Te echo de menos, mamá.

Entró en la habitación. Y se detuvo en seco. Al otro lado de la habitación estaba Danica, equilibrándose en una de las sillas del comedor mientras usaba un plumero para limpiar telarañas inexistentes. Pero no era Danica. Danica era vida y fuego y sensualidad y adorable sarcasmo. No era callada, inex...

Inicia sesión y continúa leyendo