Capítulo 2 LA ABUELA

Aunque llevo una semana viviendo dentro de esta realidad, una parte de mí se negaba a aceptarla. Intenté de todo para despertar, pero solo obtuve dolor y marcas rosas en mi ahora infantil piel. Debí admitirlo: morí en mi mundo y reencarné dentro de la última novela que leí.

Soy la villana: Lady Margareth Nolan, y pronto estaré comprometida en matrimonio con el príncipe heredero, Liam Sareth de Noxmar.

No quiero morir como lo hizo la villana original. 

Cada vez son más los recuerdos de ella que se agolpan en mi cabeza, y no se parecen en nada a lo que leí. El odio y el deseo de venganza burbujean en mi pecho, como si esa realidad en verdad fuera mía.

Entonces lo decidí: No tendré ese infame final. Juro que, si tengo que ser la villana, seré una mejor que la anterior. Una más inteligente y menos enamorada del oxigenado ese del príncipe.

Tomé hoja y papel —aunque lo más indicado es decir pluma y papel— y escribí los puntos importantes que recordaba de la historia. Empecé a trazar un plan. Gracias a los animes de esta temática cuento con muy buenas ideas.

✿︶︶︶︶︶✿

La abuela de Margareth llegó desde el condado apenas supo de su accidente. Este personaje apareció solo en el tramo inicial de la versión original. Ella fue quien aseguró el compromiso de su nieta mayor con el príncipe. Murió cuando Lady Margareth ya era adulta, y dejó el título y sus bienes a su único hijo.

—Me alegra saber que no fue tan grave como todos decían —afirma, envolviéndome en un abrazo cálido y, sorpresivamente, reconfortante—. Solo necesitas un poco más de reposo.

Esa mujer ha sido la primera en mostrar una preocupación sincera por mí —es decir, por Margareth—. Aunque morí en mi vida real a los dieciocho años, siento que ahora tengo también algunas de las necesidades normales de una niña: Afecto y dulces.

Mis supuestos padres apenas se asomaron a mi habitación después de despertarme; no hubo caricias ni palabras de alivio, solo un severo regaño por mi "imprudencia" al acercarme a un caballo. Ni un abrazo. Ni una mirada compasiva.

De pronto, una niña dos años menor irrumpe en el salón donde mi abuela y yo compartimos el té. Como toda buena protagonista, es hermosa. Su rostro angelical está enmarcado por una cascada de cabellos rubios, y su sonrisa luminosa, junto a esos ojos grises, evocan pureza e inocencia.

—Vamos a jugar, hermana —dice alegremente, sin saludar ni mirar a la abuela. Tira de la manga de mi vestido con tanta fuerza que me hace volcar el té encima.

—¡Ya te dije que no puedo correr! —le espeto mientras ella rompe en llanto como si fuera la víctima.

Mi madre entra a la habitación.

—Margareth, ve a cambiarte —ordena mi abuela sin siquiera mirar a mi madre—. Una señorita debe mantenerse siempre impecable.

Luego, vuelve sus ojos a la niña.

—Y tú, Lizzy, compórtate. Tu hermana está convaleciente y... ¿acaso no te sirven esos ojos? ¿No viste que estábamos ocupadas?

Me asombra la dureza de sus palabras. Hago una reverencia antes de retirarme —sí, por absurdo que parezca, conozco los protocolos de conducta a la perfección.

—Por favor, duquesa, no sea tan severa con ella... es solo una niña —musita mi madre, con una sumisión que no le conocía.

—Entonces ya va siendo hora de que le enseñes modales —responde la abuela con frialdad—. No quiero que se convierta en una vergüenza para esta familia.

Es lo último que escucho antes de salir. Lizzy, aun temblando por el regaño, me sigue.

—Debes aprender a aceptar un "no" —le digo, sin mirar atrás.

Sus ojos aún están llorosos. Si no supiera lo que sé, quizás le tendría compasión. Pero no. No más cercanía, no más afecto. Si de todas formas voy a ser la mala, le daré razones para que me llamen así.

—La abuela está regañando a mamá —murmura con asombro.

Entonces, recuerdos que no me pertenecen invaden mi mente. Me veo esforzándome en los estudios, destacando y dejando en alto el nombre de la familia. Ella no hace más que ir de compras y ganarse a todos con su cara de víctima. La abuela no aprecia a mamá por no corregirla.

—Es por tu culpa —digo con frialdad—. Deberías concentrarte en tus lecciones y dejar los juegos para después.

Cierro la puerta de mi habitación dejándola afuera.

No me siento bien tratando así a una niña. Mi yo adulta susurra que ella aún no ha hecho nada malo.

Juego con las arandelas de mis mangas mientras lo pienso. Y si me gano su confianza y admiración, ¿la historia sería diferente?

No tengo certeza. Pero la escena de mi cabeza rodando y cayendo dentro de una sucia canasta de madera me disuade. No estoy dispuesta a apostar mi vida por una posibilidad. Ese es un riesgo innecesario.

Soy una niña de diez años, básicamente, y falta mucho para que la historia real comience. Me aseguraré de no ser una pieza pasiva.

Y entonces la imagen de mi abuela regresa a mi mente. ¿Por qué tuvo tan pocas apariciones en la historia original? Es evidente que el verdadero poder no lo tiene mi padre... sino ella. La Condesa. Es mi oportunidad de averiguarlo.

A la mañana siguiente, ya estoy de vuelta en clases. La Margareth original era dedicada, sí... pero sumisa. Siempre agachó la cabeza ante su familia. Y esa fue su perdición.

Todo comenzó cediendo ante los caprichos de esa niña, y, sin notarlo, se volvieron obligaciones. Así empezó mi fama de "mala". Así nació la villana. En este reinicio Margareth, es decir yo, no volveré a ser culpada por las faltas que cometa esa niña.

—Ya te dije que no —repito con firmeza cerrando de golpe el libro—. Tengo cosas que hacer. Y tú también. La tutora está en casa todo el día, pero soy la única que la aprovecha.

—¿Qué te pasa? Es solo una niña —interviene mamá, apartando su bordado—. Sal y juega con ella. No hay motivo para que seas así de cruel.

Estoy a punto de contestar cuando mi abuela entra al salón, acompañada de mi padre.

—¿Ves a lo que me refiero, Marcus? —dice con desdén—. ¿Por qué esa otra niña no estudia?

Sus palabras son un alivio. Por primera vez, alguien me defiende.

—Lo solucionaré, madre —responde mi padre, lanzando una mirada severa a mamá.

—Veo que ya estás lista, Margareth. Marcus, ¿puedo llevar a Margareth conmigo? —pregunta la abuela a mi padre.

—Claro, madre. Como gustes.

—¿A dónde la llevas? —pregunta mamá, su voz teñida de fingido interés.

—Al palacio. Debo presentarme ante los reyes.

Mi corazón late con fuerza. El primer gran acto de esta historia ha comenzado. Conoceré a la reina... y ella quedará encantada conmigo y me presentará al príncipe.

Mamá aprieta las manos con impotencia.

Sigo a la abuela y durante el viaje tenemos una agradable plática.

—En mi último viaje solo hablabas cuando te preguntaban algo. Me alegra ver que estás más despierta—dijo la mujer al bajar del carruaje, a la entrada del hermoso palacio de altas torres y adornos dorados.

Un paje nos saluda con cortesía y nos escolta hasta un jardín en el que se lleva a cabo una gran fiesta de té.

Una cosa es leer el libro e imaginar la opulencia de un palacio y los colores vibrantes que describe el escritor, y otra muy diferente es vivir todo eso. A lo que antes había imaginado debo sumarle el delicioso aroma y la suave brisa. Me siento como una niña. Estoy viviendo el sueño de cualquier lector.

Sé que posiblemente tenga una muerte horrible, pero falta mucho para eso. Este es el pedazo de sueño que engañó a la primera Margareth.

Sí, la primera Margareth se enamoró perdidamente a los diez años. La pobre nunca tuvo oportunidad de otro destino.

Aunque camino erguida al lado de mi abuela, estoy tentada a tocarlo todo. Quiero meterme en la boca cada postre de la mesa de bocadillos. Pero mi parte adulta me insta a estar atenta.

Inicialmente pensé en evitar el compromiso: si nunca me comprometo, mi hermana no tendrá nada que romper y no seré ejecutada. Pero la promesa hecha antes de la ejecución me detiene. Prometí que les haría pagar a los dos.

Este encuentro es crucial y debe pasar.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo