Capítulo 5 5
—Si juraste matarme, empieza por explicar por qué me salvaste cuando era niña.
Darian sostuvo mi mirada desde el otro lado de la celda. Las cadenas todavía tiraban de sus muñecas, pero ya no parecía un prisionero. Parecía un hombre calculando cuántas verdades podía permitirse antes de perderlo todo.
—No te salvé.
—Me sacaste del salón del trono.
—Te saqué del alcance de Cássara.
—Eso suele llamarse salvar.
—También puede llamarse proteger una pieza antes de decidir cómo usarla.
El golpe fue limpio. No porque creyera sus palabras, sino porque una parte de mí temía que fueran ciertas.
Veyr guardó la hoja ensangrentada.
—La sangre real ha despertado. Debemos llevarla ante la emperatriz.
Elian se interpuso.
—No mientras esté vinculada al prisionero.
—El vínculo puede romperse.
Darian tensó las cadenas.
—Si intentas separarnos, ella perderá los recuerdos que todavía conserva.
—¿Y tú cómo sabes eso? —pregunté.
—Porque ya ocurrió una vez.
El silencio cayó sobre la celda.
Veyr sonrió.
—Ahí tienes otra verdad que tu príncipe olvidó mencionar.
—No es mi príncipe.
—Eso ha sonado decepcionado —dijo Darian.
—Eso ha sonado como una amenaza.
—Tus amenazas suelen venir con menos ropa entre nosotros.
Elian cerró los ojos.
—Voy a fingir que no escuché eso.
—Excelente entrenamiento para custodio —replicó Darian.
Yo habría respondido, pero una campana grave resonó sobre nuestras cabezas. Una, dos, tres veces. No era la alarma de memoria robada.
Era la llamada de la corona.
Veyr palideció.
—La emperatriz viene hacia la Casa de los Ecos.
Elian maldijo.
—¿Quién informó?
—El rastreador lo hizo al abrirse el sello real.
Me miraron como si hubiera convocado un ejército con una gota de sangre.
—No pienso arrodillarme ante Cássara —dije.
—No tendrás oportunidad —respondió Veyr—. Al descubrir quién eres, ordenará tu Desmemoria.
Darian dejó escapar una risa amarga.
—No. Hará algo peor.
—¿Qué?
—Te conservará.
El modo en que lo dijo me erizó la piel.
Veyr ordenó a los custodios preparar el traslado. Dos hombres soltaron las cadenas de Darian del muro, sin retirarlas de sus muñecas. Otro intentó sujetarme del brazo.
El dolor estalló en Darian antes de que el hombre me tocara. Lo sentí como una oleada caliente bajo la piel.
—No la agarres —gruñó él.
—No das órdenes aquí.
El custodio cerró los dedos sobre mí.
Darian lo derribó con las cadenas. Fue un movimiento rápido, brutal y torpe por el espacio reducido. Elian desenvainó la espada, Veyr retrocedió y yo terminé contra el pecho de Darian.
Sus brazos encadenados quedaron alrededor de mi cuerpo.
La celda desapareció por un segundo.
Sentí su respiración en mi cuello, el calor de su torso contra mi espalda y una reacción física que ninguno de los dos podía fingir. Él apretó los dientes.
—Deja de sentir eso —susurré.
—Díselo a tu cuerpo.
—Es tu deseo.
—El tuyo tiene peor educación.
Me volví dentro de sus brazos. Mala decisión. Su boca quedó demasiado cerca y el vínculo abrió una imagen: yo contra el muro, sus manos bajo mi vestido, mi nombre pronunciado como una orden rota.
Aparté la cara.
—No vuelvas a mostrarme eso.
—No controlo lo que imaginas.
—Era tu recuerdo.
—Era una posibilidad.
Elian colocó la espada entre nosotros.
—Se terminó.
Darian me soltó despacio, sin apartar los ojos.
—El capitán está celoso.
—El capitán está cansado de tus provocaciones.
—Llevas años cansado de mí y todavía no has aprendido a dejar de mirarla como si te perteneciera.
Elian apoyó la punta de la espada contra su garganta.
—No sabes nada de nosotros.
—Sé que ella dejó de confiar en ti mucho antes de entrar en mi celda.
La frase golpeó a Elian donde debía. Bajó la espada, pero no respondió.
Veyr recuperó el control.
—Basta. La emperatriz estará aquí en minutos. Tenemos que completar la Desmemoria antes de que descubra el vínculo.
—¿Completarla sobre quién? —pregunté.
—Sobre Darian.
Darian no pareció sorprendido.
Yo sí.
—Acaba de decir que separarnos podría destruir mis recuerdos.
—También puede impedir que la corona te utilice. Si él desaparece, el vínculo perderá su ancla.
—Y si no funciona.
—Entonces tú desaparecerás con él.
La sencillez de Veyr me dio náuseas.
—No voy a permitirlo.
—No te corresponde decidir.
Darian soltó una carcajada sin humor.
—Ahí tienes a tu maestro. Siempre tan dispuesto a salvar personas sin preguntar si desean sobrevivir de esa forma.
Veyr me entregó la aguja de plata.
—Tú debes hacerlo. El vínculo rechazará cualquier otra mano.
Miré el instrumento.
—No.
—Si Cássara entra y encuentra al heredero vivo junto a la hija de Aldren, ambos serán llevados al palacio.
—Mi madre está allí.
—Precisamente.
Darian inclinó el rostro.
—Hazlo, Liora.
Lo miré.
—¿Quieres que te borre?
—Quiero que la emperatriz no pueda usarte.
—No confundas sacrificio con permiso.
—No tenemos tiempo.
—Llevas ocho años esperando. Puedes soportar cinco minutos más.
Algo cambió en sus ojos.
Elian se acercó a mí.
—Puedo ayudarte a sacarlo por el corredor norte.
—Ese corredor está sellado —dijo Veyr.
—No para un capitán.
—¿Desde cuándo traicionas a la corona?
Elian miró mi muñeca marcada.
—Desde que la corona decidió que Liora era un recipiente.
Darian observó al capitán con nueva atención.
—Al fin dices algo útil.
—No te acostumbres.
La campana sonó otra vez, ahora acompañada por puertas que se abrían arriba. La escolta imperial había entrado.
Veyr tomó la aguja de mi mano.
—Entonces elegiré por ustedes.
Darian se lanzó contra él. Elian interceptó a los custodios. La celda se llenó de metal, gritos y cristales rotos.
Yo vi el sello de los siete clavos abierto en el suelo.
La sangre real podía abrirlo.
También podía cerrarlo.
Me arrodillé y presioné la palma herida contra el metal. Una luz negra recorrió las paredes. Todas las puertas del nivel inferior se cerraron al mismo tiempo.
Darian cayó de rodillas.
La marca bajo mi piel ardió. Durante un instante vi una ceremonia nocturna: dos niños frente a un altar, Mara sosteniendo una corona diminuta y el rey Aldren colocando mi mano dentro de la de Darian. Él tendría quince años. Yo apenas siete.
El recuerdo se quebró antes de escuchar los votos.
—Acabo de vernos juntos —dije.
Darian cerró los ojos.
—No era el momento para recordarlo.
—¿Nos comprometieron?
—Nos condenaron.
Veyr intentó alcanzar el sello, pero una descarga lo lanzó contra la pared. Elian lo sujetó antes de que cayera sobre los cristales.
—La salida está despertando —advirtió él—. Decidan ahora.
El dolor me atravesó junto con él.
—¿Qué hiciste? —gritó Elian.
—Compré tiempo.
Veyr miró el sello y después la escalera bloqueada.
—Cerraste la Casa de los Ecos desde dentro. Nadie podrá salir.
—La emperatriz tampoco podrá entrar.
—Hay otra puerta —dijo Darian.
Lo miré.
—¿Dónde?
Él señaló el muro detrás de la mesa.
—Tu madre la construyó para sacar recuerdos prohibidos. Solo se abre con dos sangres reales.
Veyr palideció.
—Darian, no.
El príncipe extendió hacia mí las manos encadenadas.
—Puedes borrarme y esperar a Cássara, o puedes confiar en el hombre que juró matarte.
Tomé la aguja.
—Dame una razón.
Darian acercó su rostro hasta rozar mi frente.
—Porque el juramento no era matarte, Liora. Era casarme contigo antes de que alguien más reclamara tu corona.
