Capítulo 4 4

—Si me encadenan, el prisionero sentirá cada golpe.

El maestro Veyr no bajó el instrumento de rastreo. La aguja de cobre seguía apuntando a mi pecho, temblando al ritmo de un pulso que no era solo mío.

—Eso está por comprobarse —respondió.

—Podemos comprobarlo con usted.

Elian ocultó una risa detrás de una tos. Los cuatro custodios no parecieron compartir su entusiasmo.

Veyr levantó dos dedos.

—Sujétenla.

Los hombres avanzaron.

El dolor llegó antes de que me tocaran. Una presión brutal cerró mis muñecas, como si las cadenas de Darian acabaran de apretarse varios pisos debajo. Mis rodillas fallaron.

Elian me sostuvo por la cintura.

Del otro lado del vínculo apareció una sensación distinta: la palma de Darian recorriendo el mismo lugar donde Elian me tocaba. No era una caricia real, pero mi cuerpo reaccionó con un calor absurdo.

—Retira la mano —murmuré.

Elian me soltó.

—Estabas cayendo.

—Puedo caer sola.

—Una habilidad admirable.

Veyr chasqueó la lengua.

—La memoria del príncipe está contaminando su conducta.

—Mi conducta ya era desagradable antes de conocerlo.

—Eso puedo confirmarlo —dijo Elian.

Le lancé una mirada. Eligió el peor momento para recordar que alguna vez fuimos amigos.

Los custodios me colocaron grilletes de cobre. El metal se cerró sobre mis muñecas y, desde la celda trece, Darian gruñó dentro de mi cabeza.

No escuché su voz con los oídos. La sentí detrás de los dientes.

No permitas que Veyr te lleve arriba.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué ocurre? —preguntó Elian.

—Nada.

Mientes peor cuando él te mira.

Apreté la mandíbula.

—¿Puede oírnos? —preguntó Veyr.

—No.

La aguja del rastreador giró con violencia.

—Interesante.

Veyr se acercó y apoyó el artefacto bajo mi garganta. Olía a tinta vieja y alcanfor. Había sido mi maestro durante seis años, el hombre que me enseñó a reparar recuerdos sin romper a sus dueños. Ahora me observaba como una caja que deseaba abrir.

—Dime qué dijo Darian.

Escuchar el nombre pronunciado sin precaución hizo callar incluso a los cristales.

—Así que sabe quién es.

—Sé quién fue.

—Él afirma que sigue siendo príncipe.

—Los muertos suelen conservar títulos imaginarios.

Dentro de mí, Darian soltó una risa seca.

Dile que su calvicie tampoco figura en los registros oficiales.

Miré la frente de Veyr.

—No.

—¿No qué?

—Nada.

Elian se aclaró la garganta.

—Tal vez convenga llevarla con el prisionero. Si la conexión es real, la distancia podría desestabilizarla.

Veyr lo estudió.

—Qué preocupación tan repentina, capitán.

—Prefiero que no explote dentro de mi cuartel.

—Romántico —murmuré.

Elian me miró de lado.

—Intento conservar mi reputación.

Veyr ordenó que me condujeran al nivel inferior. Bajamos entre corredores húmedos mientras los grilletes raspaban mi piel. Cada escalón acercaba el pulso de Darian. También otras cosas.

Su respiración.

La tensión de sus hombros.

El deseo inconveniente que despertaba cada vez que Elian caminaba demasiado cerca de mí.

No sabía si aquello era suyo o mío. La duda era peor.

Cuando abrieron la celda trece, Darian estaba de pie. Las cadenas tiraban de sus brazos, pero ya no fingía debilidad. Sus ojos recorrieron los grilletes, después el brazo de Elian junto al mío.

—Te pedí que no dejaras que te llevaran arriba.

Veyr sonrió.

—Entonces pueden comunicarse.

—También puedo comunicarme con ratas —dijo Darian—. No significa que quiera compartir sangre con ellas.

—Su humor permanece intacto.

—Es lo único que no supiste extraer.

Veyr entró. Elian me colocó contra la pared opuesta, pero Darian tensó las cadenas.

—No la pongas allí.

—¿Por qué? —preguntó Elian.

—La piedra detrás de su cabeza está suelta.

Elian revisó el muro. Una pieza cayó al tocarla.

—Podías haberlo dicho sin ordenar.

—Podías haber mirado antes de pegarla contra una pared.

—No la pegué.

—Tu imaginación carece de ambición.

—Basta —dije.

Ambos me miraron.

Elian ajustó los grilletes y sus dedos rozaron mi muñeca. La reacción de Darian llegó como una descarga que descendió por mi vientre.

—Si vuelves a tocarla así, te romperé la mano —dijo.

—Está encadenado —respondió Elian.

—Eso vuelve la amenaza más creativa, no menos seria.

—No soy propiedad de ninguno —intervine.

Darian sostuvo mi mirada.

—Nunca dije que lo fueras.

—Tu cuerpo discrepa.

Elian carraspeó.

—Agradecería no participar en esa conversación.

—Entonces aléjate —repuso Darian.

—Estoy custodiándola.

—La estás oliendo.

—No la estoy oliendo.

—Desde aquí parece una elección personal.

A pesar del miedo, se me escapó una risa. Veyr me observó como si fuera otro síntoma de infección.

—El vínculo puede producir falsa intimidad —explicó—. La mente confunde sensaciones compartidas con confianza.

—Perfecto —dije—. Además de prisionera, ahora soy víctima de una decisión química.

—No pareces una víctima —murmuró Darian.

—Y tú no pareces un príncipe.

—Porque me quitaron la corona.

—También la camisa.

Su sonrisa volvió, lenta.

—Eso parece molestarte menos.

Veyr disfrutó demasiado del intercambio.

—El vínculo amplifica impulsos. Dolor, miedo, hambre, excitación.

Elian volvió el rostro hacia Darian.

Yo quise enterrarme bajo el suelo.

—No siento nada de eso —mentí.

Darian arqueó una ceja.

El rastreador vibró en manos de Veyr.

—La verdad será difícil para ti, Liora.

—Sobreviviré.

—No necesariamente.

Sacó una hoja estrecha de plata.

Darian dejó de sonreír.

—No la cortes.

—Necesito comparar su sangre.

—Usa la mía.

—La tuya ya no responde a los sellos reales.

Veyr tomó mi mano. La hoja rozó la palma herida y el dolor atravesó el vínculo. Darian tiró de las cadenas con fuerza suficiente para arrancar polvo del techo.

—Te advertí.

—¿Qué harás? —preguntó Veyr—. ¿Morir con mayor agresividad?

La plata abrió mi piel.

Darian rugió.

Las lámparas se apagaron.

Durante un segundo, la celda desapareció y vi otro lugar: un dormitorio amplio, cortinas abiertas al mar, Darian más joven sentado en una cama. Una muchacha de cabello oscuro estaba frente a él.

Yo.

No la niña del recuerdo. Yo como era ahora.

Él le quitaba lentamente una cinta del vestido.

La visión me golpeó con una oleada de deseo tan intensa que apoyé la espalda en el muro.

Cuando las lámparas volvieron, Darian me observaba con la misma sorpresa.

—¿Qué viste? —preguntó Elian.

—Nada.

—Ella —dijo Darian.

Quise asesinarlo.

Veyr recogió una gota de mi sangre y la dejó caer sobre el sello de los siete clavos. El metal se abrió como una flor.

Todos guardaron silencio.

Solo la sangre de la familia real podía hacerlo.

—Eso es imposible —susurró Elian.

—No —dijo Veyr—. Es exactamente lo que Mara planeó.

Retiré la mano.

—Mi madre no pertenecía a la casa Valcor.

—No hablaba de tu madre.

Darian bajó la mirada hacia el sello abierto.

Por primera vez, pareció asustado.

—Liora, no escuches.

Veyr sostuvo mi mentón.

—La noche en que murió el rey, Darian no intentó salvarte de Cássara. Intentó impedir que recordaras quién eras.

—Cállate —ordenó Darian.

—¿Quién soy?

Veyr sonrió.

—La última hija del rey Aldren.

Sentí que el suelo se movía.

Darian cerró los ojos.

—Eso es mentira.

—Pregúntale a tu príncipe por qué te reconoció antes de que dijeras una palabra.

Lo miré.

—¿Quién soy para ti?

Darian abrió los ojos, y la respuesta llegó con una calma que me hizo más daño que un grito.

—La mujer a la que juré matar antes de permitir que heredara el trono.

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