Capítulo 1
Arrick Carrero
Arrick bajó la mirada hacia el teléfono que se encendía en la consola central del auto y soltó un suspiro cuando el nombre de Sophie parpadeó en la pantalla. Esa mezcla de irritación y ansiedad subió con fuerza hasta la superficie. Ya iba tarde, cosa que odiaba con locura, pero sabía perfectamente que fuera lo que fuese que ella quisiera, acabaría cediendo. Sophie tenía una manera de meterse bajo su piel, incluso cuando estaba siendo tan exasperante como en los últimos meses, y por más que lo intentara, no tenía fuerza de voluntad cuando se trataba de ella. Al golpear el panel para conectarlo al teléfono, su voz llenó el interior del auto en cuanto lo presionó.
—Arrick… ¿Arry? ¿Estás ahí?—
Arrastraba mucho las palabras, seguramente estaba demasiado borracha otra vez, y él no pudo hacer más que suspirar y contener las ganas de enfadarse con ella, imaginándola en su mente y empezando a estresarse. Detestaba saber que andaba por ahí en ese estado; que lo llamara significaba que probablemente estaba sola, y esos patéticos sujetos, los supuestos amigos de ella, la habían vuelto a dejar tirada. Su temperamento subió por dentro, el ritmo del corazón se aceleró y los músculos comenzaron a tensarse.
—Sí, Sophs, estoy aquí. ¿Dónde estás esta vez?—
Sabía por qué llamaba, necesitaba que fuera a buscarla otra vez, y al mirar la hora en el tablero soltó una maldición en voz baja.
Natasha lo estaría esperando, faltaban otros diez minutos para llegar a su departamento, y podía apostar que Sophie estaría en la dirección opuesta, de vuelta en la ciudad. Una vez más tendría que elegir entre su novia y Sophie, y todos sabían que siempre iría adonde ella lo necesitara sin dudar.
Últimamente, él y Natasha habían discutido mucho más por la cantidad de tiempo que pasaba corriendo detrás de Sophie, pero no podía evitarlo. Se sentía responsable de ella. Después de años siendo la única persona a la que ella recurría, le importaba tantísimo que la sola idea de que estuviera borracha y vulnerable en algún lugar lo hacía sudar. Sophie era una debilidad, una que nunca había entendido del todo. Lo atribuía a años de verla vulnerable, necesitada de que alguien la cuidara, y a que él era una persona protectora, que se preocupaba demasiado por lo que le pudiera pasar. Era lo más parecido a una hermana que tenía, y siempre pensó que de eso se trataba.
—Estoy en el club de Randy, sola, Arry… Perdí a todos y no encuentro mi bolso.—
Sonaba tan joven y vulnerable que fue como un golpe directo al estómago, enredándolo sin esfuerzo en su propio juego. Todo lo que le hacía falta era ese tono entrecortado para que él pudiera imaginar esos enormes ojos azules de Bambi, suaves, como de gatito herido, y esa boca perfectamente carnosa temblando, a punto de llorar. Rechinó los dientes cuando una punzada de ansiedad lo atravesó con fuerza. Sophie era joven y hermosa, demasiado hermosa, si era sincero, y un blanco perfecto para idiotas y sujetos repugnantes que tendían a buscarla. Ella atraía problemas sin siquiera intentarlo.
El club de Randy quedaba a veinte minutos en coche de vuelta. Si pasaba a buscar a Natasha primero, seguro que habría una pelea de gatas ahí dentro. A pesar de las numerosas veces que las había tenido juntas, ninguna parecía encariñarse con la otra. Tampoco le gustaba la idea de dejar a Sophie en ese lugar de mierda más tiempo del necesario, y pasar antes por Tash solo serviría para eso. No tenía energías para otra escena de “Tasha-Sophs” y ya estaba dando la vuelta en U con el coche en medio de la calle para ir de nuevo hacia donde estaba ella, sin dudarlo. Sus manos ya habían tomado la decisión incluso cuando él todavía le estaba dando vueltas en la cabeza.
Natasha lo entendería. Al principio se quejaría y se enfadaría, pero al final tendría que aceptar que Sophie siempre sería parte de su vida y que él nunca dejaría de cuidarla. Era su mejor amiga, alguien por quien llevaba seis años siendo un apoyo mientras ella se veía obligada a revivir el trauma de su infancia a manos de un padre abusivo.
Sophie era parte de él, un lazo formado a lo largo de años ayudándola a encontrar su lugar en su nueva vida, en la casa de su nueva familia adoptiva y en un entorno seguro. Hicieron clic en algún punto entre cuando ella lo miraba como si no confiara en él y quisiera que se cayera en un cráter, y la primera vez que le permitió invitarle un batido sin actuar como si quisiera pegarle una patada en las pelotas.
—Voy en camino, Sophs. Vuelve al club y quédate ahí hasta que vaya a buscarte.
Sonaba cabreado, y, joder, estaba cabreado, aunque intentara no demostrarlo. Ella se estaba metiendo demasiado seguido en ese tipo de situaciones, y ya ni siquiera le hacía caso a él ni a la razón. Le revolvía el estómago pensar en cuántos sustos o situaciones estúpidas habría pasado sin llamarlo.
Cumplir diecinueve el año pasado parecía haber activado en su cabeza el chip de que tenía que vivir al límite y salir de fiesta como hacía Leila, su hermana. Era más sencillo cuando solo era una cría, cuando salían juntos y era fácil guiarla, y se conformaba con relajarse y ver una película en vez de salir a emborracharse y acostarse con alguien. Y esa parte era algo en lo que él no se permitía pensar en absoluto; Sophie y sexo eran dos temas que nunca quería relacionar de ninguna manera y, desde luego, no tenía la menor intención de conocer a ninguno de los imbéciles con los que ella salía.
Todo era mucho más fácil cuando ella era una quinceañera de ojos enormes que lo seguía obedientemente a todos lados y lo miraba hacia arriba buscando consejo, pendiente de cada una de sus palabras. Echaba de menos a esa chica una barbaridad; pensaba en ella a menudo y añoraba los días en que los dos podían relajarse, saltar de sofá en sofá y compartir comida chatarra, disfrutando de ese tiempo juntos tan fácil y natural.
Natasha no era de nada de eso; odiaba la mayoría de las cosas que a él y a Sophie les encantaban, y que no entendiera qué veía él en Sophie solo hacía que todo fuera más tenso. No había ningún punto en común entre las dos mujeres.
