Capítulo 3 Desconocido
Días después.
—Buenos días, Alexandra. El sábado no pude encontrarte —menciona Raquel, acercándose lentamente a mí.
—Pues yo sí te encontré al salir de casa —digo, insinuando lo que hizo—. ¿Qué estabas pensando cuando me dejaste ir con ese desconocido? —pregunto, dándole un golpe suave en el hombro.
—¿De qué desconocido hablas? —pregunta—. Todos los que estaban allí eran conocidos para ambas. —Se encoge de hombros, restándole importancia.
—No, Raquel. Había un chico… amanecí con él y ni siquiera recuerdo su nombre —contesto—. Sucedieron cosas. Ella lo comprende de inmediato.
—¿No recuerdas nada? —pregunta, impresionada—. No te creo.
—No me atrevo a preguntarle su nombre porque dice que durante la noche se presentó… —comento—. Era tan misterioso… Me llevó a comprar la píldora y luego a mi casa. Pasé todo el bendito día tratando de recordar lo que ocurrió, pero no lo logré.
Caminamos juntas hacia nuestro salón y tomamos asiento. Toca clase de economía, la que comparto con Dante. Las primeras semanas tras nuestra ruptura fueron realmente tensas e incómodas.
Lo miro y él sonríe.
Sabe que está en deuda conmigo después de que yo tuve que romper el compromiso, al menos como pantalla frente a sus padres. No quiero averiguar qué pasará si llegan a enterarse del verdadero motivo de nuestra separación, pero es algo que Dante, tarde o temprano, tendrá que afrontar.
Salimos de economía solo para correr a la siguiente clase: gestión financiera. Raquel, Dante y yo estudiamos administración de empresas, por lo que desde primer año asistimos a todas las clases juntos. Mi amiga y mi exnovio no se llevan bien desde que nos conocemos, pero han hecho el intento de coexistir por mí.
Ahora que él y yo estamos separados, ya no se amedrentan en demostrar lo mal que se llevan.
Mi mente vuelve una y otra vez a ese chico con el que amanecí hace un par de días. ¿Quién es? ¿Quién es ese extraño misterioso? ¿Recordaré todo lo que hicimos o me quedaré solo con su mirada grabada en mis ojos?
—Me tengo que ir más temprano, Alexandra —dice Raquel.
Enseguida sé cuál es su emergencia.
El chico de la fiesta la espera en su auto, afuera del edificio. A veces la envidio, pero de buena fe. Me gustaría sentirme tan libre como ella para hacer con mi vida lo que me plazca, aunque me atemorizan las consecuencias.
—Está bien, luego te paso los apuntes —le sonrío al verla feliz.
—Nos vemos, querida —se despide, dándome un beso en la mejilla.
La sigo con la mirada hasta que desaparece por la salida principal.
Solo queda una clase más. Tres horas agotadoras en las que no hacemos más que escuchar e intentar tomar apuntes de lo que sea que el profesor dice. Al salir, me encuentro con Dante e Ignacio en un rincón. Mi vista se nubla apenas los veo besándose. Sí, aún me afecta verlos juntos.
Corro, huyo de la escena como si fuese un criminal huyendo de su propia escena del crimen.
—¡Alexandra, espera! —grita Dante detrás de mí. No le hago caso. Solo trato de salir de la facultad lo más rápido posible.
¿Me siento un poco más tranquila?
No. Definitivamente no.
Mi mundo se cae en pedazos. Dante arruinó mi estabilidad emocional con su maldito juego de nunca decirme la verdad. Lo peor es que, aun así, no soy capaz de odiarlo.
Entonces lo veo.
A lo lejos, el desconocido está allí, sentado sobre una moto. Él también me ve y da unos pasos al frente.
¿Me está buscando?
Camino más rápido hacia él. Cuando estoy a una distancia prudente, intento hablar, pero el nudo en mi garganta no me lo permite. Por la forma en que me mira, comprendo que se da cuenta de que algo no está bien.
—¿Qué sucede, Alexandra? —dice con ese tono cargado de sensualidad—. ¿Alguien te lastimó? ¡Dime, Alexandra! ¡Dime si alguien intentó hacerte daño y barreré todas las calles hasta encontrarlo!
Su voz es brusca, molesta. Esta vez no intenta acercarse; intenta protegerme.
Lo abrazo sin pensarlo y espero… espero a que él también decida abrazarme, pero no lo hace. Solo espera a que me calme lo suficiente para sacarme de allí.
—Sácame de aquí, por favor —susurro, con el nudo aún clavado en la garganta y las ganas de llorar fuera de control.
—¿Dónde quieres que te lleve? —pregunta, mirándome directamente a los ojos. Su ceño fruncido lo hace verse aún más guapo, más varonil que la primera vez.
—A mi ca… —no termino la frase—. Quiero desaparecer por unas horas, al menos.
El cielo se mantiene despejado durante todo el día, pero ahora las nubes negras lo cubren por completo.
¿Lloverá?
¿Será que el clima sabe cómo me siento y trata de reflejarlo? ¿Será su manera de decirme que todo estará bien, que los días malos también forman parte de la vida?
Me gustaría creerlo, pero es un pensamiento demasiado mío.
Voy sujeta a la cintura de ese desconocido cuyo nombre no recuerdo. Supongo que se quedará así, hasta que decida decírmelo otra vez. Sonrío levemente ante la idea, con los ojos cargados de pena y la mirada perdida.
Luego vuelvo a pensarlo y me resulta absurdo y cómico.
¡Cómo no recuerdo el nombre de un hombre con el que tuve intimidad!
