CAPÍTULO TREINTA Y UNO.

La luz del sol de la mañana temprana se filtraba por la pequeña ventana cuando un fuerte golpe en la puerta nos despertó de nuestro ligero sueño. Me dolía la cabeza por no haber descansado lo suficiente y me sentía muy cansada.

—¡Chicas, tienen que levantarse y venir a la cocina ahora! —gritó la An...

Inicia sesión y continúa leyendo