Capítulo 6 6

Capítulo 6

Dormí tres horas, y en cada una soñé con lo mismo: sus manos, su voz, su amenaza de incendiar Verona entera.

A la mañana siguiente, Donnato no se fue. Estaba en la cocina cuando bajé, con la camisa bien planchada y el café en la mano, y esta vez sí me miró. Fue una mirada larga, cargada, de esas que te recorren entera y te dejan las rodillas flojas.

—Buenos días, preciosa.

Me sonrojé hasta las orejas.

—Buenos días.

—Hoy va a venir Bianca —dijo, como quien anuncia una tormenta—. Quiere cenar aquí. Necesito que te comportes.

—Yo siempre me comporto.

—Ese es el problema —sonrió de lado—. Cuando te comportas, me provocas más, me dan ganas de enseñarte a portarte mal.

No alcancé a responder porque el chófer apareció en la puerta, y Donnato volvió a ser el Don, frío y distante, como si nada hubiera pasado.

Esa noche me puse un vestido azul discreto, de manga larga, sin escote, el más aburrido de mi maleta. Si Bianca quería conocer a la "dulce Barbie", iba a encontrarse con una colegiala modelo.

Y funcionó, al menos al principio.

—¡Natalia, cariño! —Bianca me abrazó con un perfume tan intenso que casi me mareó—. Mírate, qué bonita. Te ves tan... tierna, definitivamente aún eres una pequeña.

Tierna. Sonreí con los dientes apretados, odiaba que me vieran de esa manera, era una mujer, la misma que el Don deseaba hasta los huesos.

Cenamos en el comedor largo, de mármol y madera oscura. Donnato en la cabecera, Bianca a su derecha, hablando sin parar de flores, del salón, del vestido de novia que se hacía en Milán. Yo a su izquierda, cortando la carne en trozos cada vez más pequeños.

—¿No crees que las rosas blancas serían mejores, amore?

—Lo que tú prefieras. —dijo el seco.

—Y la luna de miel. Estoy pensando en Bali, o en las Maldivas, ¿tú qué opinas, Natalia? ¿A dónde irías tú?

—A cualquier lugar donde tenga escoltas —respondí.

Bianca rio como si hubiera dicho un chiste. Donnato bebió su vino, disimulando una sonrisa.

Fue entonces cuando sentí algo sobre mi rodilla.

Me quedé congelada con el tenedor a medio camino. Bajo el mantel, su mano se había apoyado en mi pierna, grande, caliente, firme. La misma mano que la noche anterior había estado en mi cintura.

Lo miré de reojo. Él seguía escuchando a Bianca con una expresión perfectamente neutral, como si su mano no hubiera cobrado vida propia.

—Y creo que deberíamos invitar a tu socio de Nápoles, ¿no, cariño?

—Claro —dijo él.

Su mano subió despacio por mi muslo, sobre la tela del vestido, sin prisa, con una calma cruel. Yo apreté las piernas, y él me las separó con los dedos, un centímetro, dos, con una autoridad silenciosa que me hizo contener el aliento.

—¿Estás bien, Natalia? Estás muy roja —preguntó Bianca frunciendo el ceño.

—Es el vino —tosí—. Me subió un poco, no bebo mucho.

—Bebe agua, entonces —dijo Donnato con voz serena, y me pasó su vaso con la mano libre. —Quizas te refresque sentir la garganta húmeda.

Bebí, mirándolo. Él sostuvo mi mirada sin pestañear, con un brillo en los ojos que era pura provocación. Bajo la mesa, sus dedos seguían dibujando círculos lentos sobre mi piel, provocándome, descolocándome, recordándome que aquí mandaba él.

Bianca se levantó a contestar una llamada en el salón, y en cuanto sus tacones se alejaron, me incliné hacia él con el corazón en la garganta.

—Estás loco —susurré.

—Tú empezaste, te dije que este juego no lo pienso detener

—¡Ella está a diez metros!—le dije nerviosa

—Entonces habla más bajito, pequeña traviesa, y no gimas porque se van a dar cuenta.

Retiró la mano justo cuando los tacones regresaron. Yo quedé temblando, con la piel ardiendo, sabiendo que esa noche no iba a dormir otra vez.

Los días siguientes fueron una tortura deliciosa. Donnato encontraba pretextos para rozarme en los pasillos, para pasarme la sal con los dedos sobre los míos, para mirarme desde el otro lado de una habitación mientras hablaba con otros hombres. Yo me volví experta en fingir que nada pasaba, y él, en romper mis defensas con una sola ceja levantada.

Hasta que llegó la noche de la cena de negocios.

—Te vas a poner esto —dijo, dejando una bolsa de una boutique sobre mi cama.

—¿Qué es? —sonrei emocionada dándole un beso en los labios.

—Un vestido. Es una cena importante, con hombres que debes impresionar, y por eso mismo tienes que verte perfecta, pero te aclaro, nada de coquetear.

—¿Perfecta para quién?

—Para nadie —respondió, con la mandíbula tensa—. Para mí, es tu única preocupación.

Me puse roja y suspiré

—Donnato... Hace mucho no me das una lección.

El me tomo del mentón y sonrió

—Hoy preciosa, mi alumna estrella recibirá una lección.

Me colgué de su cuello y lo bese, empezaba a amarlo con desesperación.

Cuando se fue, saqué el vestido. Era de seda color vino, largo hasta el suelo, con una abertura lateral que subía hasta el muslo y la espalda descubierta hasta la cintura.

Me lo puse, me solté el cabello y me pinté los labios de rojo. Al mirarme al espejo casi no me reconocí. Ya no era la niña que se escapaba por las ventanas. Era una mujer.

Donnato me esperaba al pie de la escalera, de traje negro, impecable. Al verme, se le cayó la sonrisa. Sus ojos bajaron por mi cuerpo, subieron despacio, y se quedaron clavados en los míos.

—Dios mío —murmuró, tan bajito que casi no lo escuché.

—¿Muy exagerado? —me di una vuelta para el.

—Muy peligroso para mi ¿Sabes lo que me costará detener la lección a tiempo?

—No la detengas —le di un beso en el cuello

Me ofreció el brazo, y en el camino en la camioneta no dijo una sola palabra. Iba mirando por la ventana con la mandíbula apretada, mientras su rodilla rozaba la mía como por accidente.

Se que estaba nervioso por mi.

El restaurante era un salón privado en lo alto de un hotel, de luces bajas, cristal y hombres de traje. Donnato me presentó a los socios como "la hija de mi amigo Enzo", con esa frase que ya empezaba a odiar, pero su mano en mi espalda baja, posesiva, decía otra cosa.

Los primeros tragos pasaron entre saludos y sonrisas falsas. Yo no dejaba de sentir sus ojos, aunque estuviera lejos, y cada vez que hablaba con alguien, notaba cómo los hombres me miraban a mí.

Él también lo notó.

—Ven conmigo —me dijo al oído, agarrándome de la muñeca—. Ahora.

Me llevó por un pasillo lateral, junto a los baños, silencioso y en penumbra. Abrió una puerta de servicio, comprobó que no había nadie, y me empujó suave contra la pared.

—Donnato, aquí no...

—Todos te miran —gruñó, con los ojos oscuros—. Todos. Y yo no puedo pensar en otra cosa que no sea en ti.

—Es solo un vestido.

—Es una tentación —apoyó las manos a los lados de mi cabeza—. Me estás volviendo loco.

Me besó, y esta vez no hubo dudas ni pausas. Fue un beso feroz, que me arrancó el aire, con sus manos bajando por mi espalda desnuda y su cuerpo aplastándome contra la pared.

—Nos van a ver —jadeé.

—Nadie viene por aquí.

Su mano se coló por la abertura del vestido y subió por mi muslo. Yo ahogué un gemido en su hombro. Encontró lo que buscaba, y con esa habilidad que ya conocía, empezó a acariciarme, lento, exacto, mirándome a los ojos.

—Silencio, preciosa —susurró—. O tendré que parar.

—No pares...

Me mordí el labio con fuerza mientras el placer se acumulaba, cada vez más intenso, cada vez más difícil de callar. Me aferré a su saco, temblando, escondiendo la cara en su cuello, mientras sus dedos me llevaban al borde con una paciencia cruel.

Estaba muy mojada, como era su costumbre me bajo la pantaleta y la escondio en su bolsillo.

—Mírame —ordenó, con la voz ronca—. Quiero verte venir.

Lo miré. Y cuando la ola me golpeó, me tapó la boca con la suya para ahogar mi grito. Me sostuvo con firmeza mientras mis piernas cedían, besándome despacio hasta que recuperé el aliento.

—Eres mía —susurró contra mis labios—. Aunque no pueda decirlo en voz alta. Eres mía.

Se acomodó el saco, me arregló el vestido con una ternura que contrastaba con la fiereza de hacía un momento, y me tomó del mentón.

—Ve al baño, arréglate. Yo te espero en la mesa.

Cuando regresé al salón, todavía con las mejillas encendidas, sentí que todos podían leerlo en mi cara. Donnato ya estaba sentado con los socios, tranquilo, perfecto, como si nada hubiera pasado. Solo su mirada me dijo que recordaba cada segundo.

Iba a sentarme a su lado cuando una voz profunda me detuvo.

—Así que tú eres la famosa Natalia.

Me giré. Frente a mí había un hombre alto, de unos treinta años, blanco, con el cabello peinado hacia atrás y unos ojos verdes que me recorrieron con demasiada calma. Llevaba un traje azul oscuro, un reloj que valía más que mi coche imaginario y una sonrisa de depredador.

—Matteo Andrade —tomó mi mano y la besó despacio, sin apartar la vista de mí—. Es un placer conocer por fin a mi futura esposa.

Sentí que el mundo se detenía.

A mi espalda, el sonido de una copa quebrándose contra el suelo hizo que todo el salón guardara silencio.

Cuando giré la cabeza, vi a Donnato de pie, con la mano sangrando por los cristales, y una mirada tan oscura y peligrosa que ni siquiera Matteo Andrade pudo sostenérsela.

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