CAPÍTULO TREINTA Y CINCO.

Habían pasado dos días desde que tuvo lugar la ruidosa ceremonia de apareamiento. Acababa de terminar mi sencillo desayuno esa mañana cuando decidí que lavar la ropa y darme un baño me harían bien.

Recogiendo mi pequeño montón de ropa sucia, me dirigí hacia el río para lavarla.

El paseo fue tranqu...

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