Capítulo 5 Mi Donna
Capítulo 5
Mientras desayunaba en el despacho de la mansión Moretti, Matías revisaba las redes sociales con el rostro serio. Las fotografías de Cassandra y Liam aparecían una tras otra: viajes exóticos, cenas elegantes y mensajes donde todos los llamaban “la pareja del año”.
Cada imagen era como sal a su herida abierta.
Giorgio entró al despacho y dejó varios documentos sobre el escritorio.
—Don, debería dejar de mirar esas fotografías. Solo se hace daño.
Matías ni siquiera levantó la vista.
—Ella finge que es feliz, me ama a mi.
—No, Don. Ella lo utilizó desde el principio.
Matías tiro el teléfono con fuerza y clavó los ojos en Giorgio.
—No vuelvas a hablar así de Cassandra, ella es una gran mujer manipulada por la víbora de su hermana.
Giorgio suspiró. Llevaba semanas intentando hacerle entender la verdad.
—¿Todavía cree que ella lo amaba?
Matías se levantó lentamente. Su cuerpo irradiaba furia.
—Estoy seguro. Todo fue culpa de Victoria. Ella hizo todo para alejarme de Cassandra.
Guardó silencio unos segundos. Un recuerdo volvió a su mente, el mismo que lo hacía débil frente a ella.
Muchos años atrás, cuando apenas era un niño, la Cosa Nostra sufrió un brutal atentado durante una reunión entre varios Don. Los disparos llenaron la casa. Todo se llenó de humo, gritos y sangre.
Él cayó al suelo mientras intentaba escapar. El pánico lo paralizaba.
Entonces una niña apareció de la nada. Lo tomó de la mano con decisión y lo sacó por una puerta trasera mientras los adultos seguían disparando. Nunca pudo ver bien su rostro, solo recordaba una pequeña pulsera de plata con un sol y una luna que llevaba en la muñeca.
Años después volvió a ver aquella misma pulsera en la mano de Cassandra durante una gala. Desde ese día estaba convencido de que ella era la niña que le había salvado la vida.
Por eso jamás perdonaría a Victoria por alejarlos. Estaba convencido de que ella había destruido el único futuro que podía hacerlo feliz.
Esa misma mañana, Victoria llegó a la notaría acompañada por su padre. Matías ya la esperaba junto a Giorgio. Nadie sonreía. El ambiente era tan tenso que se podía cortar con un cuchillo.
El notario leyó el contrato de matrimonio mientras ellos permanecían en silencio. Victoria escuchaba las palabras como si vinieran de muy lejos: “unión legal”, “derechos conyugales”, “herederos”
—Pueden firmar.
Victoria respiró antes de tomar la pluma. Firmó sin mirar a Matías. Cada trazo era como firmar su propia sentencia.
Él hizo lo mismo con mano firme y segura.
Todo terminó en menos de cinco minutos. No hubo intercambio de anillos. Ni fotografías. Ni un beso. Solo un contrato frío y un sello que lo hacía oficial.
Cuando salieron del edificio, Victoria caminó hacia su automóvil.
—¿A dónde vas? —Matías la sujetó del brazo antes de que pudiera abrir la puerta.
—A mi casa. —Matías la sujetó del brazo antes de que pudiera abrir la puerta.
—Tu casa y tú familia ahora soy yo —le dijo soberbio.
Victoria respiró hondo para controlar el enojo.
—Escúchame. Ya estamos casados. Tú puedes hacer tu vida y yo haré la mía. No tenemos por qué vivir juntos.
—Qué ingenua eres —Matías soltó una risa sin humor. —Tu ahora eres mi mujer.
Antes de que Victoria pudiera reaccionar, Matías la tomó en brazos como si no pesara nada a pesar de sus varios kilos de más.
—¡Bájame ahora mismo!
Ella comenzó a golpearle el pecho mientras intentaba soltarse. Los empleados de la notaría observaron la escena sin atreverse a intervenir.
La subió al automóvil ignorando todas sus protestas. Durante todo el camino ninguno habló. Victoria miraba por la ventana con los puños cerrados, conteniendo las lágrimas.
Al llegar a la mansión Moretti, Matías abrió la puerta del vehículo y volvió a cargarla.
—¡Suéltame!
Al entrar a la casa miró a los guardias con autoridad.
—Desde este momento la señora Moretti no puede salir de esta mansión sin mi autorización. También quiero todas sus pertenencias aquí antes del anochecer. —Todos asintieron sin cuestionar.
—
Victoria abrió los ojos con indignación.
—¡No puedes encerrarme!
Matías sonrió con arrogancia.
—Claro que puedo.
Subió las escaleras sin soltarla. Cuando llegaron al dormitorio principal, la dejó sobre la enorme cama.
Victoria se levantó de inmediato.
—No voy a quedarme aquí, no pienso vivir contigo.
Matías bloqueó la puerta con su cuerpo imponente.
—Entonces le diré a la Cosa Nostra de la traición de tu padre. No tienes opción.
Victoria lo empujó con fuerza.
—Nunca voy a ser tu esposa de verdad.
Matías la observó con rabia, aunque en el fondo le gustaba lo retadora que podía ser
—Eso lo veremos. Bienvenida a tu nueva vida… querida esposa.
Antes de que Victoria pudiera reaccionar, él tomó su rostro entre las manos y la besó a la fuerza.
Ella abrió los ojos con sorpresa. Un segundo después levantó la mano y le dio una bofetada.
¡Paf!
La bofetada resonó por toda la habitación.
Matías giró la cara por el golpe. Victoria respiraba ansiosa, temblando de furia.
—No vuelvas a tocarme.
Él pasó la lengua por el interior de la mejilla y volvió a mirarla. En lugar de enojarse, sonrió arrogante.
—Me gusta que tengas carácter porque me gusta domar bestias salvajes.
Salió de la habitación con un golpe seco.
Pasaron varias horas, Victoria lloraba sentada en la cama, tenía que salir de aquí, no podía estar atrapada con aquel mafioso.
En ese momento sonó el teléfono de Victoria. Era Leticia.
—¡Victoria! Necesito los diseños de la próxima colección. Hay varios clientes esperándolos y debo mostrárselos hoy mismo.
Victoria miró las maletas que los guardias acababan de dejar en la habitación.
—Dame unos minutos.
Abrió una de ellas y encontró los nuevos diseños de lencería. Necesitaba fotografiarlos sobre un cuerpo para que los clientes vieran cómo lucían en un cuerpo curvy. Escogió un conjunto rojo de encaje y entró al vestidor.
Minutos después salió con el teléfono en la mano. Comenzó a tomarse varias fotografías para enviárselas a Leticia. El conjunto rojo se ajustaba perfectamente a sus curvas redondas, resaltando su figura y sensualidad curvy.
En ese instante la puerta se abrió.
Matías entró sin avisar y se quedó paralizado.
Nunca había imaginado verla así. El encaje rojo contrastaba con su piel, delineando sus caderas y sus senos de una forma tan sensual que le quitó el aliento. La seguridad con la que posaba era muy distinta a la mujer que se suponía debía odiar.
Victoria agarró una bata para cubrirse nerviosa al estar así frente a él. Entonces Matías vio algo que hizo que todo desapareciera a su alrededor.
La pulsera de plata con un pequeño sol y una luna. Su respiración se detuvo.
Sin pensar, caminó hasta ella y le sujetó la muñeca con fuerza.
Victoria intentó soltarse de inmediato.
—¿Qué te pasa?
Matías no respondi
ó. Solo miraba fijamente aquella pulsera. Era igual a la que había visto en la muñeca de la niña que le salvó la vida muchos años atrás.
