tarde, se llevaron a mi madre.

Nunca le pregunté si ambas cosas estaban relacionadas.

Abrí el guante.

La sangre estaba allí.

El fragmento no.

Elian tomó mi palma y la giró hacia la lámpara. En el centro del corte brillaba una línea negra bajo la piel.

—¿Dónde está la piedra?

—Cayó en el corredor.

—No.

Presionó alrededor de la herida. La línea se movió.

Sentí una respiración masculina contra mi oído, aunque Darian estaba dos pisos debajo. Después llegó una imagen suelta: sus manos recorriendo mi espalda desnuda, mi boca abierta bajo la suya.

Me aparté con tanta fuerza que choqué contra el banco.

Elian frunció el ceño.

—¿Qué viste?

—Nada.

—Estabas mirándolo a él.

—No estaba aquí.

—Eso no responde.

Busqué unas pinzas.

—La piedra entró bajo la piel. La sacaré.

—Espera al maestro Veyr.

—El maestro informará a Cássara.

—Es su obligación.

—¿Y la tuya?

Elian sostuvo mi mirada.

—Mantenerte viva, aunque te empeñes en facilitarme el fracaso.

Introduje las pinzas en el corte. El dolor me dobló los dedos, pero no encontré vidrio. La línea negra avanzó hacia mi muñeca.

Al mismo tiempo sentí el cuerpo de Darian tensarse contra las cadenas. No por dolor.

Por deseo.

Su respiración se mezcló con la mía. El recuerdo imaginado de su boca descendió por mi cuello. Apreté las piernas y odié saber que él podía sentir mi reacción.

—Deja de hacerlo —murmuré.

Elian se acercó.

—¿A quién hablas?

Antes de responder, las campanas de la Casa de los Ecos sonaron tres veces.

Alarma de memoria robada.

Elian desenvainó la espada.

—El registro acaba de detectar una extracción no autorizada.

La línea negra alcanzó mi pulso y desapareció bajo la manga.

—No robé nada.

El taller respondió con un murmullo de cristales. Decenas de recuerdos vibraron dentro de sus cajas y proyectaron rostros sobre las paredes. Todos giraron hacia mí al tiempo. Algunos lloraban. Otros pronunciaban nombres que no alcancé a reconocer.

Uno de ellos tenía la voz de mi madre.

—Corre, pequeña alondra.

Elian también la oyó. Su mano abandonó mi brazo como si se hubiera quemado.

—Falta un fragmento.

—Se destruyó.

Elian me tomó del antebrazo. Esta vez no apretó.

—Liora, escucha con atención. Los cristales no entran en la sangre por accidente.

La puerta del taller se abrió. El maestro Veyr apareció acompañado por cuatro custodios y sostuvo un instrumento de rastreo que apuntó directamente hacia mi pecho.

—No busquen el fragmento —ordenó—. La memoria del príncipe ya eligió un nuevo recipiente.

Me quedé inmóvil.

Veyr sonrió sin alegría.

—Arresten a Liora Ansel. Desde este momento, ella es la celda de Darian Valcor.

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