Dejándolo entrar

Lentamente, sin esperar nada, ella se giró para encontrarlo de pie con una sonrisa anticipada en su rostro y una caja de madera con un pestillo de cobre en sus manos. La caja era enorme, cubriendo todo su torso y pecho hasta que la colocó en la mesa de vidrio y la invitó a unirse a él.

Con la curio...

Inicia sesión y continúa leyendo