CAPÍTULO VEINTICUATRO.

La mujer regordeta nos miró de arriba abajo con un palillo entre los dientes.

—Bueno, bueno, pensé que ya había terminado de arreglar a todas las jóvenes del pueblo. ¡Parece que aún me quedan algunas caras!— Nos hizo un gesto amplio para que entráramos.

—Entren, entren, salgan de ese frío, querida...

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