CAPÍTULO TREINTA Y SIETE.

La anciana me señaló el taburete vacío junto a la cama del enfermo con un brusco movimiento de su barbilla.

—Toma asiento aquí, niña. Puedes empezar ayudándome a moler estas hojas para hacer una pomada que baje la fiebre del joven Marcus.

—Por supuesto —respondí rápidamente, sin perder tiempo en o...

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