Capítulo 6 Intenta enamorarte
—¡Una vez, dos veces... vendido por quinientos millones!
El mazo del subastador cayó con firmeza, y el Corazón de la Nebulosa pasó a ser propiedad de Ronald.
Durante el proceso de entrega, Adeline seguía aturdida.
¿Qué había querido decir con “regalo”?
Teniendo en cuenta el precio astronómico, Adeline no dejaba de repetirse que, con una suma tan alta, quizá solo se refería a dejarla examinar la pieza.
Como diseñadora de joyas, poder ver en persona una pieza legendaria ya era, de por sí, un gran regalo.
Tras reajustar sus expectativas, Adeline se relajó visiblemente.
En el salón VIP, el personal fue entregando, una por una, las piezas adquiridas.
Ronald estaba sentado en el sofá tomando café, mientras Adeline cumplía con diligencia sus tareas de secretaria.
Ronald había comprado cuatro joyas, cada una increíblemente valiosa, y Adeline las inspeccionaba con sumo cuidado.
Al observar su expresión concentrada, la mirada de Ronald se suavizó.
Cuando llegó el turno del último collar, Adeline volvió a tensarse sin darse cuenta.
Se cambió de guantes una vez más y contuvo el aliento, temerosa de pasar por alto cualquier detalle.
Ronald hizo un gesto con la mano, despidiendo al personal de la casa de subastas.
Tras un rato de revisión, Adeline por fin se tranquilizó.
—Señor Williams, ya he revisado todas las joyas. ¿Cómo las vamos a transportar de regreso?
—Este lo vamos a llevar puesto —Ronald se levantó y se colocó a su lado; tomó el Corazón de la Nebulosa y se lo colocó alrededor del cuello—. Precioso.
Sus ojos estaban llenos de admiración, aunque no estaba claro si admiraba el collar o a la mujer que lo llevaba.
Adeline se quedó inmóvil, sintiendo que el cuello le pesaba de repente una tonelada.
Tener quinientos millones de dólares colgando del cuello le hacía sentir que podía asfixiarse en cualquier momento.
Al ver su reacción, Ronald le pellizcó suavemente el lóbulo de la oreja.
—¿No te gusta?
Adeline asintió frenéticamente y, enseguida, negó con la cabeza.
¿Qué era exactamente lo que le gustaba? ¿Los quinientos millones o el collar?
Antes de que pudiera aclarar sus ideas, Ronald ya la había hecho sentarse.
—Dije que es un regalo para ti. ¿Te gusta? Leí en tu tesis que lamentabas no haberlo visto nunca en persona.
Adeline lo miró sin comprender, mientras una emoción le subía desde el pecho, a punto de desbordarse.
Él había leído su tesis y recordaba lo que había escrito.
El collar de zafiros de la reina Valorian XII era legendario.
Había sido elaborado por su amado con sus propias manos. Según la leyenda, cada diamante había sido buscado y pulido personalmente por su amante antes de engastarlo en el collar.
No era una joya cualquiera: era un recipiente que contenía un amor profundo.
Mientras escribía su tesis, Adeline había revisado incontables documentos, conmovida hasta lo más hondo por esa historia de amor.
Era una chica común que soñaba con un amor hermoso.
No se consideraba una romántica empedernida, pero había tenido la esperanza de que algún día ella y Allen pudieran compartir un amor sencillo y bonito.
Al recordar su trágica vida amorosa y aquella caótica noche de sexo casual, bajó la cabeza, se quitó el collar y lo colocó con cuidado de nuevo en su estuche.
—Señor Williams, no puedo aceptar este collar.
—¿Por qué no? —Ronald frunció levemente el ceño, como si no lo entendiera.
A ella le gustaba, él lo había comprado, ¿no debería estar contenta?
Adeline le dirigió una mirada complicada. Quinientos millones de dólares… ¿de verdad esperaba Ronald que los aceptara con la conciencia tranquila?
Aunque no fueran solo compañeros de una noche, incluso si estuvieran en una relación, jamás podría aceptar un regalo tan caro.
—Señor Williams, lo de ayer fue solo un malentendido. Los dos aceptamos disfrutar del placer físico, no tiene por qué compensarme por nada.
Ronald sabía que había sido su primera vez, así que quería resarcirla: esa era la única explicación que Adeline podía encontrar.
Ella levantó la mirada hacia Ronald con seriedad.
—Te lo dije desde el principio, no iba a hacerme responsable de ti, y tú tampoco necesitas hacerte responsable de mí. Eso es todo.
Se volvió para guardar las joyas en la caja fuerte portátil.
—Señor Williams, necesito contactar con…
—Intentémoslo —Ronald se levantó detrás de ella y apoyó las manos en el escritorio, a cada lado de su cuerpo, encerrándola entre sus brazos—. Quiero intentarlo contigo.
—¿Intentar qué? —Adeline no entendió de inmediato a qué se refería.
Al recordar su fogosa actuación de ayer, negó con la cabeza con rapidez.
—Señor Williams, el doctor dijo que ahora no soy apta para… tener relaciones sexuales.
Y no era solo en ese momento: no quería tener sexo por un buen tiempo, al menos no con su jefe directo.
Los ojos de Ronald se oscurecieron cuando se inclinó más hacia ella.
Su aliento caliente le rozó el cuello a Adeline, haciéndola encogerse de forma instintiva.
Al ver sus orejas enrojecidas, Ronald contuvo las ganas de morderlas y se irguió.
Cuando la presión desapareció de golpe, Adeline se giró enseguida.
—Señor Williams, no quiero una relación de amigos con derechos.
Según su manera de verlo, alguien con la posición de Ronald seguramente no tenía escasez de mujeres.
Por lo que había visto ayer, Ronald parecía tener un deseo sexual bastante fuerte. Sintiendo la vaga punzada de dolor con la que su cuerpo protestaba, repitió:
—No hago eso de los líos casuales. Lo de ayer fue un accidente.
Si hubiera sabido quién era Ronald, si hubiera estado un poco más sobria ayer, jamás habría tenido una aventura de una noche con él.
Ronald suspiró con algo de impotencia.
—Adeline, quiero intentar salir contigo. Voy a hacerme responsable.
Las pupilas de Adeline se dilataron, incrédulas.
Ronald repitió:
—Intentemos salir. Sé mi novia… ¿lo considerarías?
En el momento en que se encontró con Adeline en la empresa, Ronald ya había tomado una decisión.
Su familia llevaba tiempo presionándolo para que se casara, y él estaba dispuesto a resistirse toda la vida, pero entonces apareció Adeline.
En los pocos minutos que llevaba de vuelta en su despacho, Ronald había repasado seriamente todo lo de ayer.
Al verla por primera vez, su corazón se había agitado… o quizá solo había sido atracción física.
Normalmente le desagradaba el contacto con otras personas y las mujeres le resultaban algo repelentes, pero no le molestaba el contacto con Adeline e incluso estaba dispuesto a beber por ella.
Al ver las emociones reflejadas en sus ojos, no pudo evitar conmoverse.
No sabía si eso podía llamarse amor a primera vista, pero como los dos se habían entregado su primera vez, sentía que debían hacerse responsables el uno del otro.
Al notar que Adeline seguía sin reaccionar, Ronald probó con otra propuesta.
—O podemos casarnos primero y salir después.
—¡Ni pensarlo! —por fin reaccionó Adeline.
Su respuesta fue tan tajante que Ronald se sobresaltó.
Adeline lo miró con vacilación antes de decidirse a ser sincera.
—Lo siento, pero tengo novio.
—Lo sé —Ronald asintió con seriedad.
Al principio, Ronald no había investigado ese aspecto, suponiendo que Adeline estaba soltera, dado que había sido su primera vez.
Pero sus subordinados le habían informado de que Adeline tenía una relación de varios años.
La calma de Ronald dejó a Adeline sin palabras.
No sabía cómo explicar su situación actual con Allen, y mucho menos se atrevía a mencionar la traición de Allen.
Su teléfono vibró y, al ver la llamada entrante de Allen, Adeline quiso colgar de forma instintiva.
Pero, con Ronald allí mismo proponiéndole que lo “intentaran”, decidió contestar.
—Cariño, ¿dónde estás? Siento no haber podido estar contigo en tu cumpleaños de ayer.
La voz preocupada pero culpable de Allen sonó especialmente discordante en el silencio del salón.
