Capítulo treinta y uno

Brooklyn

La sensación de manos acariciando mis piernas mientras separan mis muslos, segundos antes de que una lengua comience a lamer mi vagina, me despierta.

—Oh, Dios —arqueo mis caderas, encontrando cada movimiento de su lengua mientras gimo—. Más.

Una de sus manos sube por mi pierna, acaricia...

Inicia sesión y continúa leyendo