Capítulo 1 La firma del verdugo
El bolígrafo de oro pesaba más que una pistola.
Valeria Cruz sostuvo la mirada de Julián Ross, el hombre cuya reputación en el mundo financiero era tan implacable como su rostro de piedra. En el piso 40 de la Torre Ross, el ruido de la ciudad no existía, solo el zumbido del aire acondicionado y el eco de los términos que acababan de leer.
—Dos años —dijo Julián, cruzando los brazos sobre el escritorio de cristal—. Sin contacto físico no consensuado. Sin apariciones públicas no programadas. Y, sobre todo, Valeria, ni una sola pregunta sobre el origen de los fondos que transferiré a tu cuenta cada mes.
—No me interesa tu dinero para gastarlo en lujos, Julián —respondió ella, firmando el documento con un trazo firme—. Me interesa lo que me prometiste: la inmunidad de mi hermano. Si la policía llega a tocarlo, este contrato se vuelve cenizas y yo me encargo de hundirte contigo.
Julián esbozó una sonrisa helada. No era la típica reacción de un hombre de negocios atrapado; era la de alguien que disfrutaba el peligro. Se levantó, caminó hacia ella y le arrebató el papel firmado.
—Tu hermano ya está a salvo. Al menos, del sistema judicial. De lo que haga en las calles ya no me hago cargo. Ahora, andando. La prensa nos espera abajo y tenemos que parecer una pareja trágicamente enamorada que decidió casarse en secreto.
El ascensor bajó a toda velocidad. Valeria sentía el pulso en la garganta. No estaba allí por amor, ni siquiera por codicia. Estaba allí porque Julián Ross tenía la única llave para cerrar la caja de Pandora que su familia había abierto.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el vestíbulo, los flashes de las cámaras los cegaron por completo. Julián, con una fluidez que a Valeria le pareció aterradora, le pasó un brazo por la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo. El calor de su mano atravesó la tela de su vestido.
—Sonríe, futura esposa —le susurró al oído, mientras los periodistas empujaban los micrófonos contra el cordón de seguridad—. Hazles creer que me salvaste de la soltería.
—¿Señor Ross! ¿Es cierto que la señorita Cruz es la heredera de la naviera liquidada? —gritó un reportero.
—¡Valeria! ¿Tu boda tiene que ver con la investigación por fraude contra tu padre?
Julián no titubeó. Se detuvo ante las cámaras, miró a Valeria con una ternura ensayada a la perfección y besó su mejilla.
—Mi vida privada no está sujeta a auditorías —declaró Julián a la prensa—. Valeria y yo estamos juntos porque queremos. El pasado de nuestras familias no dicta nuestro futuro.
Subieron a la limusina blindada a toda prisa. En cuanto la puerta se cerró, el ambiente romántico se evaporó. Julián se apartó al extremo opuesto del asiento y sacó su teléfono, ignorándola por completo.
Valeria miró por la ventana, viendo cómo los fotógrafos quedaban atrás. El juego había comenzado, pero mientras tocaba el anillo de compromiso de diamantes falsos en su dedo, se dio cuenta de algo: la mirada de Julián cuando los reporteros mencionaron el fraude de su padre no había sido de fastidio. Había sido de pánico.
El teléfono de Valeria vibró en su bolso. Un número desconocido.
«No confíes en él. El contrato es una trampa para silenciarte. Tu padre no cometió fraude, Julián lo quebró».
Valeria bloqueó la pantalla de inmediato, conteniendo la respiración. Miró de reojo a Julián, quien seguía tecleando en su pantalla, ajeno al vuelco que acababa de dar el mundo de su nueva esposa.
