Capítulo 5 5

Capítulo 5

Desperté con una sonrisa boba y las piernas todavía temblándome, como si la noche anterior hubiera sido un sueño del que no quería salir.

Me estiré en la cama abrazando la almohada. Donnato me había tocado. Me había besado. Me había dicho "preciosa" con esa voz ronca que me deshacía entera.

Bajé casi bailando las escaleras, con el corazón hecho un revoltijo de mariposas, lista para verlo en la cocina con su seriedad de cirujano preparando el desayuno.

La cocina estaba vacía.

Había una taza sucia en el fregadero y una nota sobre la barra, con su letra firme y cuadrada:

"Asuntos urgentes. Come algo. El chófer te llevará a la universidad. No salgas sin escolta."

Ni un "buenos días". Ni un "preciosa". Ni siquiera mi nombre.

Leí la nota tres veces buscando algo entre líneas, algún rastro de lo que había pasado entre los dos, pero no había nada. Era la nota de un tutor a su protegida. La nota de un tío.

Sentí un nudo en la garganta y lo tragué junto con un pedazo de pan tostado que me supo a cartón.

—Buenos días, señorita —saludó el chófer, abriéndome la puerta de la camioneta—. El señor salió antes del amanecer. Estaba de muy mal humor.

—¿Mal humor?

—No durmió, creo. Rompió un vaso en la oficina.

Me quedé mirando por la ventana todo el camino. ¿Mal humor por qué? ¿Por culpa, por arrepentimiento, por lo que hicimos? O quizás lo que hizo era exactamente lo que dijo: una lección, un capricho de una tarde, y ahora tenía que enfrentar el error de haberse acercado a la hija de su mejor amigo.

Y tenía una novia. Bianca, con sus curvas perfectas y su risa de cristal, con un anillo que pronto tendría en el dedo.

Las clases pasaron como una película de fondo. Mara me preguntó tres veces si estaba bien y tres veces le mentí. Bruno intentó acercarse en el pasillo, pero la mirada del escolta que me seguía a dos metros de distancia bastó para que cambiara de rumbo, y por primera vez agradecí que me trataran como a una muñequita de porcelana.

Pero esa tarde, mientras salía de la universidad, algo dentro de mí se rebeló.

Llevaba 21 años siendo la hija perfecta. La que obedecía, la que no se enfrentaba a nadie, la que esperaba pacientemente que alguien decidiera por ella.

Y estaba cansada de esperar.

—Lléveme a una tienda —le dije al chófer.

—El señor dijo que directo a casa.

—El señor no está aquí. Y yo soy una invitada, no una prisionera.

Me miró por el retrovisor, dudó, y suspiró.

—Solo una tienda, señorita.

Regresé a la mansión con una bolsa pequeña que no dejé que nadie viera y me encerré en mi habitación. Me di un baño largo, con espuma y sales, y me depilé y me perfumé con cuidado, como quien se prepara para una batalla.

Me puse la lencería roja. Esa que él eligió para mí, la de encaje, la de la abertura que me hacía sentir peligrosa. Sobre ella, un abrigo largo de lana color camello que me llegaba a las rodillas.

Me miré en el espejo. Las mejillas rojas, los ojos brillantes, el pelo suelto sobre los hombros.

—Ya no eres una niña, Natalia —me dije—. Demuéstraselo.

Ya era de noche cuando oí el motor de su camioneta en la entrada. Me quedé quieta en lo alto de la escalera, escuchando sus pasos en el vestíbulo, el tintineo de las llaves, la voz grave dando órdenes a los escoltas.

Cuando pasó frente a mi puerta ni siquiera se detuvo.

Se fue directo a su oficina y cerró con un portazo.

Esperé cinco minutos. Los conté uno por uno con el corazón a punto de salírseme del pecho. Después bajé descalza, con el abrigo bien cerrado, y empujé la puerta de su oficina sin tocar.

Estaba de pie junto al ventanal, de espaldas, con una copa de whisky en la mano y el saco tirado sobre el sofá, ese sofá donde lo vi gemir mi nombre.

—Te dije que no salieras sin escolta —dijo sin voltear.

—No salí sin escolta. Salí con el chófer y con dos hombres que ahora están afuera aburridos.

—Natalia, vete a dormir.

—No.

Se giró despacio. Tenía la camisa arremangada, la mandíbula tensa, ojeras marcadas y esos ojos oscuros que parecían no haber dormido en una semana.

—No estoy de humor.

—Ya lo noté. Rompiste un vaso. Y me dejaste una nota como si fuera tu sobrina.

—Eso es lo que debería ser para mí.

—Pero no lo soy —di un paso hacia él—. Y tú lo sabes.

Dejó la copa sobre el escritorio con demasiada fuerza.

—Lo de ayer fue un error. Me dejé llevar, me pasé de la raya y no volverá a pasar. Tengo una prometida, tengo un pacto con tu padre y tengo un deber contigo.

—¿Un deber? —sonreí—. Qué curioso, ayer no parecías estar cumpliendo ningún deber.

—Natalia...

—Dime que no lo quisiste. Dime que no pensaste en mí anoche. Dime que no te fuiste huyendo esta mañana porque tenías miedo.

—No tengo miedo de nada.

—Entonces mírame.

Se quedó en silencio. Yo desabroché el primer botón del abrigo. Luego el segundo. Sus ojos siguieron mis dedos como un animal siguiendo a su presa.

—No te atrevas —susurró.

—Solo estoy tomando algo de aire.

El tercer botón. El cuarto. Su respiración se hizo pesada, y yo sentí cómo el poder cambiaba de lugar dentro de la habitación, cómo la niña por fin era quien tenía la ventaja.

Dejé que el abrigo resbalara por mis hombros y cayera al suelo.

Se le escapó una maldición en italiano entre los dientes. Recorrió mi cuerpo con la mirada, lento, sin disimular: el encaje rojo, la piel descubierta, mis piernas desnudas. Tragó saliva y vi cómo se le marcaba la nuez.

—Eres una pequeña... —apretó los puños— ...traviesa.

—Y tú, un mentiroso.

En dos zancadas cruzó la oficina, me agarró de la cintura con una mano y con la otra me sujetó la nuca. Me besó como un hombre que llevaba un día entero peleando contra sí mismo y acababa de perder.

Fue un beso profundo, hambriento, con sabor a whisky y a rabia. Me colgué de su cuello y él me levantó como si no pesara nada, sentándome sobre el escritorio, derribando papeles y una pluma que rodó por el suelo.

—Me vuelves loco —gruñó contra mi boca—. Llevo todo el día intentando olvidarte y no puedo.

—Entonces no lo hagas.

Sus manos recorrieron mi espalda, mis costados, mis muslos, marcando cada centímetro como si quisiera aprenderlo de memoria. Yo le desabotoné la camisa con dedos torpes y por fin toqué esos tatuajes que tanto había soñado, la piel caliente, el corazón desbocado bajo mi palma.

—Dímelo —le pedí—. Dime que me deseas.

—Te deseo —murmuró en mi cuello, mordiéndolo suave—. Te deseo tanto que me duele, Natalia.

Un gemido se me escapó cuando su boca bajó por mi clavícula, siguiendo el borde del encaje. Me arqueé hacia él, perdida, entregada, sintiendo que todo el mundo se reducía a esa oficina y a sus manos.

Pero entonces se detuvo. Apoyó la frente contra la mía, jadeando.

—Tenemos que parar.

—No quiero parar.

—Yo tampoco. Y por eso tenemos que hacerlo.

Lo abracé más fuerte.

—¿Y si me quedo aquí? ¿Solo un momento más?

Cerró los ojos, vencido, y me apretó contra su pecho. Estuvimos así un rato largo, respirando al mismo ritmo, en un silencio que decía más que todas las palabras.

—Levántate —me dijo al fin, suave—. Necesito ponerme una camisa que no tenga tus manos encima.

Me reí bajito y me bajé del escritorio, buscando el abrigo. Mientras él se acomodaba, mi mirada se fue, sin querer, al cajón entreabierto de su escritorio, el que se había movido con el golpe de mi cuerpo.

Y ahí, doblado con una delicadeza absurda, estaba mi conjunto de encaje negro. El que había perdido hacía dos días en la lavandería de su casa y creí extraviado. Junto a él, las bragas que me quité ayer, y la pantaleta de la lencería roja que había desaparecido de mi habitación.

Sentí que me ardían las mejillas.

—Donnato...

Él siguió mi mirada, y por primera vez en toda la noche lo vi enrojecer de vergüenza.

—Puedo explicarlo.

—¿Tienes una colección?

—No es... —se pasó la mano por el pelo, incómodo—. Es que... Natalia, es más complicado de lo que crees.

—Me parece bastante sencillo —dije con una sonrisa que no pude contener—. Eres un pervertido.

—Y tú eres mi perdición.

Estaba a punto de responderle cuando su celular vibró sobre el escritorio. En la pantalla, iluminando el cristal, apareció un nombre que nos congeló a los dos.

Enzo (Papá)

Donnato me hizo un gesto para que guardara silencio y se compuso la camisa antes de contestar, como si mi padre pudiera verlo a través de la línea.

—Enzo, hermano. ¿Todo bien en Londres?

Yo me quedé quieta con el abrigo apretado contra el pecho, pero la voz de papá era tan fuerte que se escuchaba incluso sin el altavoz.

—Todo mejor de lo que esperaba. Hablé con el líder del Clan Andrade y tenemos un acuerdo. Pero necesito pedirte algo importante, Donato.

—Dime.

—Es sobre Natalia.

Mi estómago se cayó al suelo. Donnato me miró de reojo, con el rostro rígido.

—¿Qué pasa con ella?

—Los Andrade quieren sellar el pacto con algo más que palabras. Su heredero, Matteo, está interesado en mi hija. Quiere casarse con ella.

El silencio que siguió fue tan pesado que sentí que el aire se acababa.

—¿Casarse? —repitió Donnato con una voz irreconocible.

—Es la única manera de garantizar la paz. Lo pienso, lo pienso, y creo que es lo mejor para Natalia. Estará protegida, a salvo, con un hombre poderoso. Vuelvo en tres semanas, y quiero que ella lo conozca.

Vi cómo los nudillos de Donnato se ponían blancos sobre el teléfono. Su mirada encontró la mía y en ella no había miedo, sino algo mucho más peligroso.

—Enzo... —dijo despacio—. Natalia no es una mercancía.

—Ya lo sé, hermano. Pero también sé que tú harías lo mismo por tu hija.

Donnato cerró los ojos, y yo entendí, con una claridad que me heló la sangre, que esa guerra que él tanto temía provocar acababa de empezar, y que esta vez no dependía solo de nosotros.

—Hablaremos cuando vuelvas —dijo por fin, y colgó.

Nos quedamos en silencio, mirándonos, con el eco de la voz de papá flotando entre los dos.

—No voy a casarme con nadie —susurré.

Donnato se acercó, me tomó el rostro con las manos y me miró con una intensidad que me quitó el aliento.

—Claro que no —dijo—. Antes de dejar que otro hombre te ponga una mano encima, incendio Verona entera.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo