La verdadera culpable

La noche neoyorquina parecía haberse detenido en un instante de violencia contenida. El aire en el sector industrial todavía vibraba con el eco de los gritos y el estruendo de los servidores destrozados. El Lobo, dentro de su vehículo, no perdió ni un segundo. Sus dedos volaron sobre el teclado de l...

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