Capítulo 5 Daño colateral

Greco Morelli

«Una delicada flor para la mujer más hermosa de esta tierra»

Así decía papá a mamá cada que llegaba de uno de sus turbios negocios, los cuales luego me fueron heredados. La recuerdo tan sonriente y a la vez tan melancólica. Cómo desearía poder pasar un día a tu lado madre querida, fue tan instantáneo el tiempo que pasamos juntos y nunca lo disfruté enserio.

Creí torpemente que estarías conmigo por siempre y no fue así, tuve que aprender a vivir con tu ausencia.

—Espero que sí. —Alexandra menciona y besa mi mejilla.  

Un beso en la mejilla… nunca he sentido esta sensación tan cálida en mi vida. Bueno, en realidad sí, así recuerdo los besos de mi madre, cálidos y llenos de esperanza.

Aún en la sombra de la noche soy capaz de recordarla. Siempre con una sonrisa para mí. Esperando ansiosa la llegada de mi padre. Ocultando sus lágrimas cada que me acercaba y es que me costó varios años comprender que mi padre ocasionaba esas lágrimas.

Después de su muerte mi padre cambió aún más y se esmeró en quitar todo rastro de debilidad de mi madre en mí.

El amor que me dio lo recuerdo cómo un destello fugaz que pasó por mi vida. Un día estaba conmigo, amándome, llenándome de mimos y caricias, y de la nada me fui a dormir, sin despedirme de ella, enojado porque me había encerrado en mi cuarto sin imaginar el peligro del cual me protegía.

Debí darte un último beso. Porque a la mañana siguiente de esa noche tú ya no estabas, días después tu cuerpo fue descubierto por los hombres de mi padre.

Ultrajada, humillada, golpeada cómo nunca la había visto.

Mi padre barrió toda la ciudad dispuesto a encontrar al hombre que la había maltratado y orillado a tanto. La amaba, mi madre era su vida, la luz de sus ojos, pero perderla… lo destrozó y solo quedó un hombre frío, violento, lleno de odio y resentimiento que también comenzó a formarse en mi interior. El nombre del asesino llegó a mis manos hace un año exactamente, luego de que mi padre muriese por una enfermedad al corazón.

Esteban Guzmán, un ex—embajador de Estados Unidos, luego del crimen dejó su cargo y se dedicó a formar una empresa que nunca tuvo pérdidas, es un magnate en su rubro, tiene una esposa y una hija adorada, Alexandra.

Seis meses planeé mi llegada a los Estados Unidos, teniendo que atender asuntos de mis propios negocios lícitos e ilícitos. Mi excusa para meterme en la vida de los Guzmán, Alexandra. Será un daño colateral para llegar al verdadero pez que deseo pescar en esta partida.

Tengo claros mis motivos para estar aquí, los motivos que tuvo mi padre para convertirme en todo lo que soy. Él sabía perfectamente que superaría sus pasos en todos sus negocios y capacidades. 

—¿Qué haces, cariño? —pregunta Gianna, mi esposa.

Se acerca a mí.

Nuestra historia no es muy larga, somos un matrimonio por conveniencia cómo muchos en la mafia italiana. Es quien me recuerda a diario por qué no puedo enamorarme.

Le prometí a mi padre un nieto que nunca llegó. Gianna es incapaz de tener hijos, en su lugar me dio la jugosa herencia de su padre al morir y la dinastía que él había creado, empresas conformadas legalmente para lavar los activos que mes a mes llegan a mis cuentas bancarias.

—Organizo y planeo muy bien mi siguiente movimiento, ¿Qué tal la universidad?

—Estuvo bien, pero sabes que prefiero pasar mi tiempo contigo. —susurra en tono coqueto, ella no es de rodeos, lo que quiere lo consigue, pero no conmigo, no soy su títere y eso le molesta.

—Hoy no, Gianna. —ella quiere sexo, pero yo no. Las cosas son claras y nuestra relación no es devota a dios—. Puedes buscar a Rafael, tú hombre de seguridad.

Su mirada de terror me provoca una carcajada.

—¿Tú…? ¿Desde cuándo lo sabías? —pregunta en un tono tímido. —¿Por qué no habías dicho nada?

—No me interesa con quién te relacionas, Gianna, esto es así, este mundo es así, ¿Cuándo me voy por las noches no se te pasa por la mente que estoy rodeado de muchas otras mujeres? Mujeres que despiertan en mi cama, una que tú y yo no compartimos. —pregunto.

—Sí… pero pensé que serías más celoso con… —la interrumpo.

Necesito que le quede claro que entre ella y yo no existe algo más que un compromiso formal, no hay amor de por medio y nunca lo habrá.

—Sí yo puedo hacerlo, tú también, querida esposa. —agrego sonriendo antes de dejar caer mi amenaza—. Ahora ve y déjame terminar mi trabajo. Ah, Gianna, con discreción y lejos de la recamara que compartimos o me veré en la obligación de acabarlo.

—Entiendo. —deja un casto beso sobre mis labios antes de salir.

Me quedo imaginando la noche con Alexandra, el fuego que desprendía su cuerpo fue algo descomunal, sin embargo, no terminó en nada. Dejé que creyese que sí para que no me botara en el mismo instante en el que se dio cuenta de que amanecí a su lado y así excusarme para volver a encontrarla.

No soy fan de tener sexo con mujeres que apenas se pueden su cuerpo debido al alcohol, aunque debo admitir que esa noche el pensamiento se cruzó por mi mente. Ella lo quería…

Por otro lado, también agradezco a su exnovio por dejarla, así mi camino para seducirla seguro es más sencillo.

—Alexandra… dulce Alexandra, corre porque este diavolo acaba de encontrar a su ángel. —susurro pasando la lengua sobre mis labios.

Recuerdo la piel suave de su espalda, sus mejillas con aquel tono rojizo cada que me acercaba a ella o pronunciaba su nombre.

—Vas a caer junto con tu padre, querida mía, eso te lo puedo jurar. —Una llamada telefónica me saca de mis pensamientos, se trata de Raquel, mi prima.

—¿Sí? Dime. —pregunto con calma.

—¿Cuándo tendré el dinero que prometiste? —tiene problemas, pero me calmo antes de responder.

—Querida prima, gracias por prometer lo que acordamos, ¿Pero no ves la hora que es? Deberías estar durmiendo. —sé que la ansiedad que siente por volver a consumir no la dejará en paz.

—Te dejé el camino libre con Alexandra, ahora dame lo que prometiste, sino créeme, le diré quién eres en realidad y que se mantenga lo más alejada posible de ti.

—Revisa tu cuenta bancaria, allí está todo. —cuelgo la llamada.

Raquel es buena niña, ambiciosa cómo mi tío y sedienta de sustancias ilícitas que si no controla terminarán llevándola a la ruina. Raquel fue mi caballo de Troya para llegar a Alexandra, sé que no me perdonará lo que sigue, pero a mí nadie me permitió recuperar o intentar salvar a mi madre.

Solo estoy cobrando las deudas que mi padre no supo cobrar.

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