CAPÍTULO SETENTA Y UNO.

Mis ojos estaban cerrados y mi cuerpo sumergido en el agua de la bañera, pero aún así pude alcanzar la copa de vino que estaba frente a mí.

No podía negar el hecho de que todo había sido incómodo desde que mi leal súbdito me informó que estaba confinado en la casa y asegurado firmemente.

Tomé un s...

Inicia sesión y continúa leyendo