Capítulo 2 El peso de las apariencias

Llego a casa, me doy una ducha y vuelvo a acostarme. Sonrío sin poder evitarlo. Pensar en las miles de cosas que pude haber hecho anoche me provoca una nueva sonrisa, pero por más que intento recordar, mi mente está bloqueada. Esa ausencia me frustra.

—¿Alexandra? —la voz de mi madre llega desde el otro lado de la puerta—. ¿A qué hora llegaste, cariño?

—Hola, sí, madre. Bueno… Raquel me vino a dejar en su auto. Llegué temprano, como dijiste que hoy era un día importante —respondo, ocultando mi nerviosismo.

¿Se habrá dado cuenta de la verdad?

—¿La pijamada estuvo bien? Te noto algo extraña.

—Sí, madre, todo bien. Nos dormimos un poco tarde y aún tengo sueño —respondo fingiendo un bostezo.

Salgo del baño y ella se acerca a mí. Seguramente busca algún rastro de alcohol, pero mi ropa está húmeda dentro del baño, así que no debería haber problema.

—Está bien —dice, dedicándome una de esas sonrisas que dejan un sabor amargo. Nunca sabes si ganaste la batalla o si debes prepararte para las consecuencias—. Sabes que confiamos en ti, cariño. Solo no nos decepciones.

La culpa me invade lentamente. ¡Me acosté con un desconocido! Y aunque eso ya suena mal, hay algo peor: no recuerdo nada. Soy culpable de los hechos, pero no de los recuerdos, y eso me impide incluso saber si lo disfruté.

Mi madre baja al comedor, donde mi padre nos espera para desayunar en familia. Me visto con un suéter y unos jeans oscuros, nada llamativo, pero de mi gusto. Dejo caer mi melena castaña y me observo en el espejo una vez más. Los ojos color miel de ese hombre siguen frescos en mi memoria.

—¿Cómo te llamas, extraño? —susurro sin apartar la vista de mi reflejo.

Cierro los ojos por un instante y un escalofrío recorre mi espalda. Tal vez mi cuerpo intenta decirme lo que pasó anoche: el trazo de sus manos recorriendo cada centímetro de mi piel, aquellos labios perfectos besando mis zonas sensibles…

Me lavo los dientes y bajo a desayunar con mis padres. La cabeza aún me duele, así que tomo algo para aliviarme. Sonrío al sentarme junto a mi padre; él siempre ha sido comprensivo conmigo.

Hace tres meses terminé con mi exnovio. Me fue infiel. No lo odio, gracias a él aprendí muchas cosas: a no confiar a ciegas y a entender que merezco todo lo que doy.

Aun así, sé lo importante que es esa unión para mis padres y, por más confianza que exista entre nosotros, no encuentro el momento ni las palabras para explicarles la verdad. Dante tampoco anda fingiendo que seguimos juntos, pero la situación sigue siendo complicada.

—¿Cómo estás, querida? —pregunta papá, mirándome con atención.

—Bien, gracias. ¿Y usted? —respondo con el respeto que me han enseñado.

—Bien. Tu madre estaba a punto de contarme qué es eso tan importante que planeó para hoy. De verdad es un misterio —dice, y luego se dirige a ella—. Cuéntanos, mujer, ¿cuál es la sorpresa?

—Bueno… últimamente veo a Alexandra muy distante de Dante y… ellos están comprometidos. A estas alturas deberían estar terminando los preparativos de la boda —comenta mamá.

Casi me quedo sin aire al tragar el jugo.

—¿Los padres de Dante no les han dicho nada?

—¿Qué tendrían que decirnos? Están igual de emocionados que nosotros. Es lo que hemos soñado para ustedes toda la vida.

Mi padre guarda silencio durante unos segundos. Tal vez sospecha algo.

—Por eso Dante y sus padres vendrán hoy a almorzar y pasarán la tarde aquí.

—¿Qué? ¡No puede ser! —me levanto abruptamente—. ¡Dante no puede estar haciendo esto!

Salgo corriendo hacia mi habitación.

Necesito tranquilizarme. Pensar. Y, sobre todo, necesito que Dante aparezca y me explique por qué no ha dicho nada sobre nuestra ruptura ni sobre la cancelación de la boda.

Horas después

Espero ansiosa la llegada de Dante. No porque lo extrañe, sino porque quiero ver la reacción de sus padres cuando sepan que la boda está completamente cancelada. No, él y yo no podemos volver a estar juntos.

—¡Alexandra! Llegaron tus futuros suegros, cariño —avisa mi madre con esa voz chillona que usa cuando se emociona.

—Voy en un segundo.

Me cambio de ropa. Elijo un vestido color perla, un cinturón que marca mi cintura y unas zapatillas altas, elegantes, pero no demasiado formales.

—Te ves hermosa, cariño —dice la madre de Dante mientras me abraza—. Cuéntame, mi niña, ¿ya han hablado con Dante sobre los hijos o esperarán a terminar la universidad? Mira, ahí viene Dante.

—Alexandra… yo… —intenta decir.

Le lanzo una mirada asesina y luego sonrío hacia los demás.

—Creo que Dante y yo tenemos que hablar de algo en privado.

Salgo de la sala con él detrás.

—¿Qué demonios te pasa? Dijiste que te encargarías de decirles por qué nos separamos.

—No puedo decirles a mis padres. Necesito que tú termines con el compromiso —suplica—. Por favor, Alexandra. Vivimos buenos momentos… ¿podrías hacerlo como un favor?

Lo observo en silencio durante varios segundos, hasta que empiezo a flaquear.

—Está bien. Yo me encargaré de todo y guardaré tu secreto. Pero me deberás una enorme.

Lo abrazo. No es una mala persona, simplemente nuestra relación siempre fue una obra escrita por nuestros padres.

—Me alegra que podamos seguir siendo amigos, Alex. No quería que te sintieras incómoda con mi presencia.

—Amigos no, Dante. No estoy contenta de que mi rival haya sido un chico. Y no lo digo por tu orientación, sino por todos los años que pasamos juntos. Desde los quince nuestros padres soñaron con esta boda.

—Lo sé. Nunca fui sincero contigo ni conmigo mismo. Pero necesito tu apoyo. Mis padres jamás lo entenderían.

Tiene razón. Los suyos son mucho más cerrados de mente que los míos. Tras una larga conversación entre ambas familias, acordamos darnos unos meses para pensar las cosas. Tal vez nos apresuramos con la boda. Y si, después de ese tiempo, la decisión sigue siendo la misma, la respetarán.

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